Diez mil años después de la firma, Ravnica preparó la mayor fiesta de su historia.
La llamaron el Decamilenio. Habría desfiles, banquetes, discursos interminables del Senado y fuegos artificiales ízzet que con suerte no incendiarían ningún barrio. Los gremios iban a celebrar juntos el aniversario del Pacto que los mantenía en paz.
Nadie imaginaba que aquella fiesta sería también su funeral.
En las plazas se colgaron estandartes de los diez colores. Los panaderos hornearon dulces con los símbolos de cada gremio, y los niños se peleaban por el del dragón ízzet porque era el que llevaba más azúcar. Los ángeles boros sobrevolaban los desfiles en formación, los cantores selesnya llenaban las avenidas de himnos y, desde los balcones de las catedrales orzhov, los sacerdotes lanzaban monedas a la multitud. Eran monedas de verdad, aunque más de uno sospechó que algún día se las cobrarían con intereses.
Fue la última vez en mucho tiempo que Ravnica se sintió una sola ciudad.
Grietas bajo la alfombra
En diez mil años, los gremios habían aprendido algo peligroso: el Pacto prohibía romper las reglas, pero no prohibía buscarles los huecos.
Los Orzhov habían convertido la fe en un negocio y el negocio en una cárcel; sus fieles morían endeudados y seguían pagando como fantasmas. Los Azorius habían escrito tantas leyes que ni ellos mismos las entendían, y su gran árbitro, Augustin IV, empezaba a pensar que la ciudad estaría mejor si el Senado lo controlara todo. Los Simic, bajo la mirada de Momir Vig, jugaban con la vida de maneras que habrían hecho temblar a sus propios fundadores.
El Árbitro es una vía de justicia, una voluntad tan disciplinada que dispensa justicia sin ego y sin remordimiento.
Un legislador convencido de que todo el mundo estaría mejor si obedeciera un poco más.
Gran árbitro Augustin IVGrand Arbiter Augustin IV
Y en las sombras, como siempre, estaban los Dimir. Durante siglos el resto de la ciudad había olvidado que existían. Se decía que eran un cuento para niños, un gremio fantasma que nunca había llegado a funcionar. A los Dimir les venía de maravilla. Nadie vigila a quien no existe.
Su señor, un vampiro antiguo llamado Szadek, llevaba mucho tiempo esperando su momento.
El gremio que todos habían olvidado no había olvidado a nadie.
Szadek, señor de los secretosSzadek, Lord of Secrets
La abogada de la familia Karlov
Entre tanta conspiración, había una mujer que se fijaba en la letra pequeña.
Se llamaba Teysa Karlov, y era abogada del Sindicato Orzhov. Caminaba con bastón por una lesión antigua, hablaba despacio y nunca firmaba nada sin haberlo leído tres veces. Pertenecía a una de las familias más poderosas del gremio. Su abuelo, como muchos de los grandes señores Orzhov, había muerto hacía tiempo… y seguía dando órdenes como espíritu, sentado en el consejo de fantasmas que gobernaba el Sindicato.
A Teysa no le gustaban los fantasmas que mandaban sobre los vivos. Tampoco le gustaba perder. Esas dos cosas, juntas, la convertirían en una de las personas más importantes de la historia de Ravnica.
Una heredera que entendía los contratos mejor que quienes los habían escrito.
Teysa, vástago orzhovTeysa, Orzhov Scion
La noche en que se rompió la cadena
Lo que pasó durante el Decamilenio es todavía hoy motivo de discusión entre los cronistas de la ciudad. Hubo demasiadas manos moviéndose a la vez.
Se sabe que hubo un complot dimir que intentaba devolver a Szadek a la luz y ponerlo por encima de los demás gremios. Se sabe que los Simic habían creado algo que no debería existir. Se sabe que en las profundidades de la ciudad alguien despertó a Rakdos, el demonio que había firmado el Pacto riéndose, y que su despertar no fue tranquilo. Y se sabe que, entre traiciones, rituales y luchas en la penumbra, el viejo contrato mágico dejó de funcionar.
Los Simic querían mejorar la vida. Nadie les preguntó a los demás si la querían mejorada.
Mómir Vig, visionario simicMomir Vig, Simic Visionary
Ningún trueno anunció el final del Pacto. Ninguna luz se apagó en el cielo. Simplemente, a la mañana siguiente, los gremios se despertaron y descubrieron que la magia que los ataba había desaparecido. Ya no había nada que impidiera a uno destruir a otro.
Nada, salvo el miedo.
Un papel sin magia
Fue Teysa quien evitó que la ciudad volviera a ser lo que era antes de Azor.
Mientras los líderes de los gremios se miraban de reojo y contaban sus ejércitos, ella hizo lo que mejor sabía hacer: redactar un documento. Un acuerdo nuevo, sin magia, sin castigos automáticos, sin piedras encantadas. Solo papel, firmas y la promesa de que romperlo saldría más caro que respetarlo.
—No es el Pacto —reconoció ante un grupo de representantes que la miraban con desconfianza—. No obliga a nadie. Pero si nadie lo firma, mañana estaremos peleando calle por calle. Y yo, señores, he leído los presupuestos de una guerra. No les gustarían.
Al contrario de la mayoría de las iglesias, en Orzhova es mejor rezar antes de llegar.
Donde los Orzhov rezan, firman y cobran. A veces en ese orden.
Orzhova, iglesia de los acuerdosOrzhova, the Church of Deals
Lo firmaron. No por convicción, sino por cansancio. Y el acuerdo de Teysa funcionó a medias, como funcionan casi todas las cosas en las ciudades: los ricos se hicieron más ricos, los gremios perdieron prestigio, y durante un tiempo muchos ravnicanos dejaron de creer que necesitaran a los gremios para nada.
Una ciudad sin dueño
Fueron años raros. Los gremios seguían existiendo, pero ya no eran sagrados. Había gente que nacía, trabajaba y moría sin jurar lealtad a ninguno. Los magos de gremio vendían sus servicios al mejor postor. En las tabernas se contaban chistes sobre el Senado, sobre los fantasmas Orzhov, sobre los inventos ízzet que explotaban.
Con el tiempo, la desconfianza se fue suavizando y los gremios recuperaron poco a poco su influencia. Casi todos cambiaron de líder. Solo tres siguieron con su fundador al frente: el Culto de Rakdos, el Sindicato Orzhov —con sus fantasmas eternos— y la Liga Ízzet, donde Niv-Mizzet seguía sentado sobre su montaña de planos e inventos.
Y Niv-Mizzet, que llevaba diez mil años sin aburrirse nunca del todo, había encontrado algo nuevo en qué pensar.
En los muros de la ciudad, en los cimientos de los gremios, en lugares donde nadie había mirado nunca, había descubierto un dibujo. Un camino escondido que conectaba los diez gremios entre sí.
Alguien, hacía muchísimo tiempo, había dejado un mensaje para el día en que el Pacto se rompiera.
Y el dragón estaba decidido a leerlo antes que nadie.
Otro dragón con planesUgin y Nicol Bolas: dos dragones, un mismo huevoNiv-Mizzet no es el único dragón al que le gusta mover piezas. En el Multiverso hay uno mucho más antiguo que algún día pondrá sus ojos sobre Ravnica.




