Cuando el cielo de Dominaria se abrió, la tripulación del Vientoligero ya sabía contra quién luchaba.
Rath cayó sobre el mundo como una costra. Donde tocaba tierra aparecían fortalezas, máquinas y ejércitos enteros. Los pirexianos arrasaron Benalia, asaltaron Llanowar, quemaron costas e islas. En Yavimaya, el viejo bosque donde Gerrard había crecido, los árboles se levantaron para pelear, y con ellos Multani, el maestro que una vez le había dicho que no tenía un motivo para quedarse. Ahora lo tenía. Todos lo tenían.
En el sur, Teferi tomó una decisión desesperada: sacó su tierra entera, Zhalfir, fuera del tiempo para protegerla. La patria de Sisay desapareció de los mapas. Sisay no tuvo tiempo de llorarla. Tenía un barco que mandar.
La plaga
El Vientoligero voló de batalla en batalla. Lo derribaron unos dragones antiguos y Karn lo levantó de nuevo, más fuerte que antes. Sisay estaba al mando; Gerrard, en cubierta; Hanna, junto a los mapas. Durante unas semanas pareció que podían aguantar.
Entonces Hanna se hizo un corte con una pieza de metal de Rath.
Era una herida pequeña. Orim la limpió y la vendó. Pero al día siguiente Hanna tenía fiebre, y al otro, unas manchas oscuras subían por su brazo. Era la plaga de Yawgmoth, la enfermedad que los pirexianos sembraban sobre Dominaria para convertir a los vivos en otra cosa.
"Incluso después de la muerte, se conserva una gran cantidad de biomasa útil".
— Notas de progreso pirexianas
El viejo médico de los thran seguía curando a su manera: fabricando enfermedades.
Señor de la peste pirexianoPhyrexian Plaguelord
Gerrard lo intentó todo. Llevó a Hanna a las Salas de los Sueños, con la ayuda de Eladamri, pensando que allí quizá podrían soñar una cura. No funcionó. Hanna murió en Koilos, en las cuevas donde miles de años antes dos hermanos habían encontrado una piedra y habían empezado todo aquello. Gerrard le sostuvo la mano hasta el final.
Orim encontraría más tarde un remedio para la plaga. Llegó demasiado tarde para Hanna.
El precio del dolor
Pirexia sabe oler una herida. Una de sus generales, una criatura arácnida llamada Tsabo Tavoc, se metió en la pena de Gerrard y la usó para controlarlo. Fueron Karn y sus amigos quienes lo sacaron de aquel pozo. Pero el pozo seguía ahí.
Y entonces volvieron los viejos conocidos.
Ertai, convertido ya en un mago pirexiano retorcido, capturó a Gerrard. Por error se llevó también a Squee. Al pequeño trasgo, Yawgmoth le concedió algo inesperado: no podía morir. Ertai y Crovax querían divertirse matándolo una y otra vez, y Squee volvía a levantarse cada vez, quejándose. El juego terminó mal para Ertai. Squee, toqueteando lo que no debía, sobrecargó una máquina pirexiana, y la explosión acabó con el aprendiz de Tolaria.
Altered by Phyrexian science, corrupted by black mana, and twisted by rage, Ertai still looked in the mirror and saw only glory.
El aprendiz que se quedó atrás en Rath volvió con otra piel y la misma arrogancia.
Ertai, el CorruptoErtai, the Corrupted
"Tienes que ser muy listo para vivir tanto como yo. Ahora bien, lo de no poder morirse también ayuda".
Lo hicieron inmortal para matarlo muchas veces. Fue un error de cálculo.
Squee, el InmortalSquee, the ImmortalDesde 0,89 €
La oferta
A Gerrard, Crovax lo llevó a Pirexia. Al corazón mismo del mundo de metal, ante su dios.
Yawgmoth no lo amenazó. Le ofreció algo. Podía devolverle a Hanna. Viva, entera, igual que antes. Solo tenía que aceptar.
Allí, en Pirexia, Gerrard se encontró también con Urza. El creador del Legado había llegado con sus titanes, y Yawgmoth había tenido tiempo de trabajar con él. Le habló a uno y le habló al otro. A Gerrard le contó lo que Urza había hecho: los linajes, las familias elegidas, los padres y los amigos movidos como piezas. Y a Urza lo envenenó por dentro hasta ponerlo contra el héroe que había fabricado.
Lucharon. El creador y la criatura. Y al final del combate, Gerrard, con toda la rabia de una vida que nunca le había pertenecido, le cortó la cabeza a Urza.
Luego se volvió hacia la Hanna que Yawgmoth le ofrecía, la miró a los ojos y supo que dentro no estaba ella, sino él. Le clavó la espada.
El dios de las máquinas, furioso, lo arrojó fuera de Pirexia. A él y a la cabeza de Urza.
La sala del trono
Gerrard cayó en la Fortaleza, que ahora se alzaba sobre Urborg. Allí lo esperaba Crovax, el evincar, en su sala del trono.
No hablaron mucho. No hacía falta. Crovax había matado a Selenia y a Mirri; Gerrard había perdido a Hanna, a Mirri, a Rofellos y a un hermano. Pelearon hasta que solo quedó uno de pie. Gerrard partió a Crovax en dos. Dicen que, después, un ángel recogió lo poco que quedaba de humano en él. Si fue Selenia, nadie lo sabe.
Un corazón de luz y un alma de oscuridad no pueden coexistir.
Gerrard no vino a negociar. Vino a cerrar una cuenta que empezó en un calabozo de Rath.
Veredicto de GerrardGerrard's VerdictDesde 0,33 €
La luz del Legado
Yawgmoth llegó a Dominaria en persona: una nube negra que cubría el cielo de Urborg, enorme, con tentáculos que salían de la oscuridad y aplastaban barcos y ejércitos.
La cabeza de Urza seguía hablando. Sus ojos eran dos piedras antiguas, las mismas de la cueva de Koilos. Le pidió a Gerrard que las colocara en el pecho de Karn. Esa era la última pieza. Siempre lo había sido.
Tahngarth subió a la cubierta del Vientoligero con una hoja arrancada del santuario de Yawgmoth y se lanzó contra los tentáculos que intentaban hundir el barco. Gritaba como cuando era joven en Talruum. Cada golpe que daba compraba unos segundos. Y esos segundos bastaron.
Gerrard puso las piedras en Karn. El barco, el gólem, el héroe, el creador: todas las piezas del Legado se juntaron a la vez.
Con un único destello cegador, Yawgmoth fue aniquilado y Urza pudo descansar al fin.
Cuatro mil años de preparación para un instante. Ese instante fue suyo.
Arma del LegadoLegacy Weapon
La luz salió del Vientoligero y alcanzó la nube. Yawgmoth se deshizo como humo en el viento.
Cuando la luz se apagó, Gerrard ya no estaba. Ni Urza, ni Karn, ni el Legado. El Vientoligero, vacío de todo su poder, se hundió despacio en el mar junto a Urborg.
Lo que quedó
Un año después, Karn volvió. Se había convertido en planeswalker. Dijo que Gerrard y Urza formaban ahora parte de él, aunque no de una forma que pudiera explicar. No dijo, porque no lo sabía, que dentro de su cuerpo viajaba una gota de aceite negro.
Sisay, Tahngarth y Squee recibieron un barco nuevo de manos de los pueblos agradecidos de Dominaria, y se fueron a buscar más aventuras. Orim volvió a Mercadia, con Cho-Manno. A Gerrard lo recordaron como un mártir.
Siglos después, una ingeniera llamada Jhoira, que había conocido el barco en sus primeros días, rescataría el Vientoligero del fondo del mar. Y buscaría a un Capashen para volver a llenar su cubierta.
El barco se hundió con la guerra. No se quedó en el fondo para siempre.
The Weatherlight




