Emrakul no llegó. Apareció.
Una noche el cielo de Innistrad estaba vacío, y a la mañana siguiente había algo en él. Algo tan grande que la mente se negaba a verlo entero: tentáculos que se perdían entre las nubes, una forma que no era del todo cuerpo ni del todo sombra, una presencia que hacía que los perros aullaran y los niños lloraran sin saber por qué. Era el último de los tres titanes eldrazi, la más extraña de todos, y los monolitos de Nahiri la habían arrastrado hasta allí desde el vacío entre los mundos.
A su paso, Innistrad empezó a cambiar. No a morir: a cambiar. Los cuerpos se retorcían, se fundían unos con otros, brotaban ojos donde no debía haberlos. Aldeas enteras se convertían en una masa de carne que seguía moviéndose y susurrando. Y en lo alto, la luna, la vieja luna plateada que Tamiyo había estudiado durante años, colgaba en silencio sobre todo aquello, como si mirara.
Un enigma tan desconcertante como la vida misma.
La última titán eldrazi, llamada a Innistrad por la venganza de una kor. Nadie sabía cómo pararla.
Emrakul, el Final PrometidoEmrakul, the Promised End
La guardiana del pergamino
La Guardia había llegado al plano. Así se hacían llamar: un grupo de planeswalkers que se había jurado proteger el Multiverso después de lo ocurrido en Zendikar. Jace estaba con ellos, y también Gideon Jura, un soldado de voz grave que parecía capaz de parar una avalancha con el pecho; Chandra Nalaar, una piromante de pelo encendido y paciencia escasa; y Nissa Revane, una elfa de Zendikar que hablaba con la tierra como quien habla con una hermana.
Habían derrotado a los otros dos titanes en Zendikar. Pero Nissa, que sentía a los eldrazi de una forma que los demás no entendían, intuía que con Emrakul aquel camino no iba a servir.
Tamiyo se unió a ellos sin que nadie tuviera que pedírselo. Jace la buscó con la mirada cuando llegó, y ella asintió. No hacían falta más palabras.
La investigadora de campo, ahora en primera línea, con sus pergaminos convertidos en munición.
Tamiyo, exploradora de campoTamiyo, Field Researcher
La batalla de Thraben
Lo que siguió fue un caos. Thraben, la ciudad santa de Innistrad, se convirtió en el último refugio de los humanos y en el escenario de la peor batalla de su historia. Por el cielo bajaba una criatura monstruosa: dos arcángeles fundidos en uno por la locura de Emrakul, un ser enorme y retorcido que había sido protector y ahora solo era hambre.
Ahora solo ve las visiones de Emrakul.
Uno de los dos arcángeles que la locura fundió en un único monstruo sobre Thraben.
Bruna, la Luz MortecinaBruna, the Fading Light
La Guardia luchó como pudo. Gideon sostenía la línea, Chandra quemaba todo lo que se acercaba y Jace coordinaba a todos desde dentro de sus cabezas. Y entonces apareció una figura que nadie esperaba: Liliana Vess, la nigromante, con un ejército de muertos que salían de los cementerios de Thraben como una marea gris. No había venido por bondad. Tenía sus propias cuentas pendientes en Innistrad. Pero sus zombis frenaron lo que nadie más habría podido frenar, y Tamiyo, mientras escribía a toda velocidad un escudo para un grupo de refugiados, tomó nota mental: a veces las historias no tienen héroes limpios.
La nigromante que apareció cuando nadie la llamaba, con un ejército de muertos a sus espaldas.
Liliana, la Última EsperanzaLiliana, the Last Hope
La plata y la luna
Mientras los demás luchaban, Tamiyo pensaba. Y por fin, el pergamino con la nota «Volver a esto» le dio su respuesta.
Emrakul no podía matarse; quizá ni siquiera debía intentarse. Pero se podía encerrar. Innistrad tenía experiencia en encerrar cosas terribles: durante siglos, el Helvault había retenido a los peores demonios del plano. ¿Y de qué estaba hecho el Helvault? De plata. De una plata purísima, la misma que brillaba en la luna. Tamiyo lo vio entonces con total claridad, como se ve el final de una historia cuando por fin encajan todas las piezas: el Helvault había salido de la luna. La luna de Innistrad era, en el fondo, una prisión esperando prisionero.
Corrió hasta Jace y se lo explicó en tres frases. Jace lo entendió en una.
—Necesitas a Nissa —dijo él.
—Os necesito a los dos.
La voz de la tierra, uniendo su poder al de Tamiyo para atar a una criatura del vacío.
Nissa, la voz de ZendikarNissa, Voice of Zendikar
El pergamino de hierro
Lo intentaron juntos, en lo alto, frente a Emrakul. Nissa sujetaba a la titán con la fuerza de la propia tierra de Innistrad, enredándola con raíces y con algo más profundo que las raíces. Jace mantenía unidas las mentes de las dos, para que actuaran como una sola. Y Tamiyo leía.
Al principio, nada. Emrakul se agitaba, la luna seguía quieta, y Tamiyo sintió la desesperación más fría de su vida: había leído la historia correcta y la historia no funcionaba.
Entonces sacó uno de los pergaminos que llevaba años sin tocar. Uno de los que había rodeado con anillas de hierro, de los que se había prometido no abrir salvo que el mundo se estuviera acabando. Miró a su alrededor. El mundo se estaba acabando.
Rompió el sello y leyó.
Only one vault was great enough to hold Emrakul.
La historia que Tamiyo guardaba bajo hierro: una prisión en el cielo para lo que no se puede matar.
Prisión lunarImprisoned in the MoonDesde 0,33 €
La luna se movió. O eso pareció. La plata del cielo se abrió como una boca, y Emrakul, enorme, imposible, fue arrastrada hacia ella. Los tentáculos se retorcieron, la carne retorcida de Innistrad dejó de crecer, y en unos segundos el cielo quedó vacío. Arriba, la luna brillaba como siempre. Solo que ahora, si uno la miraba con mucha atención, parecía haber algo distinto en su superficie. Algo enroscado.
Lo que Tamiyo no contó
Hubo celebraciones, cansancio, heridos y funerales. Gideon, agradecido, le ofreció a Tamiyo un sitio en la Guardia. Ella sonrió y dijo que no: tenía una familia en Kamigawa esperando el final de una historia, y nunca había incumplido esa promesa.
Pero antes de marcharse habló a solas con Jace. Le confesó algo que no había escrito en ningún pergamino. Que, mientras leía, había sentido otra voluntad en su mano. Que no estaba segura de que el conjuro hubiera sido del todo suyo. Que tal vez Emrakul no había sido encerrada, sino que había elegido entrar.
—Entonces, ¿qué hemos hecho? —preguntó Jace.
—No lo sé —respondió Tamiyo—. Es la primera historia que escribo sin saber cómo termina.
El origen de EmrakulLos Eldrazi: los titanes del vacíoEmrakul llevaba milenios en el vacío antes de llegar a Innistrad. Conoce a los tres titanes y a quienes los encerraron por primera vez.





