El primer recuerdo de Gerrard Capashen era una mano de plata.
No recordaba la cara de su madre ni la voz de su padre. No recordaba la casa de Benalia donde había nacido, ni el apellido que pesaba tanto en aquella tierra de caballeros. Recordaba humo, gritos que se apagaban y, de pronto, una mano enorme y fría que lo levantaba del suelo con un cuidado imposible para algo tan grande.
—No tengas miedo —dijo una voz grave, sin prisa—. Me llamo Karn. Te llevo a un sitio seguro.
Los asaltantes que habían quemado la casa de los Capashen no eran bandidos. Gerrard tardaría muchos años en saber qué eran de verdad, y para entonces ya habría aprendido a odiar esa palabra: pirexianos.
La primera cara que Gerrard recordaba era de metal, y era la más amable que conoció.
Karn, gólem de plataKarn, Silver Golem
El hijo del señor de la guerra
Karn cruzó medio Dominaria con el niño en brazos. Lo llevó al sur, a Jamuraa, a las llanuras de Mtenda, donde vivía un clan de guerreros orgullosos. Su jefe se llamaba Sidar Kondo, y su familia llevaba generaciones guardando unos objetos extraños que nadie sabía muy bien para qué servían. Los llamaban el Legado.
Kondo miró al niño, miró al gólem y no hizo preguntas. Aquella noche Gerrard durmió bajo el techo de un señor de la guerra, y a la mañana siguiente tenía un hermano.
Se llamaba Vuel. Era el hijo de Kondo, unos años mayor, y lo primero que hizo fue tirarle una piedra.
Durante meses no se soportaron. Vuel veía en aquel huérfano pálido a un intruso que le robaba la atención de su padre. Gerrard veía en Vuel a un chico arrogante que no sabía perder. Los dos tenían razón. Pero los niños tienen una forma rara de convertir el odio en otra cosa, y un día, sin que ninguno supiera cuándo, empezaron a correr juntos por la sabana, a pelear contra enemigos imaginarios y a cubrirse las travesuras el uno al otro.
—Cuando yo sea jefe —le dijo Vuel una vez, tumbados en la hierba—, tú serás mi general.
—¿Y si quiero ser yo el jefe?
—Entonces te tiraré otra piedra.
Se rieron. Ninguno sabía que, mucho más arriba, alguien había colocado a aquellos dos chicos uno junto al otro como quien coloca fichas en un tablero.
La sangre elegida
Porque Gerrard no era un niño cualquiera. Era el último eslabón de un proyecto que había empezado siglos antes de que él naciera. Urza, el planeswalker obsesionado con Pirexia, llevaba generaciones moviendo familias, emparejando linajes, buscando la sangre exacta para criar a un héroe. El resultado de todo aquello dormía ahora en una cabaña de Jamuraa y se pasaba el día metiéndose en líos.
Diseñado para salvar el mundo. De momento, solo quería ganar a su hermano en una carrera.
Karn lo sabía. Por eso se quedó. Se convirtió en la sombra silenciosa de la casa de Kondo, guardián de los objetos del Legado y niñera de un chico que no paraba quieto. Gerrard le hacía preguntas sin parar y Karn las contestaba todas, aunque a veces tardaba un poco, porque le gustaba pensar bien las respuestas.
—¿Por qué no peleas nunca? —le preguntó Gerrard una tarde, viendo entrenar a los guerreros del clan.
—Porque una vez lo hice —contestó Karn— y no me gustó cómo me sentí después.
Gerrard no entendió aquella respuesta hasta muchos años más tarde.
La prueba del acantilado
Cuando Vuel tuvo edad, le llegó el momento de la prueba. En el clan de Kondo, el heredero debía subir solo a una meseta abrasada por el sol, pintado con los símbolos de sus antepasados, y volver convertido en adulto. Era duro, pero no imposible. Nadie dudaba de que Vuel lo conseguiría.
Nadie sabía que en el clan había un traidor.
Se llamaba Starke. Era un hombre de sonrisa fácil y palabras suaves, siempre cerca de los que mandaban, y servía en secreto a un amo que no era de este mundo. La noche antes de la prueba, mezcló algo en las pinturas rituales. Cuando Vuel empezó a subir, el veneno empezó a trabajar.
Gerrard lo vio tambalearse desde abajo. No lo pensó. Subió tras él, lo sujetó cuando estaba a punto de caer al vacío y lo bajó a cuestas, medio inconsciente, hasta el campamento.
Le salvó la vida. Y con ello lo condenó.
La prueba había que hacerla solo. Vuel había fallado, y la ley del clan no admitía excusas. Su propio padre le dio la espalda. Y en la cabeza de Vuel, envenenada por algo peor que la pintura, una idea empezó a crecer: Gerrard lo había hecho a propósito. Gerrard quería su sitio, su padre y su herencia.
Starke no tuvo que esforzarse mucho para regar esa semilla.
El hermano perdido
Lo que pasó después tardó años en cocerse y una sola noche en estallar. Vuel volvió al frente de un ejército de mercenarios y cayó sobre el clan que lo había expulsado. Muchos murieron. Entre ellos, Sidar Kondo.
Antes de marcharse, Vuel usó un artefacto antiguo para dejar a Karn inmóvil, congelado como una estatua, y se llevó todas las piezas del Legado que su familia había guardado durante generaciones. Las vendió para pagar a sus soldados. Luego desapareció por una puerta que Starke le abrió hacia otro mundo.
Vuel no sabía lo que robaba. Solo sabía que a Gerrard le habría importado.
La tentación del LegadoLegacy's Allure
Gerrard lo perdió todo esa noche: un padre adoptivo, un hermano, un hogar y el único amigo de metal que lo había cuidado desde el principio.
El maestro del bosque
Lo que quedaba de aquel chico acabó en Yavimaya, el gran bosque vivo del oeste, donde los árboles pensaban y el bosque entero tenía voluntad propia. Allí vivía Multani, un espíritu que no tenía cuerpo fijo: podía levantarse de la tierra hecho de raíces, musgo y corteza, y hablar con la voz de mil hojas.
"To make peace with the forest, make peace with me."
— Multani, to Urza
El maestro de Gerrard no tenía cuerpo: tenía un bosque entero.
Multani, maro-hechiceroMultani, Maro-Sorcerer
Multani lo entrenó durante años. Le enseñó a luchar, a escuchar, a tener paciencia, o al menos a intentarlo. Y en Yavimaya Gerrard encontró algo que creía perdido: amigos. Uno era Rofellos, un elfo de Llanowar callado y leal que se unió a él como un escudero se une a su señor.

Rofellos, Emisario de LlanowarRofellos, Llanowar Emissary
La otra era Mirri, una felina de pelaje claro, rápida como un relámpago y con una lengua todavía más rápida. Entrenaban juntos, se peleaban juntos y se reían de todo juntos. Mirri fue lo más parecido a una hermana que Gerrard tuvo nunca. Y si alguna vez quiso ser algo más, nunca lo dijo.
Rápida con las garras y más rápida con las bromas: así era la mejor amiga de Gerrard.
Mirri, guerrera felinaMirri, Cat Warrior
—Tienes talento —le dijo Multani el último día—. Lo que no tienes es un motivo.
—¿Un motivo para qué?
—Para quedarte en algún sitio.
Gerrard se encogió de hombros, se echó la mochila a la espalda y se fue a buscar fortuna. En algún puerto de Dominaria le esperaba una capitana, una apuesta con cuchillos y un barco que volaba. Y, aunque él no lo supiera, también el resto de su destino.
Quién movía los hilosLa invasión pirexiana: de Urza a Elesh NornUrza llevaba siglos preparando la guerra contra Pirexia. Gerrard era solo una de sus piezas.




