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Capítulo 3 de 7 · 5 min de lectura

El Laberinto Implícito

Un camino oculto bajo la ciudad, diez gremios a punto de matarse y un telépata sin gremio en medio.

Niv-Mizzet tardó años en entender lo que había encontrado. Y cuando lo entendió, sonrió como solo sonríe un dragón que sabe algo que los demás no saben.

Era un laberinto. No uno de muros y pasillos, sino uno dibujado sobre la ciudad entera: una ruta invisible que atravesaba los territorios de los diez gremios, escondida en los cimientos, en las tuberías, en las estatuas que nadie miraba. Los ízzet lo llamaron el Laberinto Implícito.

Al final de ese camino, si los cálculos del dragón eran correctos, esperaba un poder capaz de cambiar Ravnica para siempre.

El rayo y el telépata

Niv-Mizzet no podía recorrer las calles buscando pistas sin que media ciudad se diera cuenta. Para eso tenía a sus agentes. Y el más ambicioso de todos era un joven mago de pelo erizado y mal carácter llamado Ral Zarek.

Ral manejaba la electricidad como otros manejan un cuchillo: rápido y sin pedir permiso. También era planeswalker, aunque pocos en Ravnica lo sabían, y soñaba con el día en que el dragón por fin reconociera que nadie le servía mejor que él.

Su problema fue que no era el único detrás del laberinto.

Niv-Mízzet, dracogenio

No tiene paciencia con las mentes que no le inspiran o que estallan al intentarlo.

Diez mil años de vida y todavía capaz de encontrar un misterio que le quitara el sueño.

Niv-Mízzet, dracogenioNiv-Mizzet, Dracogenius

Por aquel entonces vivía en la ciudad otro planeswalker, uno joven, de capa azul y mirada cansada: Jace Beleren, un telépata que podía leer y reordenar mentes ajenas. Jace había llegado a Ravnica huyendo de su pasado y se había quedado porque, en una ciudad de millones de personas, era fácil desaparecer.

Pero Jace tenía un defecto incurable: no soportaba un enigma sin resolver. Podía pasarse noches enteras delante de un mapa, moviendo alfileres, hablando solo, olvidándose de comer. Sus pocos amigos en la ciudad habían aprendido a reconocer esa mirada fija y a no interrumpirla. Cuando oyó hablar de un camino oculto que atravesaba la ciudad, empezó a tirar del hilo. Y cada vez que tiraba, se encontraba a Ral Zarek al otro lado.

El hombre sin rostro

Ellos no fueron los únicos que se enteraron. En una ciudad donde la información vale más que el oro, un secreto así no podía durar.

Los Dimir, que habían vuelto a la vida tras el Decamilenio, tenían ahora un nuevo líder: Lazav, un cambiaformas capaz de adoptar cualquier cara, cualquier voz, cualquier nombre. Nadie sabía qué aspecto tenía en realidad. Algunos sospechaban que ni él mismo lo recordaba. Lazav podía estar sentado a tu lado en una taberna, ser tu jefe, ser tu hermano. Para él, cada persona de Ravnica era un disfraz posible.

Lazav, mente maestra dimir

La cara que ves nunca es la suya. Y casi nunca es la misma dos veces.

Lazav, mente maestra dimirLazav, Dimir Mastermind

Mientras los gremios empezaban a sospechar que el Laberinto escondía algo, Lazav ya tenía espías en todos ellos.

La carrera

Al final, Niv-Mizzet decidió jugar a la vista de todos. Anunció que el Laberinto existía y que cada gremio podía enviar a un corredor para recorrerlo. Quien llegara al final ganaría lo que allí esperaba.

Fue como encender una mecha en un almacén de pólvora.

Los diez gremios eligieron a sus campeones. Los Boros, ahora dirigidos por Aurelia, un ángel de fuego que había tomado el mando de la Legión con mano de hierro, se tomaron la carrera como una batalla. Los Selesnya, guiados por Trostani —tres dríadas que hablaban con una sola voz desde el árbol de Vitu-Ghazi—, enviaron a los suyos con cánticos y sospechas. El Culto de Rakdos convirtió la carrera en un espectáculo. Los Gruul se lanzaron a romper lo que encontraran por el camino.

Aurelia, la líder de guerra

Donde Razia se mostraba distante e intocable, Aurelia está en la línea del frente, llamando a la guerra.

Para la Legión, cualquier competición es una guerra. Y Aurelia nunca pierde una guerra.

Aurelia, la líder de guerraAurelia, the Warleader

Trostani, la voz de Selesnya

En los coros de Selesnya no existen los solistas.

Tres voces que hablan como una. Hasta que una de ellas deja de estar de acuerdo.

Trostani, la voz de SelesnyaTrostani, Selesnya's Voice

Las calles se llenaron de peleas. Cada gremio acusaba a los demás de hacer trampas, y casi siempre tenían razón. Los corredores se sabotearon, se emboscaron, se persiguieron por tejados y alcantarillas. Lo que había empezado como un juego del dragón se fue convirtiendo, día a día, en lo más parecido a una guerra entre gremios que la ciudad había visto desde antes de Azor.

Jace, que no corría por ningún gremio, iba un paso por detrás de todos. Y precisamente por eso empezó a ver lo que los demás no veían.

El final del laberinto

El Laberinto no estaba diseñado para que ganara el más rápido. Estaba diseñado para que nadie pudiera recorrerlo solo.

Cuando los diez corredores llegaron al final, se encontraron en una sala antigua, bajo la ciudad, cada uno con las armas preparadas y los ojos llenos de desconfianza. Alrededor, sus gremios esperaban noticias. Si allí se derramaba sangre, la ciudad entera estallaría.

Final del laberinto

Diez caminos que solo tenían sentido si se recorrían juntos.

Final del laberintoMaze's End

Jace llegó por los pelos. Vio a los corredores a punto de matarse y entendió que la magia de aquel lugar estaba esperando algo más que un vencedor. Esperaba un árbitro. Alguien sin gremio. Alguien capaz de ponerse en medio.

Lo que pasó después lo cuentan de mil maneras. Hay quien dice que Jace habló con los diez a la vez, dentro de sus cabezas, hasta que bajaron las armas. Hay quien dice que el antiguo poder del lugar lo eligió sin preguntarle. Sea como fuere, cuando la luz se apagó en aquella sala, Jace Beleren ya no era un simple telépata que se escondía en Ravnica.

Era el Pacto Viviente.

Jace, el Pacto viviente

Una ley que camina, duerme y se equivoca. Ravnica nunca había tenido algo así.

Jace, el Pacto vivienteJace, the Living Guildpact

Toda la magia del viejo contrato, la que se había roto en el Decamilenio, ahora vivía en él. Jace podía arbitrar las disputas entre gremios, y su palabra tenía la fuerza de la ley que Azor había escrito. La guerra que estaba a punto de empezar se apagó como una vela.

Niv-Mizzet se tomó la derrota con una calma sospechosa. Ral Zarek, no tanto. Y en algún rincón de la ciudad, un hombre sin rostro tomó nota de que la ley más importante de Ravnica era, ahora, un joven distraído que a veces se iba de viaje sin avisar.

Eso, para alguien como Lazav, era un punto débil.

Y no sería el único en verlo.

La vida de JaceJace Beleren: la mente que lo recuerda todoDe Vryn a Ravnica, de los recuerdos borrados a la Guardia: así llegó Jace a ser la ley viva de una ciudad entera.

Fin del capítulo 3

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En esta historia: AzorNiv-MizzetRakdosTeysa KarlovRal ZarekJace BelerenLazavAureliaTrostaniVraskaKayaNicol BolasLiliana VessGideon JuraNissa RevaneTezzeretChandra NalaarElesh NornKellan