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Capítulo 4 de 7 · 5 min de lectura

La espiral del tiempo

Dominaria se rompe en grietas temporales. Para cerrar una de ellas, Teferi tendrá que entregar lo que lo hace inmortal.

Pasaron casi tres siglos.

Para un planeswalker de aquella época, tres siglos no eran tanto. Teferi viajó, estudió, volvió a Dominaria de vez en cuando para mirar el hueco donde había estado su casa, y se marchó otra vez con la misma promesa sin cumplir. Siempre había una buena razón para esperar un poco más. Siempre faltaba un cálculo.

Hasta que Jhoira lo encontró y le dijo que ya no quedaba tiempo. Literalmente.

Un mundo hecho jirones

Dominaria se estaba rompiendo.

Siglos de catástrofes habían dejado cicatrices en la realidad: la Guerra de los Hermanos, la invasión pirexiana, el hechizo de fase de Teferi y muchas otras. Esas cicatrices se habían abierto. Por todo el plano había grietas temporales, desgarros donde el pasado y el futuro se mezclaban con el presente. En algunos lugares aparecían criaturas de épocas que ya no existían. En otros, el tiempo se había detenido, o corría hacia atrás, o simplemente no estaba.

Y el maná, la energía de la tierra que alimenta toda la magia, casi había desaparecido. Los magos de Dominaria apenas podían lanzar un hechizo. Los bosques se morían. Los volcanes se apagaban.

Espiral del tiempo

El tiempo de Dominaria daba vueltas sobre sí mismo, cada vez más rápido.

Espiral del tiempoTime Spiral

Teferi recorrió el plano con Jhoira y sintió algo muy parecido al miedo. Él, que había estado dentro de una burbuja de tiempo, sabía reconocer una herida en el río. Y aquello no era una herida: era una hemorragia.

Lo peor llegó cuando entendió lo que significaba de verdad. Las grietas no eran solo un problema de Dominaria. Si se abrían del todo, rasgarían el tejido del Multiverso entero. Todos los planos. Todos los mundos.

Los que acudieron

No estaban solos. Otros habían notado también la enfermedad del mundo.

Estaba Karn, que había heredado del final de la guerra algo de la chispa de Urza y que ahora caminaba entre planos con su paso lento de gólem. Estaba Venser, un joven artífice de Urborg, nervioso, desconfiado y con un talento para el teletransporte que ni él mismo entendía todavía. Estaban Freyalise, la vieja protectora de los bosques de Llanowar, y Lord Windgrace, guardián de las ciénagas de Urborg. Y estaban otros cuyas intenciones nadie conocía del todo.

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"¡Vete al vacío!".

Un chaval de Urborg que no sabía todavía lo grande que era su chispa.

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Jhoira los miraba a todos con la misma expresión con la que miraba una máquina averiada: buscando la pieza rota.

—Cada grieta necesita alguien que la cierre —dijo—. Y cerrarlas cuesta. No sabemos cuánto.

—Lo sabemos —respondió Teferi en voz baja—. Cuesta todo.

El dragón en la grieta

En aquel desorden apareció también un viejo conocido de todo el Multiverso: Nicol Bolas.

El dragón llevaba milenios usando el mundo como tablero, y la crisis de Dominaria le había atrapado. Como planeswalker de los antiguos, poderoso casi sin límites, sabía que, si las grietas se cerraban, el Multiverso cambiaría. Y no le gustaba la idea de cambiar.

Teferi se enfrentó a él. No fue una batalla de ejércitos, sino de voluntades: dos de los planeswalkers más antiguos de Dominaria midiéndose en un paisaje donde el tiempo ya no obedecía a nadie. Teferi no ganó. Pero tampoco perdió, y en aquel tiempo, sobrevivir a Bolas ya era una victoria.

Nicol Bolas, planeswalker

El dragón que todos temían, atrapado en la misma tormenta que el resto.

Nicol Bolas, planeswalkerNicol Bolas, Planeswalker

La grieta de Shiv

Una de las grietas más grandes estaba sobre Shiv. Justo donde Teferi había sacado del tiempo una franja de tierra durante la invasión. Era, en parte, obra suya.

Teferi la miró durante mucho tiempo. Sabía lo que tenía que hacer. También sabía lo que le iba a costar.

Para sellar una grieta así no bastaba con un hechizo. Había que dar algo de uno mismo que fuera tan grande como el agujero. Y lo único que Teferi tenía de ese tamaño era su chispa: la llama que lo hacía inmortal, que le permitía caminar entre mundos, que era él.

—Si lo haces, no podrás traer a Zhalfir de vuelta —le dijo Jhoira. No era una pregunta.

—Si no lo hago, no habrá un mundo al que traerla.

Jhoira asintió. Le puso una mano en el hombro, como cuando eran niños en Tolaria y él estaba a punto de hacer una tontería. Solo que esta vez no le pidió que parase.

Teferi entregó la chispa.

Fue como si le arrancaran el corazón y se lo dejaran latiendo fuera. La grieta de Shiv se cerró con un estruendo de cristal, y la tierra que él había sacado del tiempo volvió a su sitio, como si nunca se hubiera ido. Teferi cayó al suelo, mortal, pequeño, temblando. Por primera vez en siglos sintió frío.

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El último momento del Teferi inmortal. Lo que vino después fue la vida de un hombre.

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La Reparación

Las demás grietas también se cerraron, una tras otra, y cada una cobró su precio. Hubo planeswalkers que lo pagaron con la vida. Freyalise y Windgrace, guardianes durante siglos de sus tierras, dieron lo que tenían para cerrar las suyas. Karn cargó con más de lo que contó nunca.

Freyalise, furia de Llanowar

La guardiana de los bosques también pagó por cerrar las heridas del mundo.

Freyalise, furia de LlanowarFreyalise, Llanowar's Fury

Y la grieta sobre Zhalfir se cerró de la peor forma posible. Una planeswalker llamada Jeska, manipulada por otro caminante sin escrúpulos, Leshrac, la selló a la fuerza, usando a una joven guerrera llamada Radha como canal. La grieta desapareció. Pero lo hizo sin respetar el hechizo de fase de Teferi.

Zhalfir quedó fuera. Atrapada en algún lugar entre el tiempo y la nada, sin una puerta por la que volver.

Cuando la última grieta se cerró, algo cambió en todo el Multiverso. Los eruditos lo llamarían la Reparación. Los planeswalkers dejaron de ser casi dioses: a partir de entonces, su chispa sería más pequeña, más humana. Envejecerían. Enfermarían. Morirían.

Para Teferi daba igual. Él ya no tenía chispa.

Se quedó en una colina, mirando hacia el sur, hacia el mar de Jamuraa, donde un día había estado su casa.

—Si fuera planeswalker otra vez —murmuró—, quizá podría sacarlos.

Pero no lo era. Y por primera vez en su larga vida, Teferi tuvo que aprender a vivir como todo el mundo: un día detrás de otro, sin poder pararlos.

El dragón en la tormentaUgin y Nicol Bolas: dos dragones, un mismo huevoBolas sobrevivió a la Reparación, pero perdió algo que no perdonaría nunca. Descubre cómo empezó todo entre él y su hermano.

Fin del capítulo 4

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En esta historia: TeferiUrzaKarnJaya BallardNicol BolasFreyaliseLiliana VessGideon JuraJace BelerenKayaElesh NornAjani Goldmane