Tezzeret era uno de esos nombres que aparecían una y otra vez en los peores rincones del Multiverso. Un artífice brillante y resentido, con un brazo de etherium que le permitía manipular el metal y la magia a su antojo. Había dirigido una organización de ladrones y traficantes de artefactos, el Consorcio Infinito. Había trabajado para Nicol Bolas. Y, según lo que Elspeth había visto, había sobrevivido a cosas que deberían haberlo matado.
Ajani siguió su rastro durante meses. Contactos del Consorcio, almacenes abandonados, rumores. Y todos los hilos llevaban al mismo sitio.
Kaladesh.
El mundo de los inventores
Kaladesh era lo contrario de Naya. Un plano de ciudades enormes y relucientes, de autómatas de cobre, de barcos voladores y carreras de vehículos que funcionaban con éter, una energía azul que flotaba en el aire como bruma. Todo el mundo inventaba algo. Todo el mundo tenía un taller.
Pero bajo el brillo había un problema. El Consulado, el gobierno de la ciudad de Ghirapur, controlaba el reparto del éter, y lo hacía cada vez con más mano dura. Y entre los altos cargos del Consulado había un recién llegado con un brazo de metal: Tezzeret, juez principal de la gran Feria de Inventores, que usaba su puesto para construir en secreto un puente capaz de abrir portales entre mundos. Un regalo, por supuesto, para su amo.
En Kaladesh, Tezzeret se hizo con el puesto perfecto para construir lo que Bolas quería.
Tezzeret, el conspiradorTezzeret the Schemer
Los renegados
Contra el Consulado se habían levantado los renegados, inventores y ciudadanos hartos de que les racionaran el éter. Ajani se unió a ellos sin pensarlo mucho. Había gente oprimida y había un agente de Bolas detrás. Eso le bastaba.
Allí conoció de cerca a los planeswalkers que se hacían llamar la Guardia: Gideon, Jace, Nissa y una joven pirómana llamada Chandra Nalaar, nacida precisamente en Kaladesh. Habían venido a ayudar a los renegados, y la cosa no iba bien.
La peor noche fue en el Dhund, una cárcel siniestra del Consulado. Chandra, Nissa y la inventora Oviya Pashiri habían caído prisioneras en una celda que se llenaba poco a poco de gas. Ajani llegó cuando ya casi no podían respirar. Reventó la puerta con el hacha, cargó con quien hizo falta y los sacó a todos de allí.
En el Dhund, el león abrió a hachazos la puerta de una celda llena de gas.
Ajani implacableAjani Unyielding
Chandra lo miró, tosiendo, con los ojos rojos y el pelo chamuscado.
—¿Y tú quién eres?
—Alguien que lleva tiempo detrás del mismo hombre que vosotros.
Ajani miró dentro de ella y vio fuego, mucho fuego, y debajo una niña asustada que todavía no había perdonado al mundo por la muerte de su padre. La reconoció enseguida. Él había sido así. Desde ese día, de alguna forma, empezó a cuidarla.
Ajani vio en Chandra el mismo fuego que casi lo quemó a él en Jund.
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El juramento
Los renegados ganaron. El puente de Tezzeret fue saboteado, el Consulado cayó y Kaladesh empezó a respirar de nuevo. Tezzeret escapó, como siempre. Pero la Guardia había visto lo que Ajani llevaba años sabiendo: que detrás de todo estaba Nicol Bolas.
Le pidieron que se uniera. Ajani aceptó y pronunció su propio juramento, a su manera, sin grandes palabras: protegería a los inocentes, donde fuera, contra quien fuera.
Lo primero que hizo como miembro fue llevar la contraria. La Guardia quería lanzarse a por Bolas de inmediato, en Amonkhet, su último plano conocido. Ajani se opuso. Él había visto al dragón en el Maelstrom. Sabía lo que era. Cinco planeswalkers no bastaban. Hacían falta aliados, muchos aliados.
No le hicieron caso. Fueron a Amonkhet sin él, y volvieron derrotados, dispersos, rotos.
Ajani no buscaba gloria. Buscaba suficientes manos para tumbar a un dragón.
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Ajani se dedicó entonces a lo que había propuesto desde el principio: reclutar. En Dominaria convenció a Jhoira y a la tripulación del Vientoligero para que se prepararan para la guerra que venía. Esperó a que llegaran los demás, pero solo aparecieron Gideon y Liliana. Así que volvió a marcharse, de plano en plano, a buscar más ayuda. Cuando le preguntaban adónde iba, solo contestaba que hacía falta gente.
La guerra de Ravnica
Cuando por fin llegó la batalla final, no la eligió nadie. Bolas la eligió.
El dragón atrajo a decenas de planeswalkers a Ravnica, la ciudad-mundo, y los encerró allí con un artefacto llamado el Sol Inmortal, que impedía viajar entre planos. Su plan era sencillo: robarles la chispa a todos, uno por uno, y convertirse en un dios. Por el puente de Tezzeret, ya reparado, empezaron a llegar miles de guerreros eternos, momias de lapislázuli traídas desde Amonkhet.
Ajani hizo lo que mejor sabía hacer. No buscó al dragón: buscó a la gente. Usando su magia, creó copias hechas de éter de los aliados que había dejado atrás, los leones de Naya, los guerreros de Brimaz en Theros, y los lanzó a la batalla junto a él. Reunió a los planeswalkers atrapados que estaban a punto de rendirse. Y junto a Vraska y los golgari, los habitantes de los túneles, evacuó a miles de civiles a los subterráneos de la ciudad mientras los eternos arrasaban las calles.
En Ravnica, Ajani no luchó por ganar. Luchó para que nadie se quedara atrás.
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Bolas cayó, al final. Pero el precio fue altísimo. Gideon Jura, el escudo de todos, murió protegiendo a otros. La Guardia nunca volvió a ser la misma.
Cuando el polvo se asentó, Ajani fue a Kaladesh a buscar a Chandra. La encontró sentada en la azotea de la casa de su madre, mirando el cielo sin verlo. No le dijo nada. Se sentó a su lado y se quedó allí, como hacía Jazal con él junto al fuego, hasta que ella empezó a llorar.
Fue la última vez, en mucho tiempo, que Ajani tuvo ocasión de ser simplemente un buen amigo.
La rebelión de KaladeshChandra Nalaar: la llama de KaladeshAntes de que Ajani llegara, Kaladesh ya había sido escenario de la peor tragedia de Chandra. Conoce el fuego que el león vio dentro de ella.




