Fue en Dominaria, en una conversación tranquila, donde Ajani le dio el regalo más importante de su vida. No era un arma ni un consejo. Era un nombre.
El leonino había estado buscando. Durante años, mientras Elspeth luchaba en Theros o yacía en el Inframundo, Ajani había ido tirando de hilos sueltos: los recuerdos que ella le había contado a medias, las oraciones a Serra, la mención de ángeles luchando contra pirexianos. Había preguntado en muchos sitios. Y al final había encontrado un plano que encajaba.
—Se llama Capenna —le dijo—. Creo que es de ahí de donde vienes.
Elspeth repitió la palabra en voz baja. No le despertó nada. Ni un recuerdo, ni un olor. Pero había esperado demasiado tiempo para no ir a comprobarlo.
La ciudad sobre las vigas
Capenna no se parecía en nada a lo que recordaba. No había campamentos ni ruinas humeantes. Había una ciudad. Una sola, inmensa, construida sobre vigas de metal por encima de los restos del mundo antiguo. Se llamaba Nueva Capenna, y era un lugar de rascacielos, luces doradas, música de jazz en los locales nocturnos y coches que brillaban como joyas.
Fuera de la ciudad no quedaba casi nada. El resto del plano seguía arrasado desde la primera llegada de los pirexianos. Los capenneses vivían apiñados en aquella torre de lujo y no hablaban del pasado. Elspeth se sintió más extranjera allí que en ningún otro mundo.
La ciudad la gobernaban cinco familias, cinco organizaciones que parecían salidas de una película de gánsteres: los Obscura, los Maestros, los Riveteers, los Cabaretti y los Brokers. Cada una tenía su barrio, sus negocios y sus secretos. Y todos los secretos olían a lo mismo: a algo dorado, brillante, que se vendía en frascos y que todos consumían sin preguntar de dónde salía.
Lo llamaban Halo.
Una fuente dorada en el corazón de la ciudad. Nadie preguntaba de dónde salía.
Fuente de haloHalo Fountain
Trabajos raros
Elspeth no tenía dinero ni contactos. Aceptó trabajos raros. Detuvo un ataque de matones de los Maestros, y eso llamó la atención de la gente adecuada. Acabó trabajando para Xander, el viejo jefe de los Maestros, un hombre refinado que coleccionaba arte y, sobre todo, información. En su museo había piezas de una guerra antigua: armas, armaduras y restos de criaturas de metal y carne que Elspeth reconoció al instante.
Pirexianos. Habían estado allí. Y alguien había conseguido echarlos.
Xander le dio Halo y la mandó a investigar. En los parques altos de la ciudad se encontró con Vivien Reid, una cazadora planeswalker que también andaba buscando respuestas. Después se infiltró entre los Cabaretti, la familia de las fiestas, de la mano de Jinnie, la mano derecha de su jefe Jetmir. Todo apuntaba a una gran celebración: el Crescendo, la noche más importante del año.
La noche del Crescendo
Esa noche, alguien atacó a todas las familias a la vez.
Detrás estaba Ob Nixilis, un viejo planeswalker demoníaco que llevaba un tiempo moviéndose en las sombras de Nueva Capenna. Había robado gente de cada familia y la había vuelto contra sus jefes. Xander murió. Jetmir cayó herido de muerte. La ciudad entera se tambaleó.
Llegó a Nueva Capenna en busca de poder. Encontró a una mujer que no se apartaba.
Ob Nixilis, el AdversarioOb Nixilis, the Adversary
En medio del caos, Elspeth escapó con Vivien y con una muchacha extraña de cabello claro y mirada luminosa que llevaba toda la vida protegida por los Cabaretti. Se llamaba Giada. Y no era humana.
Giada era un ángel. El último despierto de una ciudad fundada por ángeles.
El precio de un ángel
Ob Nixilis las alcanzó en una catedral. La pelea fue brutal y Elspeth la estaba perdiendo. El demonio era más fuerte, más viejo y más cruel. La tenía en el suelo, rota, cuando Giada hizo algo que nadie le había pedido.
Se entregó.
La muchacha ángel puso las manos sobre Elspeth y le dio todo lo que era. Su luz entró en ella como un incendio dorado. Elspeth se levantó con una espada nueva en la mano, una hoja empapada de Halo a la que llamaron Luxior, y golpeó a Ob Nixilis hasta que el demonio huyó.
Ahora es la mayor esperanza de Nueva Capenna.
El último ángel despierto de Nueva Capenna lo dio todo por una extranjera.
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Más tarde, en los archivos de Xander, Elspeth descubrió la verdad de la ciudad. Cuando los pirexianos atacaron Capenna por primera vez, los arcángeles y sus huestes lucharon a muerte. Pero no bastaba. Los archidemonios del plano, para salvar la ciudad, traicionaron a los ángeles: los atraparon en un sueño eterno y fueron convirtiendo poco a poco sus cuerpos en aquello que ahora se vendía en frascos.
El Halo eran ángeles. La ciudad entera vivía de ellos.
Elspeth leyó aquello sentada en el suelo del archivo, con el libro sobre las rodillas, durante mucho rato. Había venido buscando su casa. Había encontrado un mundo que había sobrevivido a Pirexia vendiendo lo más sagrado que tenía. Y, aun así, era su mundo. En algún lugar de aquellas ruinas, bajo las vigas, una madre había rezado a Serra para que su hija viviera.
Por primera vez en años, Elspeth lloró.
La torre de Urza
Volvió a Dominaria con Vivien y con malas noticias. Allí la esperaba lo que quedaba de la Guardia, el grupo de planeswalkers que años atrás había jurado proteger el Multiverso. Gideon había muerto en Ravnica. Liliana se había marchado. Y había algo peor: Ajani, su viejo amigo, el que le había devuelto el nombre de su mundo, había sido compleado por Pirexia. Llevaba tiempo siendo un agente durmiente.
Elspeth no quiso creerlo. Luego tuvo que hacerlo.
Se unió a la defensa de Dominaria. Teferi le pidió que dirigiera a los soldados mecánicos que había construido Saheeli Rai, la inventora de Kaladesh, y Elspeth, que siempre había sido mejor mandando a otros que hablando de sí misma, lo hizo con una eficacia que asustaba.
Saheeli puso los soldados. Elspeth, la voluntad de usarlos.
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Cuando los pirexianos asaltaron la torre de Urza, Elspeth encabezó el contraataque. El viejo mago Jodah le dio un hechizo que había dejado Jaya Ballard: una llama que le despejó la cabeza y le endureció el corazón. Ya no dudaba. Iba a recuperar a Ajani.
Hirió a Rona, una de las agentes pirexianas. Y en el momento en que tenía todas las de perder, Tezzeret, el mismo artífice de dudosa lealtad cuyo myr la había guiado años atrás en Mirrodin, la tuvo a su merced. Y la dejó marchar.
Nadie entendió por qué. Quizá ni el propio Tezzeret.
Pudo acabar con ella. No lo hizo. Nunca explicó por qué.
Tezzeret, traidor de la carneTezzeret, Betrayer of Flesh
Elspeth salió de Dominaria con una certeza. La guerra iba a librarse en el sitio donde todo había empezado para ella: en el mundo de metal que un día fue Mirrodin.
El defensor de DominariaTeferi: el mago que detuvo el tiempoEl planeswalker que escondió su tierra del tiempo también organizó la defensa de Dominaria contra la nueva Pirexia.




