Las Cuevas de Koilos son un lugar viejo incluso para Dominaria. Pasadizos excavados en la roca miles de años atrás, cuando Urza y Mishra todavía eran niños y la palabra «pirexiano» no significaba nada para nadie. Allí abajo, dicen, se encontró una vez la puerta que llevó a los hermanos a la ruina.
Karn había bajado a aquellas cuevas buscando respuestas. Llevaba años obsesionado con una idea: encontrar un arma capaz de acabar con Pirexia para siempre. Había seguido pistas antiguas, rastros thran, rumores. Y todos lo llevaban de vuelta a Koilos.
Lo que encontró allí fue a Sheoldred.
El gólem bajo la piedra
La pretora no se molestó en luchar con él. Sabía que Karn era casi indestructible. Así que hizo algo más cruel: lo enterró.
Durante meses, Karn estuvo atrapado bajo toneladas de roca, sin poder moverse, sin poder caminar entre mundos, consciente cada segundo. Arriba, en la superficie, Dominaria seguía con su vida sin saber que su mejor aliado contra Pirexia estaba sepultado bajo sus pies.
Tras años de silencio, en las cuevas vuelve a resonar el espeluznante eco de los pirexianos que se preparan para la guerra.
El lugar donde empezó la desgracia de Dominaria se convirtió en la tumba de quien quería evitar otra.
Cuevas de KoilosCaves of Koilos
Es difícil imaginar lo que es pasar meses inmóvil en la oscuridad. Karn tenía tiempo de sobra para pensar, y pensó en todos sus errores. En Mirrodin. En Memnarch. En Venser. En la gota de aceite que había llevado dentro sin saberlo y que había dado a luz a todo aquello. Cada error pesaba más que la roca.
Cuando por fin lo sacaron de allí, Karn no volvió a ser exactamente el mismo. Pero tampoco se rindió.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó, con la voz ronca de no usarla.
—Demasiado —le contestaron.
Karn asintió despacio. Se sacudió el polvo de los hombros, miró hacia la boca de la cueva y no dijo nada más. No hacía falta. Todos los que estaban allí entendieron que el gólem no pensaba volver a quedarse quieto mientras Pirexia avanzaba.
Lo enterraron vivo. Salió con más ganas que nunca de terminar lo que había empezado.
La reina de las sombras
Mientras Karn estaba bajo tierra, Sheoldred trabajaba. Había traído consigo algo más terrible que un ejército: paciencia. Sus agentes durmientes se habían colado en todas partes. En las cortes de Benalia, en los clanes de Keld, en los bosques de Llanowar. Gente que parecía normal, que comía, reía y rezaba como los demás, hasta que un día dejaba de hacerlo.
"Gix fracasó, pero yo no lo haré".
Volvió a Dominaria con una sola idea: ser la pretora que terminara lo que Yawgmoth empezó.
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En Dominaria, Sheoldred se sentía otra vez como en sus mejores tiempos. Lejos de las catedrales de Norn, lejos de su himno, podía ser lo que siempre había sido: una reina. Los Thanes de Acero que la habían seguido la adoraban. Sus soldados la temían. Y cada reino que caía era un paso más hacia el trono que Elesh Norn le había arrebatado.
—Cuando les entregue este mundo —le dijo a uno de sus comandantes—, no tendrá más remedio que arrodillarse ante mí.
El comandante no respondió. Pero en Nueva Pirexia todo el mundo sabía que Elesh Norn no se arrodillaba ante nadie.
Dominaria se defiende
Esta vez, sin embargo, Dominaria no llegó tarde.
Una coalición de héroes se había puesto en marcha. Teferi, el viejo planeswalker que había vivido siglos de historia. Jaya Ballard, la piromante, tan sarcástica como poderosa. Ajani, el leonino sabio que siempre aparecía cuando alguien necesitaba ayuda. Y Karn, recién salido de su tumba, con la rabia fría de quien sabe exactamente contra qué lucha.
Llevaba siglos quemando cosas. Esta vez quemaba para salvar a todo un mundo.
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Reunieron a los reinos de Dominaria, que se odiaban entre ellos casi tanto como odiaban a Pirexia. Discutieron, negociaron, se gritaron. Y al final lucharon juntos.
Sheoldred no esperaba aquello. Había apostado a que Dominaria seguiría dividida, como siempre. Perdió la apuesta. Sus ejércitos fueron rechazados, sus durmientes descubiertos uno a uno, y la gran ofensiva que debía entregarle el plano a Pirexia se convirtió en una derrota.
La susurrante tuvo que retirarse. No muerta, no destruida, pero sí humillada. Y en Nueva Pirexia, la humillación es una herida que no cierra nunca.
El arma
Karn, mientras tanto, siguió buscando su arma. Había una reliquia antigua, un artefacto capaz de destruir mundos, que Urza había usado en el pasado. Karn creía que con ella podría acabar con Nueva Pirexia de una vez por todas.
Para conseguirla hizo falta un viaje imposible, en el que hasta Teferi tuvo que poner a prueba sus poderes sobre el tiempo. Pero lo lograron. Por primera vez en mucho tiempo, los defensores de Dominaria tenían algo que se parecía a una esperanza.
Duró muy poco.
La traición de Ajani
Fue Ajani quien estaba más cerca cuando todo se torció. El leonino de siempre, el amigo de siempre. Nadie sospechaba de él. ¿Por qué iban a hacerlo?
Pero Ajani llevaba tiempo sin ser Ajani. Los pirexianos lo habían capturado y compleado, y lo habían devuelto a casa como el más peligroso de los durmientes. Cuando llegó la orden, atacó.
Jaya Ballard murió aquel día. La piromante que había sobrevivido a guerras, a siglos y a sus propios excesos cayó a manos del amigo en quien más confiaba.
Era el corazón de la manada. Pirexia le cambió el corazón sin que nadie lo notara.
Y Karn, el gran enemigo de Pirexia, el Padre que nunca quiso serlo, fue capturado.
Lo llevaron a Nueva Pirexia. No como prisionero, ni siquiera como trofeo, sino como material. Allí lo desmontaron pieza a pieza, con la misma frialdad con la que Jin-Gitaxias abría a sus criaturas, y lo dejaron en las raíces del gran árbol que crecía en el corazón del mundo. El cuerpo que Urza había fabricado miles de años atrás quedó esparcido en el suelo como un juguete roto.
Elesh Norn bajó a verlo una sola vez. Miró los fragmentos de plata durante mucho tiempo, sin decir nada.
Luego se dio la vuelta. Tenía otro asunto pendiente: una pretora que había vuelto de Dominaria con las manos vacías.
El guardián del tiempoTeferi: el mago que detuvo el tiempoLa historia del planeswalker que escondió su hogar del mundo y volvió para defender Dominaria cuando más falta hacía.




