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Capítulo 5 de 7 · 5 min de lectura

Lo que se aprende en el Inframundo

Muerta y sin memoria, Elspeth convierte sus pesadillas en una lanza y hace lo que ningún muerto había hecho: salir del reino de Erebos.

En Theros, los muertos no desaparecen. Bajan.

El Inframundo de Erebos es un reino gris bajo la tierra, cruzado por ríos que borran la memoria. Quien bebe de ellos olvida quién fue, y quien olvida deja de sufrir. Para la mayoría de las almas, es un descanso. Para Elspeth Tirel fue el principio de la pelea más extraña de su vida.

Llegó sin lanza, sin armadura y sin saber muy bien cómo se llamaba.

Los campos del descanso

Despertó en Ilysia, la región más amable del Inframundo, la parte reservada a los que habían vivido con honor. Allí no había dolor. Había praderas grises, una luz suave sin sol y almas que paseaban con sonrisas tranquilas. Nadie tenía prisa. Nadie recordaba gran cosa.

Elspeth intentó quedarse quieta. De verdad que lo intentó. Una parte de ella llevaba toda la vida deseando exactamente eso: un sitio donde no hubiera que luchar. Lo había buscado en Bant, en Theros, en la amistad de Daxos. Y ahora, por fin, lo tenía.

Pero no podía dormir.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a la jaula.

Las pesadillas de Ashiok

Alguien la estaba visitando en sueños. Una figura sin rostro, con cuernos que parecían hechos de humo y unas manos largas que tejían miedo como quien teje lana. Se llamaba Ashiok, y era un planeswalker que se alimentaba de las pesadillas de los demás. Había encontrado en Elspeth un pozo sin fondo.

Ashiok le devolvía todo. La prisión de Capenna. La mesa de los pirexianos. La muerte de su madre. La sala de Mirrodin. El cuerpo de Daxos con la lanza dentro. Noche tras noche, con todo detalle, como un actor que repite su función favorita.

Ashiok, inspiración de pesadillas

Encontró en la memoria de Elspeth un teatro con funciones para toda la eternidad.

Ashiok, inspiración de pesadillasAshiok, Nightmare Muse

Lo que Ashiok no esperaba era que Elspeth se acostumbrara.

Había vivido aquellos horrores despierta. Revivirlos dormida dolía, sí, pero no la rompía. Y en una de aquellas pesadillas, en mitad de la sala de las mesas, Elspeth buscó un arma. No la de Heliod. Otra. Una que no le debiera nada a nadie. En el sueño, su mano se cerró sobre una lanza oscura, sencilla, sin oro ni luz. La llamó Khrusor.

Al despertar, la lanza seguía en su mano.

En el mundo de la vigilia se había convertido en algo real: la Lanza de Sombra, un arma forjada con su propio miedo vencido.

Lanza Sombría

Un arma de oscuridad para una guerrera de la luz.

Una lanza nacida de una pesadilla. La única que nunca le pidió obediencia.

Lanza SombríaShadowspear

Los que la siguieron

Elspeth empezó a caminar hacia la salida. En el Inframundo de Theros eso no se hacía. Los muertos no salían. Era la ley de Erebos, y ni siquiera los héroes más famosos la habían roto sin pagar un precio terrible.

A ella le dio igual.

Por el camino se le fueron uniendo otras almas. Algunas la seguían por curiosidad, otras porque recordaban vagamente que en vida también habían querido algo. Elspeth no daba discursos. Simplemente avanzaba, y la gente la seguía. Como en Bant. Como en Mirrodin. Era su forma de ser, aunque ella nunca la hubiera elegido.

Elspeth, heroína impertérrita

Muerta, desarmada y sin memoria. Y aun así, la gente la seguía.

Elspeth, heroína impertérritaElspeth, Undaunted Hero

En el camino le salió al paso Calix, un ser nacido de las estrellas de Nyx y enviado por Klothys, la diosa del destino, para asegurarse de que los muertos se quedaban donde les correspondía. Calix era fuerte, rápido y fiel a su diosa. La primera vez que pelearon, Elspeth lo venció. La segunda, le costó más: Calix aprendía de cada derrota. La tercera vez, Calix empezó a preguntarse si el destino que defendía era tan justo como creía.

Acabó caminando a su lado.

Cálix, la Mano del Destino

Lo enviaron a detenerla. Cada combate le enseñó una cosa nueva sobre ella.

Cálix, la Mano del DestinoCalix, Destiny's Hand

El dios que tenía miedo

Allá arriba, Heliod sabía que algo pasaba. Su antigua campeona se estaba escapando del Inframundo con un ejército de almas detrás. Y él, que la había matado precisamente para que nadie volviera a desafiar a los dioses, empezaba a sentir algo que no estaba acostumbrado a sentir: miedo.

En Theros, los dioses son lo que los mortales creen que son. Y Elspeth lo entendió. No hacía falta matar a Heliod. Bastaba con contar la verdad.

Cuando llegó el momento, Elspeth levantó su lanza oscura y proclamó, delante de todos, que aquella era la verdadera Khrusor. Que la lanza dorada de Heliod no era más que una copia. Que el dios del sol no era lo que decía ser.

Y los mortales la creyeron.

La fe de Theros cambió de dirección como el viento. La lanza de Heliod, que había atravesado a Elspeth en Nykthos, se resquebrajó y se partió en pedazos. Sin el arma, sin la fe, el dios del sol quedó a merced del único dios al que había ofendido demasiado.

Heliod, Corona Solar

Mató a su campeona para que nadie desafiara a los dioses. Ella volvió para hacerlo.

Heliod, Corona SolarHeliod, Sun-Crowned

Erebos no perdió la oportunidad. Llevaba una eternidad odiando a su hermano Heliod, y ahora lo tenía al alcance. Lo encadenó. Y a Elspeth, la mortal que había roto sus leyes para salir, le concedió algo que no le había dado a casi nadie: permiso para volver a la vida.

Erebos, Alma Lúgubre

El dios de los muertos no perdonó a Elspeth. Hizo algo mejor: le abrió la puerta.

Erebos, Alma LúgubreErebos, Bleak-Hearted

Una última conversación

Antes de marcharse, Elspeth buscó a Daxos.

No hay testigos de lo que se dijeron. Quizá ella le pidió perdón. Quizá él no la dejó terminar. Quizá hablaron de cosas sin importancia, como hacían en Meletis, mientras el río del olvido corría a su lado. Lo único que se sabe es que fue la última vez que se vieron y que Elspeth salió de allí con los ojos secos y el paso firme.

Después subió. Volvió a sentir el sol en la cara, ese sol que ya no tenía dueño. Calix iba a su lado.

Había muerto y había vuelto. Había vencido a un dios sin matarlo. Y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba huyendo de nada.

Pero tampoco sabía adónde ir. Theros no era su casa. Bant tampoco. Mirrodin ya no existía. La pregunta de siempre seguía ahí, intacta, como una piedra en el zapato: ¿de dónde venía ella?

La respuesta la tenía, sin saberlo, un viejo amigo de pelaje blanco.

Fin del capítulo 5

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En esta historia: Elspeth TirelAjani GoldmaneKarnTezzeretElesh NornJin-GitaxiasJace BelerenNissa RevaneChandra NalaarKayaTeferiNarset