Saltar al contenido
0

Capítulo 2 de 7 · 5 min de lectura

El hacha de Jazal

Perdido en Jund, Ajani descubre que es planeswalker, forja un hacha nueva y conoce a una soldado llamada Elspeth.

Jund no se parecía a nada que Ajani hubiera imaginado.

Donde Naya era verde y húmeda, Jund era roja y seca. Volcanes que escupían ceniza, selvas de árboles negros, ríos de lava que bajaban entre las rocas como serpientes perezosas. Y por encima de todo, en el cielo, los dragones. No uno ni dos: decenas. Cazaban en círculos, se peleaban entre ellos, caían sobre las presas como piedras con alas.

Ajani tardó un día entero en entender que no estaba soñando. Había pasado de un mundo a otro sin barco, sin portal, sin hechizo. Simplemente, había dejado de estar en Naya. Por entonces no sabía la palabra, pero la tenía metida en el pecho como una brasa: era un planeswalker.

El dragón y el hombre de la cicatriz

El primer dragón que se fijó en él fue Karrthus.

Era enorme, de escamas rojizas y negras, con un aire de dueño que no necesitaba demostrar nada. Bajó de las nubes con las garras abiertas y Ajani, sin hacha, sin manada y sin la menor idea de dónde se había metido, se preparó para morir peleando.

Karrthus, tirano de Jund

En Jund, el que manda es el que vuela más alto.

Karrthus, tirano de JundKarrthus, Tyrant of Jund

No murió. Un hombre se interpuso entre él y el dragón. Un humano con el pelo largo y sucio, la cara marcada y una mirada que Ajani reconoció enseguida, porque él la veía en el espejo de los charcos: la mirada de alguien que no encaja en ninguna parte. El humano habló con el dragón en un idioma de gruñidos y fuego, y Karrthus, para sorpresa de Ajani, se marchó.

Se llamaba Sarkhan Vol. Y, como Ajani, podía caminar entre mundos.

—Te he visto llegar —le dijo Sarkhan, sentado en una roca, mientras Ajani recuperaba el aliento—. Llegas con rabia. Mucha rabia. Es lo único que te mantiene en pie.

—Han matado a mi hermano.

—Entonces no la sueltes. —Sarkhan sonrió, y había algo inquietante en esa sonrisa—. La rabia es fuego. Y el fuego, bien usado, lo quema todo.

Sarkhan Vol

Sarkhan servía a un amo que Ajani aún no conocía.

Sarkhan Vol

Ajani no sabía entonces que Sarkhan servía a un dragón mucho más grande que Karrthus. Un dragón antiguo que llevaba siglos moviendo piezas en Alara. Lo sabría más tarde, y entonces esa conversación en la roca le daría escalofríos. Pero en aquel momento, perdido y furioso, aquel consejo le pareció lo más sabio que había oído nunca.

El hacha de Jazal

Cuando consiguió volver a Naya, empujando con esa fuerza nueva que aún no controlaba, la manada lo miró como se mira a un fantasma. El león blanco había desaparecido delante de todos con el cadáver del kha en brazos. Algunos decían que lo había matado él. Otros, que se lo había llevado la muerte en persona.

Ajani no dio explicaciones. Fue a la guarida de su hermano, cogió la gran hacha negra y la desmontó. Con la cabeza del arma forjó una nueva, de doble filo, más ligera, hecha a su medida. Después tomó las cenizas de la pira de Jazal y se las extendió por el pelaje blanco, como un luto que no pensaba quitarse.

Ya no era el sanador del borde del fuego. Era otra cosa.

Ajani Vengativo

El sanador guardó las vendas y cogió el hacha.

Ajani VengativoAjani Vengeant

Tenoch

El primer nombre de su lista era evidente. Tenoch. El rival que le había robado la presa, el que llevaba años envidiando a Jazal, el que se había reído de él en el barro. ¿Quién tenía más motivos para querer muerto al kha?

Lo encontró en lo alto de un barranco, rodeado de sus seguidores. Tenoch no se esperaba al Ajani que vio aparecer entre los árboles: cubierto de ceniza, con un hacha nueva y algo en el ojo bueno que no era tristeza.

—Tú lo mataste —dijo Ajani.

—Estás loco, blanco.

Pelearon. No fue un combate de fiesta, con reglas y testigos que aplauden. Fue una lucha sucia, desesperada, en el filo de la roca. Ajani tenía la rabia; Tenoch tenía la fuerza y la experiencia. En un último forcejeo, el borde del barranco cedió bajo los dos y cayeron juntos al vacío.

Ajani sintió los golpes contra las rocas, el crujido de algo que se rompía en su costado, el sabor de la sangre. Y, otra vez, aquella puerta abriéndose dentro de él. Pero esta vez no sabía hacia dónde. Se precipitó por un lugar que no era un mundo: una oscuridad llena de colores imposibles, de corrientes que tiraban de él en todas direcciones. Lo que los planeswalkers llaman la Eternidad Ciega.

Pensó que se moría. Casi lo hizo.

La soldado de Bant

Despertó en una cama limpia, con el costado vendado y la luz de un sol muy blanco entrando por una ventana.

Una mujer humana lo observaba desde una silla. Tenía el pelo claro, una armadura sencilla colgada en la pared y unos ojos cansados de alguien que ha visto demasiadas guerras. Le cambiaba los vendajes con una calma que Ajani conocía bien, porque era la suya: la calma de quien ha curado a mucha gente.

—Has caído del cielo —le dijo—. Literalmente. Te encontraron en un campo, medio muerto.

—¿Dónde estoy?

—En Bant. —Hizo una pausa—. Y tú tampoco eres de aquí, ¿verdad? Lo noto. Yo tampoco.

Se llamaba Elspeth Tirel. Era planeswalker, como él. Y había llegado a Bant buscando algo que Ajani tardaría años en entender del todo: un lugar donde descansar de la guerra.

Elspeth, Caballero Errante

Una soldado que buscaba paz encontró a un león que buscaba venganza.

Elspeth, Caballero ErranteElspeth, Knight-Errant

Durante su convalecencia hablaron mucho. Él le contó lo de Jazal, lo de la noche de las sombras, lo de Tenoch. Ella le contó poco de su pasado, solo que venía de un lugar terrible y que no quería volver a pensar en él. Ajani miró dentro de ella, como hacía con todos, y vio una herida tan profunda que prefirió no preguntar.

—¿Y si Tenoch no lo hizo? —le dijo Elspeth una noche.

Ajani no contestó. Llevaba días haciéndose la misma pregunta. En el fondo del barranco, antes de desaparecer, había visto la cara de Tenoch. Y no era la cara de un culpable. Era la de alguien que no entendía nada.

Cuando pudo andar, Ajani se despidió de Elspeth y volvió a Naya. Algo se movía en Alara. Algo enorme. Y empezaba a sospechar que la muerte de su hermano solo era una pieza pequeña de un tablero mucho más grande.

Fin del capítulo 2

Siguiente · Capítulo 3El dragón del MaelstromLas cinco esquirlas de Alara chocan, la verdad sobre Jazal sale a la luz y Ajani se enfrenta a Nicol Bolas.Seguir leyendo →

En esta historia: Ajani GoldmaneNicol BolasSarkhan VolElspeth TirelTezzeretChandra NalaarGideon JuraTeferiKarnJaya BallardElesh NornSheoldredKayaNahiri