Saltar al contenido
0

Capítulo 2 de 7 · 5 min de lectura

El padre en la fragua

Karn regresa a su mundo con el aceite despierto en el pecho, y los cinco pretores se disputan al Padre que nunca quiso serlo.

Cuando los pirexianos subieron por fin a la superficie y Mirrodin empezó a caer, en el núcleo se celebró algo parecido a una fiesta. Pero la victoria trajo una noticia que valía más que cualquier ciudad conquistada.

El Padre había vuelto.

Karn, el gólem de plata, el creador de aquel mundo, había regresado a Mirrodin. Y no venía solo con su cuerpo: venía con el aceite dentro. La misma gota que siglos atrás se le había colado en el corazón seguía allí, y ahora, al pisar el mundo donde esa gota había florecido, empezaba a despertar.

Un dios a medio hacer

Para los pirexianos, aquello era una profecía cumplida. El ser que había creado su mundo, el que había llevado la semilla de la fe en su interior, regresaba a casa. Tenía una chispa de planeswalker. Era poderoso, antiguo, casi indestructible. Era, en todos los sentidos, el Padre de las Máquinas que llevaban esperando desde su nacimiento.

Solo había un problema: Karn no quería serlo.

Karn liberado

Lo esperaban como a un dios. Él solo quería arreglar lo que había roto.

Karn liberadoKarn Liberated

El gólem se resistía. Oía las voces del aceite susurrándole al oído, ofreciéndole un trono, prometiéndole que todo aquel dolor tenía sentido. Y cada día le costaba un poco más recordar por qué debía decir que no.

En el núcleo, los cinco pretores entendieron enseguida lo que estaba en juego. Quien controlara a Karn controlaría el trono. Porque nadie iba a discutirle el poder a la facción que tuviera al Padre de su lado.

La fragua de Urabrask

Las crónicas no se ponen de acuerdo sobre lo que pasó después, pero muchas coinciden en un detalle sorprendente: Karn acabó en las profundidades del Horno Silencioso, en el territorio de Urabrask.

Puede que el pretor rojo lo encontrara antes que nadie. Puede que se lo arrebatara a los demás. Lo que se cuenta es que lo mantuvo allí, entre ríos de metal fundido, lejos de las catedrales de Norn y de los laboratorios de Jin-Gitaxias. No lo encerró para coronarlo. Lo encerró para que nadie más pudiera hacerlo.

Es fácil imaginar la escena. El gólem de plata, sentado en una cámara de roca negra, con el resplandor de la lava dibujándole sombras en la cara. Y frente a él, el pretor que nunca hablaba.

—Ellos te quieren en un trono —diría Urabrask al fin, con una voz rasposa, poco acostumbrada a usarse—. Yo no quiero a nadie en ese trono.

—Entonces déjame marchar —respondería Karn.

—Si te marchas, te encontrarán. Si te quedas, por lo menos sé quién te tiene.

No era bondad. Era cálculo. Pero en Nueva Pirexia, aquello era lo más parecido a la bondad que se podía encontrar.

Los que vinieron a buscarlo

Mientras los pretores se disputaban a su Padre, un pequeño grupo de planeswalkers recorría el mundo moribundo buscando lo mismo, aunque por motivos muy distintos.

Uno de ellos era Venser, el artífice dominario, amigo de Karn desde los días del Vientoligero. Otro era Koth, el geomante mirrano que se negaba a abandonar su hogar. Y la tercera era Elspeth Tirel, una soldado que había conocido el horror pirexiano de niña y que, aun así, había vuelto a meterse en él.

Elspeth Tirel

Ya había huido una vez de las máquinas. Esta vez decidió quedarse a luchar.

Elspeth Tirel

Avanzaron por un Mirrodin que se caía a pedazos. Vieron pueblos enteros con manchas de aceite en las paredes, árboles de cobre convertidos en jaulas, vecinos que los saludaban con la misma sonrisa vacía. Koth golpeaba el suelo de metal con rabia y lo hacía hervir bajo los pies del enemigo. Pero por cada pirexiano que caía, dos más subían desde el núcleo.

Koth del Martillo

Cada golpe de su martillo era una promesa: Mirrodin no se rendiría sin pelear.

Koth del MartilloKoth of the Hammer

El precio de un amigo

Lo que pasó cuando encontraron a Karn ya se ha contado muchas veces. El gólem estaba al borde del abismo, con la mente casi tomada por el aceite y los pirexianos cada vez más cerca de convertirlo en su dios.

Venser hizo lo impensable. Le dio su chispa. Toda ella. La energía de un planeswalker entero entró en el cuerpo de Karn como una llamarada y quemó el aceite que lo devoraba. Karn recuperó su mente. Venser perdió la vida.

Venser, el Transeúnte

Fue a Nueva Pirexia a rescatar a un amigo. Pagó el rescate con todo lo que era.

Venser, el TranseúnteVenser, the Sojourner

Para los pretores, aquello fue un desastre. El Padre que tanto habían deseado estaba limpio otra vez, y su voluntad, de nuevo, le pertenecía solo a él. Karn abandonó Nueva Pirexia destrozado por la culpa, con la cabeza llena de agujeros y la memoria hecha jirones. Se fue sin mirar atrás.

Y el trono siguió vacío.

Lo que quedó en el núcleo

Para entonces, la guerra de la superficie había terminado. Los mirranos supervivientes se escondían en túneles. Elspeth había tenido que huir. Koth se quedó con la resistencia, jurando que algún día volvería a ver su mundo libre. Mirrodin había muerto, y en su lugar se levantaba Nueva Pirexia.

Red de micosintético

El metal de Mirrodin dejó de pertenecer a sus hijos. Ahora todo era de la máquina.

Red de micosintéticoMycosynth Lattice

Pero los vencedores no celebraron demasiado. Habían ganado un mundo entero y habían perdido lo único que podía darles un líder indiscutible. Sin Padre, el trono volvía a ser lo que siempre había sido: un premio.

En las catedrales blancas, Elesh Norn rezaba con los ojos cerrados. En los laboratorios, Jin-Gitaxias desmontaba los restos de lo que Venser había dejado atrás, intentando entender cómo una chispa podía pasar de un ser a otro. En su palacio de sombras, Sheoldred contaba a sus Thanes de Acero, calculando cuántos le serían fieles. En el Enjambre, Vorinclex afilaba las garras.

Y en el Horno Silencioso, Urabrask miraba la cámara vacía donde había estado Karn y pensaba que, tal vez, el gólem había tenido suerte. Él, en cambio, seguía atrapado en un mundo donde cinco voces gritaban para convertirse en una.

La guerra contra Mirrodin había terminado. La guerra entre los pretores acababa de empezar.

La soldado de MirrodinElspeth Tirel: la soldado que buscaba un hogarLa historia de la guerrera que sobrevivió a las máquinas de niña y volvió, una y otra vez, a plantarles cara.

Fin del capítulo 2

Siguiente · Capítulo 3Cinco voces, ningún coroCon Mirrodin conquistado, los pretores se vuelven unos contra otros, y Elesh Norn gana la guerra sin librar casi ninguna batalla.Seguir leyendo →

En esta historia: Elesh NornSheoldredJin-GitaxiasVorinclexUrabraskKarnYawgmothElspeth TirelTezzeretTamiyoKayaAjani GoldmaneTeferiJaya BallardJace BelerenVraska