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Capítulo 4 de 7 · 5 min de lectura

El ángel de Crovax

En las entrañas de la Fortaleza, un minotauro resiste la luz y un noble encuentra al ángel que perdió.

El bosque de Skyshroud era lo único vivo que Gerrard había visto en Rath.

Crecía en una gran hondonada, verde y espeso, como una herida de vida en medio de un mundo de piedra y metal. Los elfos que lo habitaban llevaban generaciones resistiendo al señor de Rath, escondidos entre los árboles, golpeando y desapareciendo. Su líder era un elfo alto, de mirada seria, que escuchaba mucho antes de hablar. Se llamaba Eladamri.

—La oráculo dice que eres un elegido —le dijo a Gerrard la primera noche, junto al fuego—. Yo no creo mucho en elegidos. Creo en la gente que se queda a pelear.

—Entonces nos vamos a entender —contestó Gerrard.

Eladamri, Señor de las frondas

"We have been patient. We have planned our attack. We are ready . . . now."

— Eladamri, Lord of Leaves

El jefe de la resistencia de Skyshroud no necesitaba profecías. Necesitaba aliados.

Eladamri, Señor de las frondasEladamri, Lord of Leaves

El mundo que se fabrica

Eladamri le enseñó Rath como era de verdad. Las minas donde miles de esclavos sacaban la piedra fluida. Las fábricas que nunca paraban. Los soldados del señor de Rath: mitad carne, mitad máquina, como si alguien hubiera cosido partes de cuerpos con hilo de acero. Y en el centro de todo, una montaña negra que cambiaba de forma según el capricho de su dueño. La llamaban la Fortaleza.

—Todo esto —dijo Eladamri, señalando el horizonte de humo— lo están construyendo para algo. Nadie sabe para qué.

Gerrard tampoco lo sabía. Pero empezaba a tener una sospecha muy fea. Recordaba a los asaltantes que habían quemado su casa en Benalia y a los que habían matado a los padres de Sisay. Recordaba la palabra que había oído susurrar alguna vez en el barco. Pirexia.

Bosque de Veloceleste

El único rincón verde de Rath era también su única esperanza.

Bosque de VelocelesteSkyshroud Forest

Mientras tanto, el Vientoligero, maltrecho y escondido, buscaba a su timonel. Hanna no dormía. Karn reparaba el casco a mano, pieza a pieza. Mirri rastreaba el bosque sin descanso, con las orejas pegadas a la cabeza. Cuando por fin encontró a Gerrard, le dio un puñetazo en el hombro que casi lo tira al suelo.

—Eso por caerte del barco —dijo. Y luego lo abrazó.

—Te he echado de menos —dijo Gerrard.

—Lo sé. Todos te echamos de menos. Hasta Tahngarth, aunque si se lo cuentas lo negaré.

Gerrard se puso serio de golpe.

—¿Y Tahngarth? ¿Sabéis algo de él?

Mirri bajó las orejas. Lo último que habían visto era al Depredador alejándose con el minotauro a bordo, rumbo a la montaña negra.

La luz que quema

En las entrañas de la Fortaleza, Tahngarth no sabía cuántos días llevaban torturándolo.

Lo tenían encadenado bajo un rayo de luz abrasadora que no venía de ningún sol. Greven il-Vec, el comandante del Depredador, se pasaba a verlo de vez en cuando, con la paciencia de quien espera a que una fruta madure. No querían matarlo. Querían cambiarlo. Su señor necesitaba un nuevo segundo de a bordo para el Depredador, y un minotauro de Talruum, fuerte y leal, era justo lo que buscaba. Solo había que quemar la lealtad vieja y poner otra en su lugar.

Greven il-Vec

Para Greven, Tahngarth no era un prisionero. Era una pieza en el taller.

Greven il-Vec

Tahngarth aguantó. No sabía cómo, pero aguantó. Pensaba en Sisay, en el barco, en el maldito chico que se iba siempre y que, por una vez, no se había ido. Pensaba que, si aguantaba lo suficiente, vendrían.

Vinieron.

La tripulación entró en la Fortaleza aprovechando un ataque de los elfos de Eladamri. Encontraron a Tahngarth medio inconsciente, con la piel blanquecina y deformada por la luz, el cuerpo cambiado de formas que el propio minotauro tardaría mucho en aceptar. Le habían sacado de allí antes de que el trabajo estuviera terminado. Su mente seguía siendo suya. Su cuerpo, ya no del todo.

La ira de Tahngarth

"Taste my horns!"

— Tahngarth of the Weatherlight

Le cambiaron la piel, pero no consiguieron cambiar lo que había debajo.

La ira de TahngarthTahngarth's Rage

Gerrard le ayudó a ponerse en pie.

—Has tardado —gruñó Tahngarth.

—Me he caído de un barco —dijo Gerrard—. Es una historia larga.

El ángel en la oscuridad

Fue en los calabozos de la Fortaleza donde Crovax la encontró.

Selenia estaba allí. El ángel que había huido de Urborg, el ángel por el que Crovax llevaba meses sin dormir. Pero no era la misma. El señor de Rath la había atrapado y la había puesto a su servicio, y la luz de sus alas se había vuelto oscura, de un brillo frío y metálico.

Selenia, ángel perverso

"I am light. I am dark. I must give my life to serve; not even death can release me."

— Selenia, dark angel

El ángel guardián de una familia, convertido en guardiana de la Fortaleza.

Selenia, ángel perversoSelenia, Dark Angel

—Selenia —dijo Crovax, dando un paso hacia ella—. He venido a buscarte.

Ella no contestó. Se lanzó contra él.

Lo que siguió duró apenas unos segundos. Selenia atacó con una furia que no era suya, y Mirri, que estaba al lado de Crovax, se interpuso y recibió un golpe que la tiró contra la pared. Crovax levantó la espada sin pensar, por puro instinto, cegado por la rabia y por el miedo.

Y Selenia no se apartó.

Más tarde, los que estaban allí no se pondrían de acuerdo. Algunos dirían que fue un accidente. Otros, que el ángel buscó la espada a propósito, como quien encuentra por fin una puerta de salida. Lo que sí vieron todos fue lo que pasó después: Selenia estalló en una lluvia de fragmentos de luz, y esos fragmentos se clavaron en Crovax como esquirlas de cristal.

La maldición

Crovax cayó de rodillas, gritando. Cuando se levantó, algo había cambiado en su cara.

La maldición de su familia, la que se había despertado aquella noche en Urborg, acababa de cumplirse. Había destruido lo que más amaba. Y a cambio, la maldición se lo había quedado a él. Sus ojos brillaban con un hambre nueva. Su piel estaba más pálida que nunca. Y cuando miró a sus compañeros, por un instante, no los vio como compañeros. Los vio como algo que podía comerse.

Crovax, el maldito

Mató al ángel que amaba. La maldición le cobró el resto.

Crovax, el malditoCrovax the Cursed

—Hay que sacarlo de aquí —dijo Orim, que fue la primera en reaccionar.

Lo llevaron de vuelta al barco entre todos, medio a rastras. Crovax no se resistió. Temblaba, murmuraba el nombre de Selenia y a veces se reía sin motivo. Orim le curó las heridas del cuerpo. Las otras no sabía cómo curarlas.

Esa noche, Mirri se sentó junto a la puerta del camarote donde lo habían encerrado. No dijo por qué. Gerrard le preguntó si quería que la relevara.

—No —dijo ella—. Alguien tiene que vigilarlo. Y yo tengo mejor oído que tú.

Gerrard no insistió. Tenía otras cosas en la cabeza. Arriba, en lo más alto de la Fortaleza, había un hombre que lo había estado esperando toda la vida. Y empezaba a sospechar que lo conocía.

Fin del capítulo 4

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