Los pirexianos se llevaron a Karn.
El gólem de plata, el amigo de Tolaria, el que había estado en el centro del golpe que derrotó a Pirexia la primera vez, desapareció en las garras del enemigo. Y con él desapareció lo más parecido a un estratega que les quedaba a los planeswalkers.
Así que Teferi ocupó su sitio.
El viaje imposible
Reunió a los que pudo. Kaya, la asesina de fantasmas, capaz de atravesar paredes y almas. Elspeth Tirel, la soldado que había conocido Pirexia en carne propia. Chandra Nalaar, Jace Beleren, Vivien Reid, Saheeli Rai. Y una dríade extraña llamada Wrenn, que hablaba con los árboles como quien habla con viejos amigos.
Elesh Norn preparaba una invasión de todo el Multiverso. Para detenerla, necesitaban un arma. Y la única arma que había derrotado alguna vez a Pirexia en Dominaria estaba en el pasado: el Sylex, el artefacto que Urza usó para terminar la Guerra de los Hermanos con una explosión que congeló el mundo.
—Nadie sabe cómo funcionaba de verdad —dijo Teferi—. Así que voy a ir a mirarlo.
Saheeli, una artífice de Kaladesh con manos de joyera, le ayudó a construir un aparato en la vieja torre de Urza. Un amplificador para su magia del tiempo. Como fuente de energía usaron la piedra de poder del Vientoligero, el corazón del barco.
Siglos aprendiendo a viajar por el tiempo, para un solo viaje que importaba de verdad.
Teferi, peregrino temporalTeferi, Temporal Pilgrim
El primer salto falló. Teferi apareció demasiado pronto, en una época en que los dos hermanos ni siquiera se habían convertido en enemigos. El segundo, peor: aún más atrás. El tercero lo dejó en medio de una campaña de la guerra, con ejércitos de máquinas a su alrededor.
Al cuarto intento, llegó.
La última batalla
Argoth. El bosque sagrado. El último día de la Guerra de los Hermanos.
Teferi no podía quedarse allí con su cuerpo; el viaje era demasiado violento. Así que usó un artefacto que llamaban el Ancla Temporal y la magia de Kaya, capaz de separar el alma del cuerpo, para enviar solo su espíritu. Un fantasma asomado al momento más terrible de la historia de Dominaria.
Vio a Urza. Vio a Mishra, o lo que quedaba de él. Vio el Sylex.
El ancla que mantenía a Teferi unido a su tiempo. Iba a romperse.
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Y entendió algo que nadie había entendido en cuatro mil años: el Sylex no se activaba solo. No era un hechizo ni una máquina que alguien pusiera en marcha desde lejos. Lo activaba una persona. Alguien tenía que estar allí, con las manos sobre él, dispuesto a pagar el precio.
Quiso volver para contarlo. La piedra de poder del Vientoligero se sobrecargó. El Ancla se dañó. Y Teferi perdió el conocimiento dentro del río del tiempo, sin saber si volvería a salir.
Una playa conocida
Despertó con arena en la boca.
Una playa. Un mar tranquilo. Un sol que le resultaba familiar de una manera que dolía. Se levantó despacio, con las rodillas protestando, y caminó hasta el primer pueblo.
La gente hablaba con un acento que no oía desde hacía siglos. Vestía como se vestía en su juventud. Y cuando preguntó dónde estaba, lo miraron como se mira a un loco.
—En Zhalfir, abuelo. ¿Dónde vas a estar?
Teferi tuvo que sentarse.
Estaba dentro de su propio hechizo. El país que había sacado del tiempo durante la primera invasión. Y allí dentro, el tiempo había corrido de otra forma: mientras en Dominaria pasaban unos trescientos sesenta años, en Zhalfir apenas habían pasado diez. Para aquella gente, la invasión pirexiana era un recuerdo reciente. Y Teferi, el gran mago que los había salvado, era un viejo al que nadie reconocía.
Intentó marcharse. No pudo. Zhalfir se había convertido en un pequeño mundo aparte, un bolsillo del Multiverso del que su chispa no sabía salir.
Así que hizo lo que había aprendido a hacer en sus años mortales: quedarse y ser útil. Trabajó como mago de gremio. Volvió a ver a la corte de Zhalfir. Y esperó.
La dríade y el árbol
Quien lo encontró fue Wrenn.
La invasión de Elesh Norn había empezado. Un árbol de metal, Realmbreaker, había clavado sus raíces en todos los mundos a la vez. Pero Wrenn se había unido al propio árbol, lo había convertido en aliado y le había puesto un nombre cariñoso: Ocho. A través de sus raíces, buscó a Teferi por todo el Multiverso. Lo encontró en Zhalfir.
Una dríade y el árbol del enemigo, convertidos en el puente hacia la victoria.
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Zhalfir tenía algo que el Multiverso necesitaba desesperadamente: un ejército entero, intacto, que no había luchado la primera invasión. El ejército que Urza le había reclamado a gritos trescientos sesenta años atrás.
Pero no había forma de llevarlo a Nueva Pirexia: el paso era demasiado estrecho. Así que Wrenn y Ocho hicieron algo que nadie había intentado nunca. Empujaron Nueva Pirexia hacia el nudo de magia que mantenía a Zhalfir fuera del tiempo, hasta que los dos mundos se tocaron.
Y el ejército de Zhalfir desembarcó en el corazón de Pirexia, con Teferi al frente.
La madre de las máquinas no esperaba un ejército que llevaba siglos escondido.
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Fue la carga que nadie esperaba. Los pretores que quedaban en pie, Vorinclex, Jin-Gitaxias y la propia Elesh Norn, cayeron en aquella batalla. Cuando todo terminó y los supervivientes se pusieron a salvo, Nueva Pirexia ocupó el lugar de Zhalfir en el nudo y desapareció del Multiverso. Zhalfir, por fin, volvió.
Después
Wrenn no sobrevivió. De sus cenizas, Teferi recogió una bellota y la plantó en una colina de Zhalfir, como quien guarda una promesa.
Luego ayudó a Karn, rescatado, y a una sanadora de Mirrodin llamada Melira a curar a los planeswalkers que Pirexia había convertido. Uno de ellos era Ajani, el leonino de corazón noble, que volvía a ser él mismo después de haber sido un monstruo.
Teferi ayudó a devolverle su alma. Ajani nunca lo olvidó.
Tras la guerra, como tantos otros caminantes, Teferi notó que su chispa se apagaba. Esta vez no se lamentó. Había vivido como dios y como mortal, y había descubierto que lo segundo le gustaba más.
Fue al funeral de Gideon en Theros. Y después volvió a casa de Niambi, en Femeref, donde una tarde recibió a Karn y a Ajani para pensar cómo ayudar a los refugiados de Mirrodin.
Mientras su hija servía el té, Teferi miró a sus dos amigos y sonrió. Había detenido el tiempo, lo había roto, lo había reparado y lo había atravesado. Y al final, lo único que quería de él era esto: una tarde más.
El amigo que volvióAjani: el corazón de la manadaPirexia convirtió a Ajani en un arma contra sus propios amigos. Conoce al leonino que encontró el camino de vuelta. La guerra completaLa invasión pirexiana: de Urza a Elesh NornDe la Guerra de los Hermanos a la Marcha de las Máquinas: la historia completa de cómo Pirexia estuvo a punto de devorar el Multiverso.




