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Capítulo 1 de 7 · 5 min de lectura

Blanco como la muerte

En Naya nace un león blanco al que solo protege su hermano Jazal, hasta la noche en que las sombras salen del fuego.

En el valle de Qasal había un dicho que las madres nacatl repetían en voz baja cuando nacía un cachorro raro: «blanco como la muerte». No era una bendición. En Naya, un mundo de selvas tan altas que las nubes se enganchaban en las copas, el color de la vida era el dorado de la piel de los leones, el verde de las hojas, el rojo de los frutos. El blanco era el color de los huesos al sol.

Ajani nació blanco.

Pelaje del color de la nieve que ningún nacatl había visto jamás, ojos claros, un cuerpo que de cachorro parecía demasiado frágil para sobrevivir al primer invierno de lluvias. Sobrevivió. Y la manada, que no sabía qué hacer con él, decidió lo más sencillo: tolerarlo de lejos.

Ajani, paria de los nacatl

El cachorro al que nadie quería mirar a los ojos.

Ajani, paria de los nacatlAjani, Nacatl Pariah

El hermano mayor

Si Ajani llegó a adulto fue, sobre todo, por Jazal.

Jazal Goldmane era su hermano mayor, y era todo lo que Ajani no era: dorado, imponente, con una melena que parecía hecha de luz de tarde y una voz que hacía callar a los guerreros más jóvenes sin necesidad de levantarla. Cuando Ajani era pequeño y los otros cachorros le tiraban piedras, Jazal aparecía. No gritaba. Solo se quedaba de pie a su lado, y las piedras dejaban de volar.

Con los años, Jazal llegó a kha, el jefe de la manada de Qasal. Había quien decía que lo había hecho por ambición. Ajani sabía la verdad, aunque su hermano nunca se la confesó: lo había hecho para que nadie pudiera echarlo. Mientras el kha fuera Jazal, el león blanco tendría un sitio junto al fuego.

Un sitio pequeño, eso sí. En el borde.

Jazal Melena Dorada

"Como mi kha, es la fuente de mi inspiración. Como mi hermano, es la encarnación de mis aspiraciones".

— Ajani Melena Dorada

El kha de Qasal: la única sombra bajo la que Ajani estuvo a salvo.

Jazal Melena DoradaJazal Goldmane

—Algún día te verán como yo te veo —le decía Jazal, de noche, cuando compartían carne junto a las brasas.

—¿Y cómo me ves tú?

—Como al más terco de los dos. —Y se reía.

El sanador que veía almas

Ajani tenía un don que nadie en la manada sabía apreciar. Cuando miraba a otro ser vivo, no veía solo su cuerpo: veía algo más. Una especie de brillo interior, la forma de su alma, si estaba herida, si tenía miedo, si mentía. Gracias a eso era el mejor sanador de Qasal. Sabía dónde dolía antes de que el herido lo dijera.

Pero un sanador no caza, y en una manada de leones lo que cuenta es la caza. Los guerreros aceptaban sus vendajes con una mano y le daban la espalda con la otra. Había perdido el ojo izquierdo de joven, en uno de esos peligros con los que Naya castiga a los imprudentes, y la cicatriz no le había ganado respeto: solo una forma más de señalarlo.

Uno de sus pocos amigos era Zaliki, la chamana de la tribu. Ella no lo miraba con miedo. Le hablaba de los espíritus, de los grandes colosos que los humanos de Naya adoraban como dioses, de las estrellas. Ajani pasaba con ella las tardes en las que no soportaba estar con nadie más.

Nacatl salvaje

"Los Nacatl de las nubes se sientan y piensan... unos suaves. Nosotros somos las Garras de Marisi, acechamos, cazamos y desangramos."

Los nacatl de Naya: orgullo, fuerza y muy poca paciencia con lo diferente.

Nacatl salvajeWild Nacatl

La fiesta

Cada año, la manada celebraba una gran fiesta. Era el momento de presumir de cacerías, de contar historias, de demostrar quién merecía el respeto de los demás. Ese año, Ajani decidió que se había cansado del borde del fuego.

Salió solo a cazar un gargantuano.

En Naya, los gargantuanos son bestias tan enormes que los árboles les llegan a la rodilla. Cazar uno es una locura. Ajani lo hizo de todos modos: lo siguió durante días, lo estudió con ese ojo que veía almas, buscó el momento en que la criatura estaba cansada y confiada. Y lo abatió.

Ancestro divino

"Deja un sacrificio para el ancestro divino, para que nos evite, pero también para sus hijos, que también tienen hambre."

— Syeena, ayudadioses élfica

En Naya hay bestias tan grandes que se les reza. Ajani decidió cazar una.

Ancestro divinoGodsire

Nunca llegó a presumir de ello.

Tenoch, un león rival que llevaba años envidiando el puesto de Jazal, le salió al paso en el camino de vuelta. Le robó la presa, le dio una paliza delante de sus seguidores y, mientras Ajani escupía sangre en el barro, descubrió algo que no debía saber: aquel don para ver dentro de los demás. Tenoch se rió. Un león blanco, tuerto y que además era raro por dentro. Perfecto para burlarse.

Ajani volvió al campamento cojeando y sin presa. Jazal lo vio llegar, vio sus heridas y no dijo nada. Solo le puso una mano en el hombro. Esa noche, por primera vez, el kha no se rió de nada.

La noche de las sombras

Durante la fiesta, mientras los tambores sonaban y la carne se asaba, alguien dejó caer una vasija en la hoguera central.

Nadie vio quién. Solo se oyó un chasquido, un humo negro que no olía a madera, y después las sombras. Salieron del fuego como si siempre hubieran estado allí, sin forma fija, frías, hambrientas. La fiesta se convirtió en un caos de garras, gritos y antorchas que no servían de nada contra algo que no tenía cuerpo.

Ajani luchó como pudo, curando a unos, arrastrando a otros lejos del fuego. Cuando las sombras por fin se disolvieron, la manada estaba rota, asustada, contando a sus heridos.

Y Jazal no estaba.

Lo encontró en su guarida. El kha de Qasal yacía en el suelo, con su gran hacha negra todavía en la mano, como si hubiera intentado defenderse hasta el último aliento. No había sido una sombra. Las sombras habían sido la distracción. Alguien había entrado en la guarida del jefe mientras todos miraban al fuego.

Mago de manada qasali

Anciano en una manada, de la casta con sellos en la otra.

La manada se quedó sin cabeza en una sola noche.

Mago de manada qasaliQasali Pridemage

Ajani se arrodilló y abrazó el cuerpo de su hermano. Intentó lo que siempre hacía: mirar dentro, buscar el brillo del alma, encontrar la herida para curarla. No había nada que curar. Solo un hueco.

Y entonces oyó la voz de Jazal. No en el oído, sino en algún lugar mucho más hondo. Algo se rompió dentro de Ajani, o se abrió, como una puerta que lleva toda la vida cerrada. El suelo de la guarida desapareció bajo sus rodillas. El olor de la sangre, el ruido de la manada, la selva entera de Naya se apagaron de golpe.

Cuando volvió a abrir el ojo, el aire olía a azufre, el cielo ardía en rojo y un rugido que no era de ningún león hacía temblar las montañas.

Ajani ya no estaba en casa. Y no tenía ni idea de cómo volver.

Fin del capítulo 1

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En esta historia: Ajani GoldmaneNicol BolasSarkhan VolElspeth TirelTezzeretChandra NalaarGideon JuraTeferiKarnJaya BallardElesh NornSheoldredKayaNahiri