Saltar al contenido
0

Capítulo 6 de 7 · 5 min de lectura

La caída de la susurrante

Humillada, Sheoldred se une a la rebelión de Urabrask mientras unos intrusos llegan al corazón de Nueva Pirexia. La Madre lo resolverá todo con un hacha.

Sheoldred volvió a Nueva Pirexia como vuelven los generales derrotados: por la puerta de atrás, sin fanfarria, sabiendo que cada mirada que se cruzaba con la suya estaba calculando cuánto le quedaba.

Le quedaba poco.

El juicio de la Madre

Elesh Norn no la castigó enseguida. Eso habría sido demasiado sencillo. La dejó volver a sus pozos de escoria, a su coliseo de sombras, a su corte de Thanes de Acero. Le permitió conservar sus títulos. Incluso la invitó a los consejos.

Y en cada consejo, delante de los demás, le recordaba en voz baja su fracaso.

—Dominaria —decía Norn, como quien pronuncia el nombre de una enfermedad—. El mundo que iba a ser tuyo.

Sheoldred no respondía. Apretaba las patas de insecto contra el suelo de metal hasta que chirriaban, pero no respondía. Sabía que la Madre estaba esperando a que lo hiciera.

Elesh Norn, Madre de las Máquinas

Nunca alzó la mano contra Sheoldred. Le bastó con esperar a que se equivocara.

Elesh Norn, Madre de las MáquinasElesh Norn, Mother of Machines

La rebelión del Horno

Quien le ofreció una salida fue la última persona de la que lo habría esperado: Urabrask.

El pretor rojo había regresado de sus viajes con una idea peligrosa. Durante años había callado, se había escondido, había dejado que los demás pelearan por el trono. Ahora había decidido que ya era suficiente. Nueva Pirexia no podía seguir siendo una sola voz. Si nadie se enfrentaba a Norn, no quedaría en el Multiverso ni una sola criatura libre.

Urabrask no buscaba el trono. Buscaba romperlo.

Para eso necesitaba aliados, y empezó a reunirlos en secreto. Algunos de los Thanes de Acero, cansados del himno, se pusieron de su lado. Y Sheoldred, que nunca había creído en la libertad, decidió que una rebelión era la última oportunidad de recuperar lo que le habían quitado.

Era una alianza imposible: el pretor que quería que todos fueran libres y la pretora que quería que todos le obedecieran a ella. No tenían nada en común salvo un enemigo. En Nueva Pirexia, eso tenía que bastar.

Los intrusos

Fue entonces cuando llegaron los planeswalkers.

Un grupo de héroes del Multiverso se coló en Nueva Pirexia con un plan desesperado: llevar hasta el corazón del mundo el arma de Karn y destruirlo todo antes de que la invasión empezara. Estaban Elspeth Tirel, que conocía aquel mundo de cuando era Mirrodin; Kaya, la asesina de fantasmas que ya había perseguido a Vorinclex en Kaldheim; Kaito, un ninja de Kamigawa que había visto lo que Jin-Gitaxias le hizo a Tamiyo; Jace Beleren, Nahiri y otros más.

Nada salió como esperaban. Las defensas pirexianas los dispersaron nada más llegar. Algunos se perdieron. Otros fueron heridos por el aceite. Solo gracias a la resistencia mirrana, que seguía escondida en las profundidades, consiguieron reagruparse.

Koth, Fuego de Resistencia

Llevaba años escondido en los túneles, esperando una oportunidad. Por fin llegó.

Koth, Fuego de ResistenciaKoth, Fire of ResistanceDesde 0,89 €

Allí los esperaban Koth, que no había abandonado nunca su mundo, y Melira, la sylvok inmune al aceite, que curaba las heridas y repartía protecciones como quien reparte pan.

Melira, la Cura Viviente

La única a la que el aceite no tocaba. Por eso todos la necesitaban.

Melira, la Cura VivienteMelira, the Living CureDesde 0,89 €

El coliseo en llamas

El camino de los intrusos pasaba por el reino de Sheoldred. Y en su coliseo encontraron algo que no esperaban: a Vraska, la reina de las gorgonas de Ravnica, que se había adelantado a los demás y había caído en manos del enemigo, malherida y a punto de morir.

Jace corrió hacia ella. Era la mujer a la que amaba. Intentó darle una muerte tranquila, envolviéndola en una ilusión de una tarde soleada en Ravnica. Pero Vraska ya no era del todo Vraska. Cuando él se acercó, ella se dio la vuelta y le contagió el aceite.

Vraska, Aguijón de la Traición

Jace quiso regalarle una última tarde de sol. Ella le devolvió la noche.

Vraska, Aguijón de la TraiciónVraska, Betrayal's Sting

Nahiri, también tocada por el aceite y cada vez más lejos de sí misma, hizo lo único que sabía hacer de verdad: mover la piedra. Hizo estallar el coliseo de Sheoldred desde dentro. Toneladas de metal se vinieron abajo y abrieron un agujero en el cielo del reino de Norn.

El símbolo del poder de la susurrante quedó reducido a escombros.

El gólem en pedazos

En las raíces del gran árbol, los intrusos encontraron a Karn. O lo que quedaba de él: piezas de plata esparcidas por el suelo, frías, inmóviles. Melira y Koth se quedaron atrás para intentar liberarlo y recomponerlo mientras los demás seguían adelante.

El Núcleo de la Semilla

En el corazón de Nueva Pirexia, entre las raíces del árbol, yacía el Padre que nunca quiso serlo.

El Núcleo de la SemillaThe Seedcore

El resto ya es conocido. Elspeth tuvo que enfrentarse a Ajani, compleado, y luego a Jace, que intentaba usar el arma de Karn al servicio de Pirexia. Para detenerlo, Elspeth atravesó a su compañero con la espada y desapareció en un estallido de luz con el arma en las manos. Jace se levantó, ya compleado. Junto a Norn aparecieron Nahiri, Tamiyo y Nissa, todas al servicio de la Madre. Kaya, Kaito y algún otro quedaron rodeados.

El hacha

La rebelión de Urabrask no llegó a ninguna parte. Con los intrusos derrotados y el árbol a punto de despertar, Norn ya no tenía motivos para seguir esperando.

Mandó llamar a Sheoldred.

La susurrante llegó con la cabeza alta. Había perdido su coliseo, su ejército, su apuesta. No pensaba perder también la dignidad. Se plantó ante el trono y miró a Norn a los ojos.

Norn no le dijo nada. Hizo un gesto, y Ajani dio un paso adelante con el hacha en la mano. El leonino que había sido el corazón de la manada levantó el arma sin la menor duda.

Bastó un golpe.

Edicto de Sheoldred

"Enhorabuena, me has entretenido".

Había dictado sentencias durante siglos. La última la dictaron contra ella.

Edicto de SheoldredSheoldred's Edict

Elesh Norn ordenó recoger los restos de Sheoldred para que siguieran sirviendo a Pirexia «de otras maneras». Ni siquiera muerta se libraría la susurrante de su señora.

A Urabrask le reservó algo peor. Lo torturaron, le arrancaron las extremidades y lo arrojaron a las profundidades de la fortaleza. El pretor que había querido romper el trono acabó encerrado bajo él.

Por fin, Nueva Pirexia hablaba con una sola voz. Elesh Norn chasqueó los dedos.

Y el árbol despertó.

Fin del capítulo 6

Siguiente · Capítulo 7La última vozEl árbol de Norn invade todos los mundos, Zhalfir abre una puerta en Nueva Pirexia y los pretores caen uno a uno.Seguir leyendo →

En esta historia: Elesh NornSheoldredJin-GitaxiasVorinclexUrabraskKarnYawgmothElspeth TirelTezzeretTamiyoKayaAjani GoldmaneTeferiJaya BallardJace BelerenVraska