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Capítulo 3 de 7 · 5 min de lectura

El mundo de metal

Koth la saca de los fosos de Urborg para luchar en Mirrodin, donde Elspeth reencuentra su peor pesadilla y ve caer un plano entero.

Después de Bant, Elspeth dejó de buscar un hogar. Buscó, en cambio, algo que la cansara lo suficiente para no pensar.

Lo encontró en Urborg, una isla de pantanos y niebla en el plano de Dominaria, un lugar donde la muerte siempre había tenido buenos amigos. Allí había fosos de lucha: arenas de barro donde la gente pagaba por ver a otros golpearse hasta caer. Elspeth bajó a esos fosos y peleó. Una vez, y otra, y otra. Contra hombres, contra bestias, contra cosas que no sabía cómo llamar. Ganaba casi siempre. No sentía nada al ganar.

Urborg, la tumba de Yawgmoth

"El cuerpo de Yawgmoth es una herida en el universo. Su sangre impura se filtra, infectando la tierra con su última maldición."

— Lord Windgrace

Una isla de barro y niebla donde Elspeth fue a esconderse de sí misma.

Urborg, la tumba de YawgmothUrborg, Tomb of Yawgmoth

Visitas

Ajani la encontró allí. No le costó mucho: una mujer con armadura de Bant peleando en los fosos de Urborg llamaba bastante la atención. El leonino le traía su vieja armadura, la que ella había dejado atrás, y una petición sencilla.

—Vuelve —le dijo—. Bant te necesita. Y tú necesitas algo que no sea esto.

Elspeth le devolvió la armadura sin abrir el fardo. Le dijo que se fuera. Él se fue, aunque se notaba que le dolía. Ninguno de los dos sabía todavía lo largo que iba a ser su camino juntos.

La segunda visita fue muy distinta.

El hombre que apareció una noche junto a los fosos era un guerrero de piel oscura y brazos gruesos, con una mirada que quemaba. Se llamaba Koth, era un geomante del plano de Mirrodin y tenía prisa. No perdió el tiempo con saludos. Se abrió la camisa y le enseñó una marca en la piel: una mancha negra, aceitosa, que se movía.

Elspeth dio un paso atrás. Conocía esa marca. La había visto en las pesadillas de toda su vida.

—Pirexia —dijo Koth—. Está en mi mundo. Y viene a por todos.

Koth del Martillo

Llegó a Urborg con una marca negra en el pecho y ninguna paciencia.

Koth del MartilloKoth of the Hammer

El hombre que construía barcos

Koth necesitaba ayuda, y había averiguado a quién buscar. Juntos visitaron lugares antiguos de Dominaria, tumbas y memoriales de la vieja guerra contra Pirexia, y allí aprendieron que debían encontrar a un hombre llamado Venser.

Venser era un artífice dominario, nervioso, brillante, con la manía de hablar demasiado rápido. Lo encontraron reconstruyendo un viejo navío pirexiano, intentando convertirlo en una nave capaz de cruzar entre los planos. Venser no quería ir a ninguna parte con ellos. Koth no le dio a elegir: le encerró la cabeza en un casco de piedra y lo arrastró a Mirrodin.

No era la forma más elegante de reclutar a un aliado. Pero funcionó.

Venser, el Transeúnte

Lo arrastraron a Mirrodin a la fuerza. Al final, fue el que más dio.

Venser, el TranseúnteVenser, the Sojourner

El mundo de metal

Mirrodin era un plano artificial, hecho de metal de punta a punta. Tenía bosques de cobre, llanuras de plata, montañas de hierro y cinco soles de colores que giraban en su cielo. Lo había creado mucho tiempo atrás un gólem de plata llamado Karn, el mismo que había formado parte del Legado de Urza en Dominaria. Y Karn, sin saberlo, había traído dentro de su cuerpo una gota de aceite pirexiano.

Esa gota había crecido durante siglos. Ahora era una infección que lo cubría todo.

Elspeth vio el pantano negro de la Mephidross extendiéndose como una mancha de tinta. Vio a los nim, muertos de metal que caminaban sin voluntad. Vio a los mirranos, la gente del plano, luchando contra algo que no entendían. Y durante un tiempo, lo único que quiso fue darse la vuelta.

Fue una chamán vulshok, una guerrera de las montañas de fuego, quien la avergonzó. Le dijo a la cara que llevaba armadura de caballero y miedo de niña. Elspeth podría haberse ofendido. En lugar de eso, se calló, apretó la espada y volvió a pelear.

Esta vez no se detuvo.

La sala de las mesas

Liberó a sus compañeros en Ish Sah, donde los habían apresado. Bajaron a las profundidades del plano por la Bóveda de los Susurros mientras un ejército pirexiano entero desfilaba sobre sus cabezas. Un myr, uno de los pequeños autómatas de Mirrodin, apareció para guiarlos hacia el interior: lo enviaba Tezzeret, un artífice con sus propios planes, del que nadie se fiaba.

Y entonces llegaron a una sala que Elspeth reconoció antes de entrar.

Mesas. Instrumentos que brillaban. Cuerpos atados. Criaturas inclinadas sobre ellos con calma de artesano.

Era la sala de su infancia. No la misma, pero la misma.

Lo que pasó allí dentro, Venser y Koth lo contaron después en voz baja. Elspeth no dejó un solo pirexiano en pie. No luchó como un caballero de Bant. Luchó como la niña de trece años que no había podido hacer nada y que por fin podía. Cuando terminó, estaba cubierta de aceite y temblando, y no sabía si de rabia o de alivio.

Entre los prisioneros había una muchacha sylvok, de piel con brillos metálicos, que miraba a su alrededor sin miedo. Se llamaba Melira. Y los pirexianos la tenían allí por una razón: la infección no podía tocarla. Era inmune al aceite. Y podía curar a otros.

Melira, paria sylvok

Antes, un paria. Ahora, la mayor esperanza de Mirrodin.

La única persona de Mirrodin a la que el aceite no podía tocar.

Melira, paria sylvokMelira, Sylvok Outcast

El precio de Venser

Encontraron a Karn al fin. El gólem de plata estaba infectado, medio convertido, hablando con una voz que a ratos era suya y a ratos no. Pirexia lo quería como padre y señor de su nuevo mundo.

Venser hizo entonces algo que nadie esperaba. Entregó su propia chispa a Karn. Su vida entera, su poder, todo lo que era, para limpiar a su amigo. Karn volvió en sí. Venser no.

Karn liberado

Venser le dio todo lo que tenía para que volviera a ser él.

Karn liberadoKarn Liberated

Karn, todavía tambaleándose, les pidió que resistieran. Que mantuvieran viva la lucha mientras él buscaba la manera de volver. Y se fue.

La resistencia no aguantó. El plan de Koth para golpear a los pirexianos con una bomba de hechizos falló. El enemigo los rodeó. En el último momento, Koth hizo lo único que se le ocurrió para salvar a Elspeth: hundió el suelo bajo sus pies y la enterró en la roca, lejos de los ojos del enemigo.

No bastó del todo. Un obliterador, una de las bestias más terribles de Pirexia, la alcanzó antes de que el metal se cerrara. La herida era grave. Elspeth apenas podía pensar.

Arrasador pirexiano

"Veamos qué ocultan los sicofantes de Norn bajo toda esa delicada porcelana".

— Sheoldred

Lo último que vio de Mirrodin fue esa cosa viniendo hacia ella.

Arrasador pirexianoPhyrexian Obliterator

Con la fiebre subiendo y el cuerpo roto, hizo lo único que le quedaba. Caminó entre los planos, sin rumbo, a ciegas. Dejaba atrás a Koth, a Melira y a un mundo entero cayendo en manos del mismo enemigo que le había robado la infancia. Mirrodin estaba a punto de convertirse en Nueva Pirexia.

Y Elspeth se juró, entre delirios, que no volvería a ver algo así.

Se equivocaba.

La gota de aceiteLa invasión pirexiana: de Urza a Elesh NornCómo una gota escondida en el cuerpo de Karn acabó convirtiendo Mirrodin en Nueva Pirexia.

Fin del capítulo 3

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En esta historia: Elspeth TirelAjani GoldmaneKarnTezzeretElesh NornJin-GitaxiasJace BelerenNissa RevaneChandra NalaarKayaTeferiNarset