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Capítulo 4 de 7 · 5 min de lectura

La campeona de Heliod

En Theros, el dios del sol la nombra su campeona, Daxos se convierte en su hogar y un sátiro que quería ser dios lo destruye todo.

Cayó de nuevo en Theros.

No lo eligió. La fiebre la arrastró hasta allí, quizá porque era el primer mundo que la había recibido cuando huyó de las jaulas. Despertó en un templo de Pharika, la diosa de los venenos y las curas, rodeada de sacerdotisas que le cambiaban las vendas y le hablaban en voz baja. La herida del obliterador tardó en cerrarse. La otra herida, la de Mirrodin, no se cerró nunca.

Lo primero que hizo al poder sostener una pluma fue escribir una carta. La metió en una botella y la confió al mar. Iba dirigida a Ajani. No sabía si le llegaría. Necesitaba, simplemente, decirle a alguien dónde estaba.

La espada y el dios

Theros era un mundo de ciudades de mármol y dioses que se podían ver. Por la noche, el cielo se llenaba de Nyx, el reino estrellado donde vivían las divinidades, y a veces una figura de luz bajaba de allí para intervenir en los asuntos humanos. Los dioses existían porque los mortales creían en ellos. Y los mortales creían porque los dioses existían. Era un equilibrio delicado, y los dioses lo sabían.

Elspeth acabó en Akros, la ciudad guerrera construida sobre la montaña. Muchos años antes, en esas mismas calles, había crecido un ladrón llamado Kytheon que luego sería conocido en todo el Multiverso como Gideon Jura. Elspeth no lo sabía. Las dos historias se rozaban sin tocarse.

Llevaba consigo la espada que había encontrado de niña en aquel mismo plano. Y aquella espada no era un arma cualquiera: era algo que los dioses temían. Cuando Heliod, el dios del sol, el más orgulloso de todos, descubrió que una mortal la empuñaba, bajó en persona a reclamarla. Hubo un choque. Elspeth, para su propio asombro, lo aturdió.

Heliod, dios del sol

El dios del sol bajó a quitarle una espada. Se llevó una sorpresa.

Heliod, dios del solHeliod, God of the Sun

Heliod podría haberla destruido. Hizo algo más astuto. Tomó la espada y la transformó en una lanza dorada, Godsend, y se la devolvió con una condición: desde ese momento, Elspeth sería su campeona. Lucharía en su nombre. Sería suya.

A Elspeth le pareció un precio razonable. Llevaba toda la vida buscando a alguien a quien servir.

Filo divino

Una espada que asustaba a los dioses, convertida en la lanza de su campeona.

Filo divinoGodsend

Daxos

Heliod la envió a Meletis, la ciudad de los filósofos. Allí la esperaba Daxos, un joven oráculo del dios, de sonrisa fácil y conversación interminable. Daxos hacía preguntas. Muchas. Sobre su pasado, sobre su tierra, sobre por qué nunca se quitaba la armadura del todo. Elspeth contestaba poco. Pero, poco a poco, empezó a contestar.

Con él a su lado mató a Polukranos, una hidra gigantesca que llevaba siglos aterrorizando los pantanos. Con él defendió Akros cuando los minotauros sitiaron la ciudad, luchando junto a la reina Cymede y el rey Anax mientras la esfinge Medomai susurraba profecías. Con él se rio por primera vez en años, por una tontería que luego no supo recordar.

Polukranos, el devoramundos

La hidra que llevaba siglos en los pantanos cayó ante la campeona y su oráculo.

Polukranos, el devoramundosPolukranos, World Eater

Daxos de Meletis

Hacía demasiadas preguntas. Ella acabó contestándolas todas.

Daxos de MeletisDaxos of Meletis

Una tarde, sentados en las escaleras del templo de Meletis, Daxos le preguntó por fin lo que llevaba meses queriendo preguntar.

—¿De dónde eres, Elspeth? De verdad.

Ella miró el mar mucho rato antes de responder.

—No lo sé —dijo—. De un sitio donde el cielo daba miedo.

Daxos no insistió. Se limitó a señalar hacia arriba, hacia las primeras estrellas de Nyx que asomaban en el atardecer, y le dijo que aquí el cielo tenía dioses, sí, pero también tenía gente como ella para protegerlo. Elspeth no supo qué contestar. Esa noche durmió del tirón por primera vez desde Mirrodin.

Daxos fue lo más parecido a un hogar que encontró en Theros. Y eso, en la vida de Elspeth, siempre era una mala señal.

El sátiro que quiso ser dios

En las sombras se movía Xenagos, un sátiro que también era planeswalker y que había decidido que no le bastaba con eso. Quería ser un dios. Para lograrlo, removió las pasiones de los dioses, los enfrentó entre sí, avivó sus miedos por aquella mortal que había plantado cara a Heliod. Y al final consiguió lo imposible: subió a Nyx y se convirtió en el dios de la juerga y la locura.

Xenagos, dios del deleite

Un sátiro que se cansó de bailar para los dioses y decidió ser uno.

Xenagos, dios del deleiteXenagos, God of Revels

Pero Xenagos no se conformó con ascender. Necesitaba que la campeona del sol dejara de ser un problema.

Una noche entró en sus sueños. Despertó la peor de sus memorias: el obliterador de Mirrodin, viniendo hacia ella entre el metal. En el sueño, Elspeth luchó con todas sus fuerzas. Clavó la lanza. Mató a la bestia.

Cuando despertó, la lanza estaba clavada en Daxos.

La traición del sol

Heliod no la consoló. Le dio la espalda. Su campeona había matado a su oráculo; era, para él, una vergüenza y un peligro. Elspeth tuvo que huir.

No huyó sola. Ajani había recibido la carta de la botella y había venido a buscarla. Con él estaba Brimaz, un rey leonino de Theros, y entre los dos la sostuvieron cuando ella ya no se tenía en pie. Por el camino se les unió una extraña llamada Callaphe que resultó ser Kiora, una planeswalker tritón con sus propios planes para los mares. Los llevaron ante Thassa, la diosa del océano, y desde allí hasta la puerta de Nyx.

Para cruzarla, Elspeth tuvo que superar una prueba de Erebos, el dios de los muertos. Le ofrecieron una copa de oro. Ella la rompió contra el suelo. No quería nada que viniera de un dios.

Erebos, dios de los muertos

El dios de los muertos le puso a prueba. Ella rompió su copa.

Erebos, dios de los muertosErebos, God of the Dead

En Nyx encontró a Xenagos. Y con Godsend en la mano, la mortal que Heliod había elegido mató al nuevo dios.

Luego hizo una última cosa. Ofreció su propia vida a Erebos a cambio de la de Daxos. El dios de los muertos aceptó.

El que cobró la deuda fue Heliod. Una mortal que podía matar dioses era algo que el sol no estaba dispuesto a tolerar. Le arrebató la lanza que él mismo le había dado y se la clavó en Nykthos, el santuario de los dioses, delante de Ajani.

Elspeth Tirel murió en Theros. La campeona del sol, atravesada por el sol.

Ajani gritó tanto que, dicen, las estrellas de Nyx temblaron.

Otro hijo de AkrosGideon Jura: el escudo de los demásAntes de que Elspeth defendiera Akros, un ladrón de sus tejados lanzó una lanza contra otro dios. Él también acabó lejos de casa.

Fin del capítulo 4

Siguiente · Capítulo 5Lo que se aprende en el InframundoMuerta y sin memoria, Elspeth convierte sus pesadillas en una lanza y hace lo que ningún muerto había hecho: salir del reino de Erebos.Seguir leyendo →

En esta historia: Elspeth TirelAjani GoldmaneKarnTezzeretElesh NornJin-GitaxiasJace BelerenNissa RevaneChandra NalaarKayaTeferiNarset