Después de Ravnica, el Multiverso tenía un enemigo nuevo. O, mejor dicho, uno muy antiguo que volvía.
Pirexia.
Durante siglos había sido una pesadilla de la que solo hablaban los libros de historia de Dominaria: un mundo de carne y metal, creado por un dios loco llamado Yawgmoth, que quería convertir a todas las criaturas vivas en máquinas obedientes. Los pirexianos lo llamaban «compleción». A sus víctimas les quitaban la carne, les injertaban metal y aceite negro, y les arrancaban la voluntad. Lo que salía de ahí ya no era la persona que había entrado.
Los pirexianos habían sobrevivido en Mirrodin, el plano de metal del que Elspeth había huido años atrás. Lo habían devorado y renombrado: Nueva Pirexia. Y ahora, bajo el mando de Elesh Norn, miraban hacia fuera.
La cumbre de Benalia
La primera señal llegó en Dominaria. Pirexia había empezado a infiltrarse con agentes durmientes: personas sustituidas por copias, o completadas en secreto y devueltas a su vida como si nada, esperando una orden para despertar.
Ajani estaba allí cuando se organizó una cumbre entre los keldon, un pueblo guerrero del norte, y los caballeros de Benalia. Una alianza para la guerra que todos veían venir. Ajani, con su don para ver dentro de los demás, era el mejor detector de traidores que tenía la coalición. Notó algo raro entre los caballeros benalitas. Una mentira. Un vacío donde debía haber un alma. Y fue tras ella.
No volvió.
O, mejor dicho, volvió. Días después, el león blanco apareció de nuevo entre sus aliados, cansado, con alguna herida, diciendo que había perdido el rastro. Nadie sospechó nada. ¿Quién iba a sospechar de Ajani? Era el que miraba dentro de los demás. Nadie había pensado nunca en mirar dentro de él.
El mejor detector de traidores de la coalición se había convertido en uno.
La plataforma de maná
La coalición tenía un plan desesperado. Karn, el gólem de plata, había fabricado un sílex: un artefacto basado en el arma que, miles de años antes, había arrasado medio Dominaria al final de la guerra de los hermanos. Si los pirexianos invadían, el sílex podía ser la última defensa.
Lo guardaban en una gigantesca plataforma de maná, una construcción enorme llena de energía. Allí estaban Karn, Jaya Ballard, la vieja piromante, Teferi y muchos otros cuando la guerra estalló de verdad y Sheoldred, la pretora pirexiana, lanzó su ataque contra Dominaria.
Y allí despertó el agente durmiente.
La última defensa de Dominaria. Ajani sabía dónde estaba.
Sylex de KarnKarn's Sylex
Ajani se movió como solo se mueve alguien a quien nadie vigila. Cuando sus compañeros se dieron cuenta de lo que pasaba, ya era tarde. Jaya, que había sobrevivido a siglos de guerras, murió a manos de aquel a quien llamaba amigo. Ajani destruyó el sílex y ayudó a los pirexianos a llevarse a Karn como prisionero.
Sobrevivió a casi todo. No sobrevivió a la traición de un amigo.
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Teferi lo miró a los ojos. Durante un segundo, buscó al amigo que lo había acompañado en tantas batallas. No lo encontró. Donde antes había un león cálido y testarudo, había algo que sonreía con una calma perfecta y vacía.
—Todo será uno —dijo Ajani.
Era la frase que repetían todos los pirexianos.
Los peores días
Lo que siguió fueron los peores días de su vida, aunque él no lo sabía. Ajani se enfrentó a Teferi en el corazón del Vientoligero, la nave que él mismo había ayudado a preparar para la guerra, cuando el mago intentaba usar el poder de otro sílex, el de Urza, para darle la vuelta a la guerra. Teferi lo venció y lo lanzó por un acantilado.
No bastó para acabar con él. Los pirexianos se lo llevaron de vuelta a Nueva Pirexia y lo terminaron de transformar. Le arrancaron la piel blanca, aquella que lo había marcado desde que nació, y se la sustituyeron por placas de porcelana del mismo color. Se unió a la Ortodoxia de la Máquina, la facción de Elesh Norn, la más fanática de todas.
La Madre de las Máquinas quería un Multiverso perfecto. Y Ajani le servía.
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Allí, en las profundidades de Nueva Pirexia, ocurrieron dos cosas que el Ajani de verdad nunca se habría perdonado. Presidió el desmontaje de Karn, pieza a pieza, el viejo gólem que había sido amigo de tantos. Y le entregó a Tezzeret, el hombre al que había perseguido por medio Multiverso, la capa de Elspeth. La que había llevado sobre los hombros desde Theros.
La regaló como quien regala un trapo.
Frente a Elspeth
Elspeth estaba viva. El Inframundo de Theros no había podido retenerla, y había vuelto al mundo de los vivos con más ganas que nunca de enfrentarse a la pesadilla de su infancia. Cuando la Pirexia de Norn empezó a amenazar a todos los planos, se unió a un pequeño grupo de planeswalkers que se infiltró en Nueva Pirexia para destruirla desde dentro.
Y allí, en algún pasillo de aquel mundo de metal, se encontró con Ajani.
Elspeth había vuelto de la muerte. Lo que encontró en Nueva Pirexia fue casi peor.
Él la reconoció. Y le habló con una dulzura horrible, la misma voz de siempre diciendo cosas que nunca habría dicho. Le ofreció un sitio. Le dijo que allí no habría más dolor, ni más huidas, ni más búsquedas de un hogar. Que en Pirexia todos estaban en casa.
Elspeth dijo que no.
Ajani atacó. Ella se defendió como pudo, con lágrimas en los ojos, sin querer usar el filo contra su amigo. Al final lo golpeó con la empuñadura de la espada y el león cayó al suelo, inconsciente.
Elspeth podría haberlo matado. No lo hizo. Se arrodilló un instante a su lado, igual que él se había arrodillado junto a ella en Nyx, y le susurró algo que nadie oyó. Después se marchó, porque la invasión estaba a punto de empezar y el Multiverso entero necesitaba su espada.
La guerra contra PirexiaLa invasión pirexiana: de Urza a Elesh NornDe dónde sale Pirexia, cómo llegó a Nueva Pirexia y qué pasó cuando Elesh Norn decidió invadirlo todo.




