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Capítulo 1 de 7 · 5 min de lectura

El himno bajo el metal

En el núcleo hueco de Mirrodin, el aceite pirexiano aprende a rezar y da a luz a cinco señores que miran el mismo trono vacío.

En el centro de Mirrodin había un hueco. Una esfera vacía, enorme, rodeada por kilómetros de metal en todas direcciones. Karn la había diseñado así, como quien deja una habitación libre en la casa por si algún día hace falta. Nunca imaginó quién acabaría viviendo en ella.

Allí abajo no llegaba la luz de los cinco soles. No llegaban los cantos de los leoninos ni el ruido de los goblins rebuscando chatarra. Solo había silencio, calor y una mancha negra que crecía tan despacio que nadie la habría visto aunque hubiera estado mirando.

La mancha era aceite. Y el aceite estaba pensando.

Las primeras criaturas que salieron de aquel aceite no tenían nombre ni propósito. Eran pequeñas, torpes, mitad carne robada y mitad metal arrancado de las paredes. Se movían por instinto, como insectos. Pero el aceite pirexiano no es solo una sustancia: lleva dentro una idea, y esa idea tiene memoria. Recordaba a Yawgmoth. Recordaba las nueve esferas de la vieja Pirexia, las castas, los sacerdotes, la promesa de que la carne débil podía convertirse en algo perfecto.

Así que, poco a poco, aquellas criaturas empezaron a organizarse. Fabricaron herramientas. Luego fabricaron a otros como ellos. Luego empezaron a rezar.

Renacimiento pirexiano

Mientras exista una gota de ese aceite, la dichosa labor continúa.

Del aceite no nació un ejército. Nació una fe, y la fe se fabricó su propio ejército.

Renacimiento pirexianoPhyrexian Rebirth

El problema era a quién. Yawgmoth había muerto hacía siglos en Dominaria, y su nombre llegaba a Mirrodin como un eco deformado, más leyenda que recuerdo. Los nuevos pirexianos sabían que había existido un Padre. Sabían que había un trono. Y sabían que estaba vacío.

Un trono vacío es la cosa más peligrosa del mundo. Todos los que lo miran piensan lo mismo.

Cinco soles, cinco verdades

Mirrodin tenía cinco soles, y cada uno bañaba su mundo con un color distinto. Los pirexianos del núcleo no los veían, pero el aceite se había empapado de aquel mundo, de su metal y de su magia. Y al crecer, se partió como se parte la luz en un prisma.

Cada fragmento entendió la perfección de una manera diferente. Y cada uno acabó teniendo una voz que hablaba por todos los demás.

Nadie sabe con certeza cómo nacieron los pretores. Hay quien dice que fueron moldeados por el aceite durante siglos; otros, que eran mirranos capturados a los que la compleción transformó hasta no dejar nada de lo que fueron. Las crónicas pirexianas, que nunca se han preocupado mucho por la verdad, cuentan que simplemente despertaron un día, ya enteros, como si el propio mundo los hubiera soñado.

Lo que sí se sabe es lo que creían.

La gran cenobita

La primera en hablar fue Elesh Norn.

Alta como una torre, blanca como la porcelana, con un rostro que era más máscara que cara. Su voz era suave, casi dulce. Hablaba de unidad. Del pecado de la individualidad. De un coro en el que todas las gargantas cantaran la misma nota, para siempre, sin una sola disonancia. Para ella, Pirexia no era un pueblo: era un único cuerpo, y cada pirexiano, una célula que debía obedecer.

Sus seguidores la llamaban la gran cenobita y construyeron para ella las primeras catedrales del núcleo, naves altísimas de carne estirada sobre costillas de metal. Allí se predicaba la Ortodoxia de la Máquina.

Elesh Norn, Gran Cenobita

"¡Regocíjense, evangelistas benditos! La gloriosa luz del perfeccionamiento está cerca. Pronto, despertaremos al Multiverso de su letargo".

Hablaba de armonía con una voz que hacía callar todo lo demás.

Elesh Norn, Gran CenobitaElesh Norn, Grand Cenobite

El que nunca termina

Frente a ella estaba Jin-Gitaxias. Si Norn soñaba con la obediencia, él soñaba con la mejora. Para Jin-Gitaxias, ninguna criatura estaba nunca terminada. Siempre se podía añadir un órgano, cambiar un hueso, reescribir una mente. Su facción se llamaba a sí misma el Motor del Progreso, y sus laboratorios no dormían jamás.

Lo que más le interesaba no era el poder, sino el conocimiento. Quería entenderlo todo, desmontarlo todo y volver a montarlo mejor. Que el resultado gritara durante el proceso le parecía un detalle irrelevante.

Jin-Gitaxias, presagio del núcleo

"No es un objetivo, sino un proceso; el proceso de crear una Pirexia perfecta."

Para él no había seres vivos. Solo prototipos.

Jin-Gitaxias, presagio del núcleoJin-Gitaxias, Core Augur

La susurrante

En las zonas más oscuras del núcleo gobernaba Sheoldred. Tenía cuerpo de dama y patas de insecto, y una corte de nobles crueles que se hacían llamar los Thanes de Acero. Su credo era el más antiguo de todos: el de Yawgmoth. Hambre, miedo, jerarquía. El débil sirve al fuerte, y el fuerte se alimenta del débil.

A Sheoldred no le interesaba la armonía de Norn ni el progreso de Jin-Gitaxias. Le interesaba el trono. Era la única de los cinco que no lo disimulaba.

Sheoldred, la Susurradora

Nunca alzaba la voz. Le bastaba con que todos supieran que estaba escuchando.

Sheoldred, la SusurradoraSheoldred, Whispering One

La bestia y el silencioso

En la facción verde, el Enjambre, mandaba Vorinclex. Era una bestia enorme, puro músculo y garra, que despreciaba los sermones y los laboratorios. Su doctrina cabía en una frase: solo sobrevive lo que puede matar a todo lo demás. Sus criaturas se cazaban entre ellas para ser más fuertes, y él se comía a las que perdían.

Vorinclex, Voracious Hydra

No predicaba. No discutía. Solo cazaba, y el que sobrevivía tenía razón.

Vorinclex, Voracious Hydra

Y luego estaba Urabrask, el pretor rojo, señor del Horno Silencioso. Era el más extraño de los cinco. No quería conquistar a los demás. No quería convertir a nadie. Pedía una sola cosa: que lo dejaran en paz con sus forjas, sus volcanes de metal fundido y sus criaturas libres para seguir su propio fuego. En un mundo obsesionado con la unidad, Urabrask defendía algo que se parecía peligrosamente a la libertad.

Úrabrask el Oculto

Cuando la resistencia mirrodiana llegó, los habitantes del horno buscaron el consejo de Úrabrask. Su decreto los asombró: "Déjenlos".

De los cinco, era el único que no quería un trono. Eso lo convertía en el más sospechoso.

Úrabrask el OcultoUrabrask the Hidden

El asiento del Padre

Durante años, los cinco convivieron en el núcleo como lo hacen las fieras en una jaula demasiado pequeña: midiéndose, esperando, sin atacar todavía. Aún había un mundo entero por conquistar encima de sus cabezas, y Mirrodin bastaba para entretenerlos a todos.

Pero en sus consejos, cuando se reunían ante el gran asiento vacío que habían tallado para el Padre de las Máquinas, todos miraban de reojo al mismo sitio.

—El trono espera a quien lo merezca —dijo una vez Norn, sin mirar a nadie.

—El trono espera a quien lo tome —respondió Sheoldred.

Jin-Gitaxias tomó nota de ambas respuestas. Vorinclex enseñó los dientes. Urabrask no dijo nada.

Y muy lejos de allí, un gólem de plata que había llevado sin saberlo la primera gota de aquel aceite seguía su camino entre los mundos. No sabía que en el corazón de su creación cinco seres monstruosos discutían quién tenía derecho a llamarlo padre.

Pronto lo iba a descubrir.

El trono vacíoYawgmoth: el padre de PirexiaQuién fue el dios cuyo asiento se disputaban los pretores, y cómo un médico expulsado de Halcyon acabó creando Pirexia.

Fin del capítulo 1

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En esta historia: Elesh NornSheoldredJin-GitaxiasVorinclexUrabraskKarnYawgmothElspeth TirelTezzeretTamiyoKayaAjani GoldmaneTeferiJaya BallardJace BelerenVraska