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Capítulo 7 de 7 · 4 min de lectura

Un león de oro

La invasión pirexiana, los dioses de Theros y el largo camino de vuelta a sí mismo.

La invasión empezó con árboles.

Ramas de metal negro, gigantescas, que atravesaron el espacio entre los mundos y se clavaron en decenas de planos a la vez. Por esas ramas bajaron los ejércitos de Nueva Pirexia: a Ravnica, a Theros, a Kaladesh, a Zendikar, a Dominaria. Ningún plano conocido quedó a salvo. Lo llamaban el Árbol Rompemundos, y era la culminación del sueño de Elesh Norn: que todo el Multiverso fuera, por fin, uno.

Ajani estaba en primera línea. Del lado equivocado.

Romperreinos, el Árbol de la Invasión

Un árbol de metal con raíces en todos los mundos.

Romperreinos, el Árbol de la InvasiónRealmbreaker, the Invasion Tree

La ejecución

La primera orden que recibió de Norn no fue contra sus antiguos amigos. Fue contra uno de los suyos.

Sheoldred, la pretora que había dirigido la invasión de Dominaria, había fracasado. Y en Pirexia el fracaso no se perdona, y menos aún la ambición. Norn sospechaba que Sheoldred quería su trono. Así que mandó a su león blanco a resolver el problema.

Ajani lo resolvió. Sin dudar, sin rabia, con la misma calma vacía con la que hacía todo desde que lo habían completado. La gran pretora de la Fe Acerada cayó a sus pies.

Sheoldred, el Apocalipsis

"Gix fracasó, pero yo no lo haré".

La pretora que conquistó medio Dominaria cayó a manos de un león de porcelana.

Sheoldred, el ApocalipsisSheoldred, the Apocalypse

Los dioses de Theros

La siguiente misión fue peor. Norn lo envió a Theros.

Al mundo de Elspeth. Al mundo de Brimaz y de los leoninos que lo habían recibido como a un hermano. Al templo donde, años atrás, él mismo había gritado a los fieles que su dios era un asesino. Norn quería algo que nadie había intentado nunca: completar a los dioses. Convertir a Heliod y a los demás en pirexianos. Imagina un dios del sol hecho de metal y aceite, alimentado por la fe de millones de mortales.

Invasión de Theros

Hasta los dioses de Theros sangraron aceite.

Invasión de TherosInvasion of TherosDesde 0,89 €

Lo consiguió con Heliod. El dios que había matado a Elspeth por miedo terminó convertido en una monstruosidad de oro y metal, al servicio de Pirexia. Hay quien dice que, en algún rincón de lo que quedaba de Ajani, eso le produjo algo parecido a la satisfacción. Pero nadie lo sabrá nunca.

Heliod, el Amanecer Radiante

El dios del sol, antes de que Pirexia lo convirtiera en otra cosa.

Heliod, el Amanecer RadianteHeliod, the Radiant DawnDesde 2,76 €

Fue Kaya, la asesina de fantasmas, quien puso fin a aquello. Llegó a Nyx, encontró al dios corrompido y lo mató. Ajani se lanzó contra ella. Pelearon entre las estrellas de aquel cielo que él ya conocía demasiado bien, y Kaya lo dejó malherido. Ajani regresó a rastras a Nueva Pirexia para defenderla. La invasión empezaba a torcerse para los pirexianos.

Hielo y oro

La resistencia del Multiverso fue más fuerte de lo que Norn había calculado. Planeswalkers y ejércitos de todos los mundos lucharon juntos, y el golpe final llegó desde dentro de la propia Nueva Pirexia. Elesh Norn cayó. Los árboles de metal se secaron. Y en todos los planos, las criaturas completadas quedaron de pronto sin la voz que las dirigía.

Ajani fue capturado vivo. Lo congelaron para que no pudiera hacer daño a nadie y se lo llevaron a Zhalfir, el reino de Teferi en Dominaria, que acababa de regresar al mundo tras siglos perdido en el tiempo.

Allí lo esperaban tres personas que tenían todos los motivos del mundo para odiarlo. Teferi, a quien había traicionado en la plataforma de maná. Karn, al que había mandado desmontar pieza a pieza. Y Melira, una sanadora nacida en Mirrodin, inmune al aceite pirexiano, que había dedicado su vida a buscar una cura.

No lo odiaron. Lo curaron.

Teferi Akosa de Zhalfir

Ajani lo había traicionado. Teferi lo trajo de vuelta.

Teferi Akosa de ZhalfirTeferi Akosa of Zhalfir

Fue un proceso largo y doloroso. Purificaron su cuerpo, arrancaron la voluntad de Pirexia de su interior. El metal que llevaba injertado no pudieron quitárselo todo: lo transformaron. Lo que había sido porcelana y aceite se convirtió en oro. Cuando Ajani abrió por fin el ojo, lo primero que vio fue un reflejo de sí mismo en una placa pulida.

Las placas que le cubrían el cuerpo ya no eran blancas. Eran de oro, del color de la melena de Jazal.

Lo que queda

Ajani lo recordaba todo. Ese fue el peor castigo. Recordaba a Jaya cayendo. Recordaba la cara de Teferi. Recordaba a Karn sobre la mesa de trabajo, y la capa de Elspeth en las manos de Tezzeret, y la ejecución de Sheoldred, y el dios del sol convertido en máquina. Recordaba cada cosa que había hecho con una claridad perfecta, como si la hubiera vivido otro con sus mismas manos.

Mucha gente perdió la chispa en aquella guerra. Él no. Seguía siendo planeswalker, uno de los pocos completados que lo conservaban. Y decidió usarla para lo único que le parecía justo: buscar a los demás. A los otros planeswalkers que Pirexia había convertido, para ayudarlos como lo habían ayudado a él.

Solo encontró a una. Nahiri, la litomante de Zendikar, que también había sido completada y había vuelto a sí misma. Ajani le propuso trabajar juntos, reparar lo que Pirexia había roto. Nahiri le respondió atacándolo. Y antes de terminar aquella pelea, hizo algo que Ajani no esperaba: destruyó su propia chispa. Prefirió perderla a seguir cargando con ella.

Nahiri, forjada en la furia

Ajani buscó compañía en la culpa. Nahiri prefirió cargar con la suya sola.

Nahiri, forjada en la furiaNahiri, Forged in Fury

Ajani se quedó solo en las ruinas, con su hacha y sus placas de oro. Pensó en Qasal, en el cachorro blanco al que nadie miraba, en el hermano que se ponía de pie a su lado para que dejaran de volar las piedras. Jazal nunca le había pedido que fuera perfecto. Solo que no se rindiera.

Así que no se rindió. Volvió a Kaladesh a ver a Chandra, que necesitaba un amigo más que nunca. Volvió a los caminos entre planos. Volvió, poco a poco, a ser lo que siempre había sido debajo de todo: el que mira dentro de los demás y ve lo que hay que curar.

Esta vez empezando por sí mismo.

El enemigo de siempreUgin y Nicol Bolas: dos dragones, un mismo huevoEl dragón que Ajani expulsó de Alara tenía un hermano gemelo. Descubre de dónde salió Nicol Bolas y por qué nunca dejó de querer más.

Fin de «Ajani: el corazón de la manada»

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En esta historia: Ajani GoldmaneNicol BolasSarkhan VolElspeth TirelTezzeretChandra NalaarGideon JuraTeferiKarnJaya BallardElesh NornSheoldredKayaNahiri