Elspeth Tirel nunca se quedaba mucho tiempo en ningún sitio.
Ajani lo había aprendido a base de buscarla. Después de Alara, ella había ido a Mirrodin, un mundo de metal donde algo terrible estaba creciendo bajo la superficie, y de allí había huido con los ojos llenos de un miedo que no quería explicar. Pirexia. Ajani solo le oyó pronunciar esa palabra una vez, y fue en sueños.
Intentó convencerla de que se quedara con él, de que dejara de huir. Ella le apretó la mano, le dio las gracias y se marchó a un plano del que nunca le había hablado: Theros. Un mundo de mares azules, templos de mármol y dioses que bajaban del cielo estrellado para meterse en la vida de los mortales.
Ajani la siguió. Le costó, pero la siguió.
El rey de los leones
Theros tenía leones. No nacatl como los de Naya, sino leoninos, un pueblo orgulloso que vivía en las llanuras de Oreskos y que desconfiaba de los humanos y de sus dioses. A su cabeza estaba Brimaz, un rey joven, enorme y de risa fácil que le recordó a Jazal en cuanto lo vio.
Brimaz conocía a Elspeth. Habían luchado juntos. Y fue él quien ayudó a Ajani a encontrarla.
Un rey león en un mundo de dioses. Ajani se sintió casi en casa.
Brimaz, rey de OreskosBrimaz, King of Oreskos
El reencuentro fue extraño. Elspeth estaba distinta: más segura, más luminosa, con una lanza dorada en la mano que irradiaba una luz difícil de mirar. Se había convertido en la campeona de Heliod, el dios del sol, el más poderoso del panteón de Theros. El dios le había dado aquella arma, Godsend, y una misión.
Ajani la miró por dentro y vio algo que no le gustó. Elspeth había encontrado por fin un sitio donde sentirse en casa. Y lo había encontrado sirviendo a un dios.
Ajani llegó a Theros como amigo. Se quedó como guardián.
Ajani, mentor de héroesAjani, Mentor of Heroes
El sátiro que quiso ser dios
El problema tenía nombre: Xenagos.
Era un sátiro, un planeswalker como ellos, un juerguista con cuernos que había descubierto que en Theros los dioses nacían de la fe de los mortales. Si suficiente gente creía en algo, ese algo se hacía real. Así que Xenagos organizó la mayor fiesta que Theros había visto jamás: una orgía de locura, vino y destrucción que arrastró a miles de personas. Y con toda esa devoción salvaje, se convirtió en dios.
Un dios del desenfreno, sentado en Nyx, el reino estrellado de los dioses, desde donde podía sembrar el caos en todo el plano.
Un juerguista con chispa que descubrió cómo fabricar un dios: él mismo.
Xenagos, dios del deleiteXenagos, God of Revels
Heliod no lo soportaba. Pero Heliod tampoco quería ensuciarse las manos. Por eso tenía una campeona.
Elspeth y Ajani viajaron juntos hacia Nykthos, el lugar donde el mundo de los mortales tocaba el de los dioses. El camino estaba lleno de pruebas. Thassa, la diosa del mar, les ofreció una, y Elspeth la rechazó: no pensaba jugar con las reglas de otro dios. Eligió en cambio una vía mucho más oscura, a través del reino de Erebos, el dios de los muertos. Ajani la siguió sin discutir, aunque todo en él le decía que aquello acabaría mal.
La lanza
Llegaron hasta Xenagos. La batalla en Nyx fue algo que Ajani nunca supo describir: un combate entre estrellas, en un lugar donde el suelo era cielo nocturno y las sombras tenían voz. Elspeth luchó como nunca la había visto luchar. Y al final, con un golpe de Godsend, atravesó al dios del desenfreno.
Xenagos cayó. Su divinidad se deshizo como humo.
Elspeth se volvió hacia Ajani, jadeando, con una sonrisa que él no le había visto nunca. Lo había conseguido. Había cumplido su misión. Quizá, por fin, podría quedarse.
Entonces llegó Heliod.
Un dios que no perdona a quien le demuestra que los dioses pueden morir.
Heliod, dios del solHeliod, God of the Sun
El dios del sol no venía a darle las gracias. Venía con miedo. Elspeth había hecho algo imposible: matar a un dios. Y si una mortal podía matar a un dios, quizá podía matar a cualquiera. Incluido él.
Heliod le quitó la lanza de las manos. Y con su propia arma, la que él mismo le había regalado, la mató.
La capa
Ajani no recuerda bien lo que pasó después. Recuerda el cuerpo de Elspeth en sus brazos, tan ligero, igual que el de Jazal en la guarida de Qasal. Recuerda la luz del sol en la armadura, que de repente parecía una burla. Recuerda que miró dentro de ella buscando algo que curar, como siempre, y que otra vez solo encontró el hueco.
Bajó con ella de vuelta a Theros. Allí aparecieron los agentes de Erebos, los que se llevan a los muertos al Inframundo, y Ajani se lanzó contra ellos con el hacha en alto. Fueron los guerreros de Brimaz quienes lo sujetaron. No había nada que ganar. Elspeth ya era de los muertos.
El regalo de un dios. Y el arma que le quitó la vida a quien lo recibió.
Filo divinoGodsend
Lo que hizo después, en cambio, sí lo recuerda. Fue al gran templo de Heliod, donde cientos de fieles rezaban al sol, y les contó la verdad. Que su dios había matado a su campeona por miedo. Que los dioses de Theros no eran eternos ni perfectos: eran lo que los mortales creían que eran. Que si dejaban de creer en un dios cruel, ese dios se haría pequeño.
No todos lo escucharon. Pero algunos sí. Y en Theros eso basta para que un dios tiemble.
Cuando se marchó de aquel plano, Ajani llevaba sobre los hombros la capa de Elspeth. La llevaría muchos años. Se fue a llorarla a casa de Tamiyo, una vieja amiga, una erudita que coleccionaba historias y sabía escuchar sin decir nada. Allí, entre pergaminos, Ajani dejó de ser el león furioso de Alara.
La campeona del sol, en sus mejores días.
Elspeth, campeona del solElspeth, Sun's Champion
Pero el luto no le duró mucho. Porque entre las historias que Elspeth le había contado sobre Mirrodin había un detalle que no se le iba de la cabeza: allí, en el corazón de aquel mundo de metal, ella había visto a un hombre al que todos daban por muerto. Un hombre con un brazo de metal azul.
Tezzeret.
La historia de ElspethElspeth Tirel: la soldado que buscaba un hogarAntes de Theros hubo Bant, Mirrodin y un pasado que ella nunca quiso contar. Y después de Theros, el Inframundo no fue el final.





