Teysa Karlov sabía organizar una fiesta.
Lo había aprendido de niña, en los salones de su familia, viendo cómo su abuelo cerraba en una cena los negocios que otros tardaban meses en negociar. Ahora el abuelo ya no estaba, Kaya se había marchado de Ravnica después de la invasión, y quien llevaba de verdad el Sindicato Orzhov era ella. Así que, cuando la ciudad empezó a levantarse de entre las ruinas, Teysa abrió las puertas de la mansión Karlov e invitó a todos los que importaban.
Era una celebración. Ravnica había sobrevivido.
Antes del amanecer, uno de los invitados estaría muerto.
La invitada incómoda
Kaya volvió para la fiesta. No sabía muy bien por qué. Quizá porque sentía que le debía algo a la ciudad. Quizá porque, desde lo que había visto en Nueva Pirexia, no conseguía estar tranquila en ningún sitio.
La recibieron con sonrisas educadas y miradas frías. Los líderes de los gremios no tardaron en decírselo: mientras Ravnica ardía, su señora del Sindicato estaba en otra parte. Había abandonado su plano adoptivo cuando más la necesitaba. Teysa no dijo nada, pero no hizo falta. Su silencio era el de alguien que ha tenido razón durante mucho tiempo.
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Kaya se apartó a un balcón. Desde allí, la ciudad parecía casi la de siempre. Casi.
El primer cuerpo
El grito llegó a medianoche.
En una de las salas de la mansión encontraron a Zegana, antigua señora de los Simic, muerta. La fiesta se convirtió en un hervidero de acusaciones. Los guardias cerraron las puertas. Y todos los ojos se volvieron hacia alguien que había estado donde no debía: Etrata, una vampira asesina de los Dimir, famosa por no dejar nunca rastro.
Etrata juraba que no recordaba nada. Y lo más inquietante es que decía la verdad.
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El caso fue a parar a la Agencia, un cuerpo de investigadores independiente de los gremios, dirigido por un arconte, que se ocupaba de los crímenes que los gremios no querían o no podían resolver. Entre sus filas había gente muy distinta. Estaba Alquist Proft, un detective de mente afilada que veía en cada escena un rompecabezas. Y estaba Kellan, un joven recién llegado de otro plano, con sangre de hada y muchas ganas de demostrar lo que valía.
Para Proft, cada mentira deja una huella. Solo hay que saber dónde mirar.
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Kaya, que había venido a una fiesta, acabó metida en una investigación.
Una nota en pirexiano
Proft no tardó en sospechar que Etrata había sido manipulada. Algo, o alguien, había controlado su mente. Y si la habían usado una vez, podían usar a cualquiera.
Los crímenes siguieron. Un inventor ízzet que trabajaba con tecnología pirexiana murió en mitad de un tumulto, cuando un ciudadano con la mirada perdida se lanzó contra los presentes. Kellan y Kaya recorrieron la ciudad de punta a punta, de los callejones del Culto de Rakdos a los almacenes de los goblins de Krenko, siguiendo pistas que siempre parecían llevar a otro lado. Massacre Girl, una de las asesinas más temidas de la ciudad, atacó a Proft y a la propia Aurelia.
Un recién llegado a Ravnica que tenía más preguntas que respuestas. En la Agencia, eso es una virtud.
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Y entonces apareció el cuerpo que nadie esperaba: el de Teysa Karlov.
La anfitriona de la fiesta, la mujer que había mantenido el Sindicato en pie, yacía muerta. Junto a ella había una nota escrita con su propia letra. Pero no en la lengua de Ravnica. Estaba en pirexiano.
La noticia corrió como el fuego. ¿Había colaborado Teysa con el enemigo durante la invasión? Algunos juraban que sí. Otros aseguraban que había sido una espía doble, que había fingido tratar con los pirexianos para sacarles información. Nunca se supo del todo. Teysa se llevó sus libros de cuentas a la tumba, como habría querido.
Volvió para una fiesta. Se quedó para hacer justicia por los muertos de su ciudad.
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El árbol que acusaba
Proft encontró al fin el hilo. Las víctimas tenían algo en común: todas habían fallado a Ravnica durante la invasión, o eso pensaba alguien. Una experimentaba con aceite pirexiano. Otro con su tecnología. Otro se había enriquecido con la guerra. Y Teysa, según el asesino, había pactado con el enemigo.
La sustancia que controlaba las mentes era un polen. Venía de una flor que solo podía crecer en un sitio: Vitu-Ghazi, el árbol de Selesnya.
Proft reunió a todos y señaló a Trostani.
Durante un momento, las tres dríadas lo miraron en silencio. Luego, una de ellas dio un paso al frente. Se llamaba Oba. Y no lo negó.
Entrelazadas en el corazón de Vitu-Ghazi, hacen todo lo posible para que sus secretos no lleguen a oídos indiscretos.
Tres voces. Una de ellas llevaba tiempo hablando sola.
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Oba confesó con calma. Ella había matado a todos. Lo había hecho por Ravnica, para limpiarla de los que la habían traicionado. Y antes de que nadie pudiera detenerla, tomó el control del gran árbol. Las ramas de Vitu-Ghazi se cerraron sobre la sala. Los detectives, los guardias, los invitados: todos quedaron atrapados dentro del árbol que había visto nacer el Pacto de los Gremios.
La ciudad que responde
Fue Kaya quien acabó con aquello.
Cerró los ojos y sintió algo que no había sentido nunca: la propia Ravnica. Su peso, su ruido, sus millones de vidas. Por primera vez, el plano que había abandonado le respondió. Kaya tomó prestada esa fuerza, se volvió intangible y atravesó la madera viva como si fuera niebla. Llegó hasta Oba y la sometió.
Después, las otras dos dríadas hablaron. Dijeron algo que heló la sangre a todos: Oba llevaba muerta desde la invasión. Lo que había hablado con su voz todo ese tiempo ya no era su hermana. Separaron a Oba de Trostani para siempre.
Ravnica tuvo que mirarse al espejo. Había sobrevivido a la ruptura del Pacto, a Bolas, a Pirexia. Pero las heridas no siempre se ven, y a veces el enemigo habla con la voz de quien más quieres.
Diez mil años después de que un esfinge reuniera a diez enemigos alrededor de una mesa, la ciudad seguía en pie. Discutiendo, conspirando, negociando.
Viva.
Qué fue del Pacto VivienteJace Beleren: la mente que lo recuerda todoAntes de que hubiera detectives en Ravnica, hubo un telépata que resolvía enigmas por su cuenta. Así llegó Jace a cargar con la ley de toda una ciudad.





