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Capítulo 5 de 7 · 5 min de lectura

Un abuelo sin chispa

Sesenta años de vida mortal, una hija sanadora y un barco volador que aparece en el horizonte con una vieja amiga a bordo.

El hombre que había detenido el tiempo aprendió a hacer pan.

No era muy bueno. Se le quemaba por abajo y le quedaba crudo por arriba, y Subira se reía de él cada mañana sin ninguna compasión. Subira guiaba caravanas por los caminos del desierto de Jamuraa, tenía las manos duras, la voz fuerte y ningún respeto por los grandes magos. A Teferi le gustó desde el primer día precisamente por eso.

Se casaron. Tuvieron una hija. La llamaron Niambi.

Una vida corta

Fueron años extraños para alguien que había vivido siglos. Teferi descubrió que los días mortales eran muy pequeños y estaban muy llenos. Una fiebre de la niña, una noche sin dormir. Una lluvia que no llegaba. Una cosecha que sí. Cosas que un planeswalker inmortal nunca había tenido que mirar de cerca, porque sabía que al día siguiente seguiría habiendo días.

Subira no estaba hecha para quedarse quieta. Cuando Niambi todavía era pequeña, volvió a las caravanas, a los caminos que eran su vida. No hubo grandes peleas, solo dos personas que se querían y que no sabían vivir de la misma manera. Años más tarde, Subira murió de vieja, lejos, en algún lugar del desierto. Teferi lloró por ella más de lo que nadie habría esperado de un hombre tan antiguo.

Teferi, el Tuercetiempo

Ya no detenía el tiempo. Solo intentaba que le cundiera.

Teferi, el TuercetiempoTeferi, Timebender

Niambi creció en Femeref, una tierra de Jamuraa con templos blancos y fe antigua. Se hizo sanadora, y más tarde Portavoz: una de esas personas que recitan los ritos de los muertos y acompañan a los que se quedan. Era paciente, firme y un poco seria. Exactamente lo contrario que su padre a su edad.

—¿De verdad llenaste de ranas el despacho de tu maestro? —le preguntaba de pequeña.

—Eran ranas muy educadas.

Ella se reía. Y él pensaba que, de todo lo que había hecho en su vida, quizá aquello era lo único que había salido bien del todo.

Niambi, sanadora leal

"Mi padre se alegrará de verte".

La hija de Teferi: sanadora, portavoz de los muertos y el ancla de su padre.

Niambi, sanadora lealNiambi, Faithful Healer

Visitas del pasado

Pasaron unos sesenta años. Teferi tenía el pelo blanco, las rodillas doloridas y nietos que le tiraban de la barba. Se había convertido, sin darse cuenta, en un anciano.

Y entonces, un día, un barco volador apareció sobre el horizonte de Femeref.

Era el Vientoligero. O una nueva versión de él, reconstruida pieza a pieza por una mujer ghitu que tampoco había envejecido como el resto: Jhoira. A bordo venían caras viejas y nuevas. Karn, el gólem de plata, más callado que nunca. Una piromante con mucho carácter, Jaya Ballard, que se conocía Dominaria mejor que nadie. Y unos planeswalkers jóvenes que se hacían llamar la Gatewatch: Gideon Jura, con su escudo de luz, y Liliana Vess, una nigromante dominariana que había vuelto a casa para saldar una deuda con un demonio.

Jhoira, capitana del Vientoligero

As she took the wheel of the Weatherlight for the first time in a millennium, Jhoira knew she'd been right to restore the ship. Anything was possible now.

Siglos después de Tolaria, seguía viniendo a buscarle cuando todo se torcía.

Jhoira, capitana del VientoligeroJhoira, Weatherlight Captain

Jhoira bajó del barco y se quedó mirándolo.

—Estás viejo —dijo.

—Tú no. Es de mala educación.

Se abrazaron como dos críos de Tolaria.

El orbe del desierto

Jhoira no había venido solo de visita. Necesitaba ayuda contra la Cábala, una secta de nigromantes que gobernaba a medio Dominaria en nombre del demonio Belzenlok. Y Teferi, aunque ya no era planeswalker, seguía teniendo algo que valía más que cualquier ejército: sabía cosas que nadie más sabía.

Urza había dejado, repartidos por el mundo, artefactos y acertijos que solo sus alumnos podían descifrar. Uno de ellos era un orbe antiguo escondido en el desierto de Tivan. Teferi fue a buscarlo con su hija. Niambi, que llevaba toda la vida escuchando las historias de su padre, resultó ser mejor que él resolviendo los rompecabezas del viejo artífice.

—Pensaba como Urza —dijo Teferi, un poco ofendido.

—No. Pensaba como alguien que tenía que convencer a Urza de algo —respondió ella—. Es distinto.

La tripulación del Vientoligero les ayudó a recuperarlo. Y con el orbe en las manos, y con todo lo que había removido buscándolo, Teferi volvió a hacerse la pregunta de siempre, la que le despertaba de madrugada desde hacía siglos: ¿se podía traer Zhalfir de vuelta?

Vientoligero

Otra tripulación, otra guerra. El mismo barco que siempre llegaba a tiempo.

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El amuleto de Jhoira

La respuesta no le gustó. Zhalfir seguía ahí, en algún lugar fuera del tiempo, pero atada a un nudo de magia que él no podía deshacer siendo un simple mortal. Si quería devolverla al mundo, necesitaba ser planeswalker. Y eso era imposible.

O eso creía.

Jhoira se quitó del cuello un amuleto que llevaba desde hacía siglos. Una piedra de poder, de esas que fabricaban los antiguos thran. Teferi la había visto mil veces sin preguntar nunca qué era.

—Cuando cerraste la grieta de Shiv —le dijo ella—, no todo lo que diste se perdió. Una parte la guardé aquí. Por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Por si algún día volvías a ser lo bastante tonto como para salvar el mundo.

Teferi tomó la piedra. Y sintió, después de sesenta años, el calor de la chispa volviendo a su pecho. Más pequeña que antes. Mortal, como la de todos los planeswalkers después de la Reparación. Pero suya.

Teferi, héroe de Dominaria

Un anciano con la chispa recién recuperada. El Multiverso aún no sabía lo que eso significaba.

Teferi, héroe de DominariaTeferi, Hero of Dominaria

Una decisión difícil

Con la chispa de vuelta, podría haberse marchado a buscar Zhalfir en ese mismo instante. No lo hizo.

Porque en el Vientoligero había oído hablar de algo peor que la Cábala. Gideon le contó, con esa sinceridad suya que desarmaba a cualquiera, que detrás de muchas de las desgracias del Multiverso había un dragón: Nicol Bolas. El mismo que Teferi había conocido en el caos de las grietas. Más viejo, más paciente, más peligroso.

—Tu casa ha esperado siglos —le dijo Niambi, la noche antes de que se marchara—. Puede esperar un poco más. El resto del Multiverso, quizá no.

Teferi la miró y pensó que su hija tenía la sabiduría de Barrin, la terquedad de Subira y, por suerte, nada de la impaciencia de Urza.

Cuando el Vientoligero levantó el vuelo, Teferi iba a bordo. Había decidido unirse a la Gatewatch. Era el planeswalker más viejo de todos y, por primera vez en mucho tiempo, no pensaba esconderse de nada.

La compañera de viajeLiliana Vess: el precio de la eternidadEn el Vientoligero viajaba una nigromante con un contrato demoníaco a punto de vencer. Esta es su historia.

Fin del capítulo 5

Siguiente · Capítulo 6Ganar tiempoEn la Guerra de la Chispa, Teferi frena a un ejército de muertos. En Dominaria, se convierte en el general que Urza siempre quiso que fuera.Seguir leyendo →

En esta historia: TeferiUrzaKarnJaya BallardNicol BolasFreyaliseLiliana VessGideon JuraJace BelerenKayaElesh NornAjani Goldmane