Un mundo entero no era suficiente.
Elesh Norn lo supo el día en que su himno sonó por fin en todas las capas de Nueva Pirexia. Había conseguido lo que Yawgmoth nunca logró del todo: un pueblo unido bajo una sola voz. Y, sin embargo, cuando escuchaba aquel coro, oía también el silencio que había más allá. Cientos de planos. Miles de millones de seres que todavía cantaban cada uno su propia canción, desafinada y caótica.
Aquello le parecía insoportable.
El problema de las fronteras
Durante mucho tiempo, Nueva Pirexia estuvo encerrada en sí misma. Sus criaturas no tenían chispa y no podían viajar entre mundos como hacían los planeswalkers. El Multiverso, para ellos, era un mar sin barcos.
Pero los pirexianos llevaban años estudiando aquel problema. Jin-Gitaxias había desmontado todo lo que había caído en sus manos buscando la forma de cruzar. Y, poco a poco, Nueva Pirexia encontró caminos. Puertas pequeñas, inestables, por las que se podía colar un explorador, un espía, un comandante.
Cómo lo consiguieron exactamente es algo que las crónicas no aclaran del todo. Lo que importa es que lo consiguieron. Y que Elesh Norn, en lugar de lanzar un ataque, hizo algo mucho más inteligente.
Mandó a sus pretores fuera.
Una jugada de dos filos
Era una jugada brillante. Al enviar a sus rivales a otros mundos, Norn ganaba información, agentes y recursos. Y al mismo tiempo los alejaba de Nueva Pirexia, de sus tropas y de cualquier tentación de rebelarse. Si triunfaban, el triunfo era de ella. Si fracasaban, el fracaso era solo de ellos.
Los pretores lo sabían. Y aun así obedecieron. En Nueva Pirexia ya no quedaba nadie que pudiera decirle que no a la Madre.
La bestia en el árbol del mundo
El primero en dejarse ver fue Vorinclex. Apareció en Kaldheim, un plano de reinos helados unidos por un enorme árbol cósmico. Allí, entre gigantes, elfos y guerreros que vivían para la batalla, la bestia pirexiana se sintió como en casa.
Una planeswalker llamada Kaya, una asesina de fantasmas que había llegado a Kaldheim por un encargo misterioso, se encontró de pronto cazando a aquella criatura. Lo persiguió por los bosques, por las cuevas y por los caminos entre reinos. Casi lo tuvo. Pero en medio del caos que desató el embaucador Tibalt, Vorinclex se le escapó.
Y no se fue con las manos vacías.
Llegó a Kaldheim como un cazador más. Se marchó con lo único que de verdad había ido a buscar.
Vórinclex, incursor monstruosoVorinclex, Monstrous Raider
Se llevó un pedazo del árbol del mundo. Savia, o algo parecido a una semilla. Algo que tenía la capacidad de unir reinos distintos. Para Vorinclex era un trofeo. Para Elesh Norn era la pieza que le faltaba.
Nadie en Kaldheim entendió lo que acababa de perder.
El cirujano en el país de los espíritus
Mientras tanto, Jin-Gitaxias había llegado a Kamigawa. Era un plano de ciudades de neón y bosques sagrados, donde la tecnología más avanzada convivía con los kami, los espíritus de la naturaleza y de las cosas. Para el pretor azul, aquello era un paraíso: seres hechos de pura magia, listos para ser abiertos y estudiados.
En Kamigawa encontró lo que más le gustaba: algo nuevo que desmontar.
Jin-Gitaxias, tirano del progresoJin-Gitaxias, Progress Tyrant
No estaba solo. Le acompañaba Tezzeret, un artífice sin escrúpulos que había servido a Nicol Bolas y que, tras la caída del dragón, había encontrado un nuevo amo. Juntos experimentaban con los kami en laboratorios ocultos, buscando entender cómo funcionaba la magia que unía los mundos.
Había servido a un dragón. Ahora servía a una máquina. Nunca se había servido a sí mismo tan bien como creía.
Tezzeret, traidor de la carneTezzeret, Betrayer of Flesh
En Kamigawa, Jin-Gitaxias se cruzó con planeswalkers que intentaban averiguar qué estaba pasando. Uno de ellos era Tamiyo, la erudita de la luna, la mujer que guardaba en sus pergaminos las historias de cien mundos. Era sabia, valiente y curiosa. Demasiado curiosa.
Jin-Gitaxias la capturó.
Lo que le hizo no se cuenta con detalle en ninguna crónica, y quizá sea mejor así. Tamiyo entró en su laboratorio como una de las mentes más brillantes del Multiverso. Salió convertida en otra cosa. Compleada. Pirexiana. Con sus pergaminos todavía en las manos, pero escribiendo ya para otra voz.
Guardaba las historias de cien mundos. Pirexia le enseñó a escribir solo una.
Tamiyo, sabia perfeccionadaTamiyo, Compleated Sage
Era la primera planeswalker que caía en manos de Nueva Pirexia. No sería la última.
El hereje
De Urabrask llegaron noticias más confusas. Se le había visto en Nueva Capenna, un plano de rascacielos y familias criminales. Pero lo que hacía allí no parecía encajar con ningún plan de la Madre.
Los rumores decían que el pretor rojo se escondía. Que conspiraba. Que buscaba aliados lejos de Nueva Pirexia, gente que pudiera ayudarle a hacer algo que nadie se había atrevido a intentar: enfrentarse a Elesh Norn. Alguno incluso aseguraba que Tezzeret, el mismo que trabajaba con Jin-Gitaxias, le echaba una mano a escondidas.
Los demás pretores obedecían. Él había empezado a buscar una salida.
Úrabrask, magistrado heréticoUrabrask, Heretic Praetor
Si Norn lo sabía, no dijo nada. Tal vez pensaba que un hereje lejos de casa era menos peligroso que uno dentro. Tal vez simplemente estaba esperando.
Los ojos de Sheoldred
Y quedaba Sheoldred. La susurrante no había pedido permiso para salir. Había mirado el mapa del Multiverso y había elegido el mundo que más odiaba Pirexia: Dominaria. El plano donde Yawgmoth había sido derrotado. El plano de Urza.
Si conquistaba Dominaria, ni siquiera la Madre podría negarle el trono. Sería la pretora que había terminado lo que el viejo dios empezó.
Así que Sheoldred hizo las maletas a su manera: preparó espías, durmientes, ejércitos ocultos. Y desapareció de Nueva Pirexia.
En su trono, Elesh Norn recibió la noticia sin pestañear. Luego bajó la vista hacia un rincón oscuro de su catedral, donde la semilla robada en Kaldheim había empezado a echar raíces de metal.
—Que vaya —dijo—. Que vaya y que nos abra la puerta.
La erudita de la lunaTamiyo: la guardiana de las historiasQuién era Tamiyo antes de cruzarse con Jin-Gitaxias: la viajera que coleccionaba las historias de todos los mundos.




