Elspeth fue la guía. Nadie más en el grupo conocía aquel mundo como ella.
Los planeswalkers que viajaron a Nueva Pirexia sabían que era una misión casi suicida. Tenían un plan: llegar al corazón del plano, a la semilla del árbol que Elesh Norn estaba preparando para invadir todos los mundos a la vez, y destruirlo antes de que creciera. Llevaban con ellos un arma antigua, el Sylex, un artefacto de Dominaria capaz de borrar un plano entero.
Al cruzar, una barrera de Norn los desperdigó como semillas al viento. Elspeth cayó con Kaya, la cazadora de fantasmas, y un samurái de Kamigawa llamado Himoto. A su alrededor, el mundo que había conocido como Mirrodin era irreconocible.
Lo que quedaba de Mirrodin
Los cinco soles seguían en el cielo, pero ya no daban la misma luz. Las llanuras de plata se habían convertido en catedrales de porcelana y carne. Los bosques de cobre eran granjas. Y en el aire flotaba un canto, una sola voz repetida por millones de gargantas, que se metía en los huesos.
En la Capa del Horno, bajo tierra, encontró a los demás: Jace, Kaito, Nahiri, el guerrero Tyvar. Y entre ellos, más viejo, más duro, con el mismo fuego en los ojos, estaba Koth.
Se abrazaron sin decir nada. Hacía años que Elspeth había huido de aquel mundo malherida, dejando a Koth atrás. Él no se lo reprochó. Había seguido luchando todo ese tiempo, escondido con los últimos mirranos libres.
Llevaba años resistiendo en las entrañas de su mundo. Por fin había vuelto alguien.
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El Halo contra el veneno
En los Pozos de Escoria, el aire estaba envenenado por la Necrógena, una niebla pirexiana que pudría a cualquiera que la respirara. Elspeth repartió entre sus compañeros el Halo que traía de Capenna. La luz de los ángeles contra el veneno de las máquinas. Funcionó.
Pero no todo se podía proteger con Halo. Jace se separó del grupo para buscar a Vraska, la reina gorgona, y la encontró infectada. Se quedó con ella. Los dos acabaron compleados. Nahiri se sacrificó derribando el coliseo de Sheoldred para que los demás pudieran avanzar. Uno a uno, el plano se los fue tragando.
Fue a buscar a la mujer que quería. Pirexia se quedó con los dos.
Jace, la Mente PerfeccionadaJace, the Perfected Mind
Al llegar al corazón del plano, junto a la semilla del árbol, ya no quedaba casi nadie. Los esperaban Tibalt, un diablo cruel que disfrutaba con el dolor ajeno, y Ajani. El viejo amigo de Elspeth, con el cuerpo cubierto de porcelana y la voz llena de Norn.
Tyvar se encargó de Tibalt. Elspeth se encargó de Ajani. No lo mató. Lo dejó sin sentido con el mismo cuidado con el que, años atrás en Bant, le había limpiado las heridas.
Y luego hizo algo terrible. El Jace compleado se interponía entre ella y el Sylex, y Elspeth lo hirió con su espada. Tomó el arma de Dominaria y desapareció con ella en el vacío entre los mundos, lejos del alcance de Norn.
La que bajó del vacío
En el vacío, entre colores imposibles, tuvo visiones. Vio a su madre cantando en el campamento. Vio a la pirexiana Atraxa destrozando estatuas de ángeles en Capenna. Vio a Ajani, compleado, envenenando la fe de Theros. Vio todos los mundos que había querido salvar cayendo al mismo tiempo.
Y vio a Serra.
La mujer a la que su madre rezaba en voz baja, la que había creado un cielo para los ángeles, apareció ante ella en el vacío. No se sabe si era la propia Serra o lo que quedaba de ella en el corazón de una niña que había rezado demasiado. Le dio lo que le había dado Giada, pero multiplicado. Alas doradas. Una armadura nueva. El poder de un arcángel.
Elspeth Tirel volvió al Multiverso transformada.
La niña que rezaba a Serra en una jaula volvió del vacío con alas.
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La Marcha de las Máquinas
Volvió justo a tiempo. El árbol de Norn había crecido, sus raíces atravesaban decenas de mundos y por cada rama bajaba un ejército. Era la Marcha de las Máquinas, la invasión de todo el Multiverso a la vez.
Elspeth voló al corazón de Nueva Pirexia. Le cerró el paso a Jin-Gitaxias, el pretor de la ciencia. Y luego se enfrentó a la propia Elesh Norn.
La gran pretora era más fuerte de lo que Elspeth había imaginado. Pero había algo que Norn no podía soportar: que alguien le llevara la contraria. Su furia, cada vez más personal, más egoísta, empezó a contradecir todo lo que predicaba sobre la unidad y la armonía. Combatieron hasta el agotamiento. Ninguna logró vencer a la otra.
Predicaba la unidad. Contra Elspeth, solo le quedó la rabia.
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Elspeth hizo lo que mejor sabía: ponerse delante de los demás. Liberó a Chandra Nalaar de las garras de Nissa, compleada, para que Chandra pudiera ayudar a Wrenn a tomar el control del árbol. Defendió la barricada mirrana junto a los ejércitos de Zhalfir. Y cuando hubo que evacuar, dejó a Nissa sin sentido para que Chandra pudiera sacarla en brazos.
La invasión terminó. Elesh Norn cayó. Y en Zhalfir, la tierra de Teferi que acababa de volver al mundo, Elspeth se sentó junto a Koth mientras Melira moría. La muchacha sylvok a la que habían rescatado de una mesa pirexiana había gastado su vida en curar a otros.
La sacaron de una mesa pirexiana. Murió deshaciendo lo que Pirexia había hecho.
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Después, Elspeth extendió las alas y voló bajo los cinco soles de lo que había sido Mirrodin. No dijo adónde iba.
El hogar
En Theros, dicen, hay ahora templos pequeños donde se reza a una mujer con alas que bajó del cielo durante la invasión y salvó el mundo. Ella no los pidió. Probablemente le darían vergüenza.
Tampoco se quedó quieta. Tiempo después, cuando unas tormentas de dragones empezaron a aparecer en otros mundos, Elspeth viajó a Tarkir a buscar respuestas. Allí luchó en la cubierta de una nave voladora contra un dragón de hielo, codo con codo con los monjes de Narset, y le pidió ayuda a la líder jeskai. Narset dudó. Pero no la dejó sola.
Tormentas de dragones en otros mundos. Ella fue a ver de dónde venían.
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Elspeth había pasado la vida buscando un hogar. Lo buscó en Bant, en Theros, en el Inframundo, en una ciudad de vigas y luces doradas. Ninguno resultó ser del todo suyo.
Quizá porque el hogar no era un sitio. Era lo que ella hacía cada vez que se ponía delante de alguien. La niña de la jaula no había podido salvar a su madre. La arcángel que salió del vacío no ha dejado de intentarlo desde entonces.
Los cinco señores de la máquinaLos pretores: la guerra civil de Nueva PirexiaElesh Norn, Jin-Gitaxias y los demás pretores: cómo se repartieron el mundo que había sido Mirrodin. El amigo perdidoAjani: el corazón de la manadaEl leonino que cuidó de Elspeth en Bant, la buscó en Theros y le devolvió el nombre de su mundo. Y lo que Pirexia hizo con él.





