En Nueva Pirexia no hubo una declaración de guerra. Nadie tocó trompetas ni firmó manifiestos. La guerra civil empezó como empiezan casi todas las cosas en aquel mundo: en silencio, en la oscuridad, con alguien que desaparecía y no volvía.
Un sacerdote de Norn que se adentró demasiado en los laboratorios de Jin-Gitaxias. Una patrulla de los Thanes de Acero devorada por las criaturas de Vorinclex. Una forja del Horno Silencioso que amaneció apagada y sin rastro de sus trabajadores. Cada facción culpaba a las demás. Todas tenían razón.
Cinco reinos dentro de uno
Con Mirrodin conquistado, el mundo se dividió en capas, y cada pretor reclamó la suya. Norn se quedó con las alturas, donde levantó catedrales cada vez más grandes. Jin-Gitaxias excavó sus quirófanos en las zonas frías y profundas. Sheoldred convirtió los pozos de escoria en su reino de sombras. Vorinclex soltó a sus bestias en los bosques de metal, que se convirtieron en un laberinto de caza. Y Urabrask se encerró en el Horno, entre lava y hierro.
En teoría, eran aliados. En la práctica, cada frontera era una herida abierta.
Una chispa de resistencia contra una marea de corrupción.
En Nueva Pirexia, hasta el poder se pagaba con sangre propia.
Arena pirexianaPhyrexian Arena
Las facciones luchaban de formas distintas, igual que pensaban de formas distintas. Los ejércitos de Vorinclex atacaban de frente, en oleadas, sin importarles las bajas. Los Thanes de Sheoldred preferían la traición: comprar a un oficial enemigo, envenenar un pozo de aceite, sembrar rumores. Jin-Gitaxias rara vez luchaba; capturaba. Cada prisionero era un experimento, y cada experimento, una pequeña ventaja.
Los señores menores
Debajo de los pretores se movía un enjambre de ambiciosos. Nobles pirexianos, comandantes, sacerdotes. Algunos servían con fe. Otros esperaban su oportunidad para cambiar de bando o, mejor todavía, para ocupar el sitio de su señor.
Entre ellos había nombres que en Mirrodin todavía se recordaban con miedo. Geth, un antiguo señor de los muertos de los pozos de escoria, que había entregado su mundo a cambio de un lugar en la nueva corte. Seguía siendo, sobre todo, una cabeza ambiciosa con demasiadas ideas.
Vendió su mundo a cambio de un sitio en la mesa de Sheoldred. Nunca dejó de buscar uno mejor.
Geth, Señor de la BóvedaGeth, Lord of the Vault
Y Glissa. La elfa que había derrotado a Memnarch, la heroína de las viejas canciones mirranas. El aceite la había alcanzado, y ahora caminaba entre los pirexianos con los ojos llenos de un odio frío. Hay quien dice que todavía recordaba quién había sido, y que precisamente por eso era más cruel que nadie con los que aún resistían.
Un día salvó Mirrodin. Al siguiente, ayudaba a enterrarlo.
Glissa, la traidoraGlissa, the Traitor
La paciencia de la cenobita
De los cinco, Elesh Norn era la que menos parecía luchar. No lanzaba grandes ofensivas. No tenía el ejército más fiero ni los laboratorios más avanzados. Lo que tenía era otra cosa: predicadores.
Mientras los demás pretores combatían, los sacerdotes de la Ortodoxia de la Máquina recorrían todas las capas del mundo. Hablaban de un orden que acabaría con el caos. De una paz donde nadie tendría que pelear por nada, porque nadie querría nada distinto. A los soldados agotados de las otras facciones, aquello empezaba a sonarles bien.
Las murallas de Norn no frenaban a nadie por la fuerza. Frenaban por la fe.
Anexo de NornNorn's Annex
Uno a uno, comandantes de Sheoldred y de Vorinclex se presentaban ante las catedrales blancas y se arrodillaban. Norn los recibía con una sonrisa de porcelana y los mandaba de vuelta a su facción de origen, ahora como suyos. La guerra de Norn no se libraba en los campos de batalla. Se libraba dentro de las cabezas.
Sheoldred lo vio venir antes que nadie.
—Está ganando sin luchar —le dijo a uno de sus Thanes, una noche, en su salón de escoria—. Eso es peor que cualquier ejército.
—¿Y qué haremos, señora?
—Lo que hacemos siempre. Esperar a que se descuide.
Norn no se descuidó nunca.
Ni siquiera cuando Jin-Gitaxias le envió, como regalo de paz, un sirviente modificado que en realidad llevaba dentro un ojo para espiarla. Norn lo recibió con todos los honores, le dio las gracias al pretor azul y, esa misma noche, mandó que el sirviente cantara el himno ante toda su corte. Cuando terminó, ya no quedaba en él nada que perteneciera a Jin-Gitaxias. Al día siguiente se lo devolvió, convertido en uno de sus predicadores.
Lo que no se puede ganar
Hubo batallas terribles. Hubo alianzas de un mes y traiciones de una noche. Hubo un momento en que pareció que Jin-Gitaxias, con sus criaturas cada vez más sofisticadas, podía imponerse a todos. Hubo otro en que el Enjambre de Vorinclex barrió la mitad de las fronteras. Pero ninguno de los cuatro rivales de Norn consiguió nunca lo que ella sí tenía: un pueblo dispuesto a obedecer sin preguntar.
"Veamos qué ocultan los sicofantes de Norn bajo toda esa delicada porcelana".
— Sheoldred
Las facciones fabricaban monstruos cada vez peores. Ninguno bastaba para ganar la guerra.
Arrasador pirexianoPhyrexian Obliterator
Además, Norn contaba con un aliado inesperado: el miedo de los demás a quedarse solos. Ninguno de los otros pretores se atrevía a lanzarse contra ella con todo, porque sabía que, en cuanto lo hiciera, los otros tres caerían sobre su espalda. Cada uno vigilaba a los demás. Y mientras se vigilaban, Norn crecía.
La madre de las máquinas
No hubo un día concreto en que la guerra terminara. Simplemente, llegó un momento en que el himno de las catedrales blancas se oía en todas las capas del mundo. En los laboratorios de Jin-Gitaxias, los ayudantes lo tarareaban sin darse cuenta. En el laberinto de Vorinclex, hasta algunas bestias se detenían a escucharlo.
Los pretores seguían existiendo. Seguían teniendo sus reinos, sus ejércitos y sus ambiciones. Pero todos, de una forma u otra, habían acabado inclinando la cabeza.
Elesh Norn dejó de ser la gran cenobita. Ahora la llamaban de otra manera: la Madre de las Máquinas. El trono del Padre seguía vacío. Pero ya no hacía falta. Había una Madre, y su voz era la de todo un mundo.
"Bajo los soles, Mirrodin se arrodilla y nos ruega perfección."
— Geth, Señor de la Bóveda
El viejo Mirrodin se apagó del todo. Bajo aquella oscuridad, solo una voz seguía cantando.
Cenit del sol negroBlack Sun's Zenith
En su palacio de sombras, Sheoldred guardó silencio. No había olvidado. Nunca olvidaba. Pero la susurrante sabía reconocer cuándo una partida estaba perdida en un tablero.
Así que empezó a buscar otro tablero.
La historia completaLa invasión pirexiana: de Urza a Elesh NornDesde la piedra partida de Urza y Mishra hasta el árbol que atravesó todos los mundos: la gran crónica de la amenaza pirexiana.





