El Kamigawa al que Tamiyo volvía ya no era el de los cuentos de los ancianos.
Habían pasado muchos siglos desde la guerra contra los kami. Ahora, las ciudades del plano brillaban de noche con luces de neón, los trenes cruzaban el cielo, y en Towashi, la gran metrópolis, los anuncios holográficos se mezclaban con los santuarios a los espíritus. Los kami seguían ahí, pero convivían con máquinas, implantes y redes de información. Otawara, la ciudad de Tamiyo, era el centro del saber del plano: academias flotantes, archivos sin fin, eruditos que discutían en las terrazas sobre la naturaleza de la realidad.
Y en casa de Tamiyo, además de Genku, Hiroku y Rumiyo, ahora había alguien más.
El hijo que no sabía volar
Se llamaba Nashi. Era un nezumi, uno de los hombres rata de Kamigawa, de pelaje blanco con manchas grises y una cicatriz de quemadura que no le gustaba enseñar. Había nacido en una aldea de los pantanos que ardió durante un conflicto en el que, se supo después, estaba metido el Consorcio Infinito de Tezzeret. Sus padres murieron en el incendio.
Pasó por varias familias de acogida. Las rechazó todas. Sentía que intentaban sustituir a sus padres, y eso no lo iba a permitir. Hasta que llegó Tamiyo. Ella no le pidió que la llamara madre. Le dijo, muy seria, que la llamara Tamiyo y nada más. Que nadie ocuparía el sitio de nadie. Nashi la miró con desconfianza, aceptó, y poco a poco, sin darse cuenta, la quiso más que a nada en el mundo.
El hijo adoptivo de la sabia de la luna: un nezumi de pantano en una familia que flotaba.
Nashi, vástago de la Sabia de la LunaNashi, Moon Sage's Scion
No siempre era fácil. Sus hermanos soratami volaban; él no. A veces se sentía el más pequeño, el raro, el que no encajaba. Así que encontró su propio camino: la tecnología. Se pasaba las horas con drones, cables y chips, y llegó a llevar un implante en la sien con el que controlaba las máquinas con el pensamiento. Tamiyo lo miraba trastear y sonreía. Al final, pensaba, todos contamos historias. Unos con pergaminos, otros con circuitos.
El ninja en la ventana
Un día, Tamiyo notó que alguien seguía a su hijo.
Era un ninja joven, rápido y engreído, con una espada y un dron flotando a su alrededor. Se llamaba Kaito Shizuki y también era planeswalker. Había jurado proteger a la Emperatriz de Kamigawa, que había desaparecido diez años atrás, y estaba convencido de que el responsable era Tezzeret, el artífice de brazo metálico que llevaba años metiendo las manos en el plano. Y el rastro de Tezzeret, por algún motivo, pasaba cerca de Nashi.
Tamiyo lo interceptó en una azotea de Otawara, una noche sin luna. Kaito ni la oyó llegar.
—Deja en paz a mi hijo —le dijo, con una calma que daba más miedo que cualquier amenaza.
Un ninja con prisa y un enemigo común: el aliado improbable que Tamiyo eligió.
Hablaron hasta el amanecer. Al final, en lugar de enemigos, salieron aliados. Los dos querían lo mismo: saber qué estaba tramando Tezzeret en Kamigawa y pararlo. Tamiyo le pidió una sola cosa: paciencia. Investigar primero, actuar después.
Kaito asintió. Y a la primera ocasión, hizo exactamente lo contrario.
La emperatriz que caminaba entre mundos
Se lanzó de cabeza contra los planes de Tezzeret y estuvo a punto de morir. Lo salvó alguien a quien no esperaba ver nunca más: la propia Emperatriz. La joven soberana no había muerto ni había sido secuestrada; su chispa había despertado y llevaba años saltando entre planos sin control, apareciendo y desapareciendo de su propio mundo como una llama al viento.
La soberana que caminaba entre mundos sin querer, de vuelta justo a tiempo para salvar a Kaito.
La emperatriz erranteThe Wandering Emperor
Tamiyo entendió enseguida el problema, porque era un problema de historias: la Emperatriz necesitaba algo que la anclara a Kamigawa. Existía un artefacto capaz de hacerlo, un chip que mantenía su presencia fija en la realidad. Tamiyo fue quien se lo colocó en la mano, con el cuidado de quien coloca un sello sobre un pergamino importante.
Luego, junto a Kaito, fue a destruir los viejos laboratorios del castillo de Eiganjo, donde se guardaba la investigación que Tezzeret quería robar.
El puente
Les estaban esperando. Tezzeret, con su brazo de etherium brillando en la penumbra. Y a su lado, una figura alta, pálida, cubierta de piezas metálicas, que estudiaba a Tamiyo como un cirujano estudia un cuerpo sobre la mesa: Jin-Gitaxias, uno de los pretores de Nueva Pirexia, el que creía que el progreso consistía en desmontar a los seres vivos y volver a montarlos mejor.
El artífice del brazo de etherium, sirviendo ahora a unos amos mucho más peligrosos que él.
Tezzeret, traidor de la carneTezzeret, Betrayer of Flesh
La pelea fue brutal. La Emperatriz intervino, Tamiyo leyó un pergamino que dejó a Tezzeret paralizado en el sitio y Kaito lo dejó inconsciente de un golpe. Por un momento, pareció que habían ganado.
Tamiyo cogió el chip de realidad para hacer arrancar un enorme robot de combate y salir de allí. Fue un error de segundos. Tezzeret despertó, estrelló la máquina, tomó el control del chip y arrastró a Tamiyo a través del Puente Planar, un portal de metal que conectaba Kamigawa con Nueva Pirexia.
Kaito llegó tarde. Nashi, que lo supo esa misma noche, juró que encontraría a su madre. Que la traería de vuelta a casa. Que ella le contaría el final de la historia, como siempre.
Al otro lado del puente, en un laboratorio sin ventanas, Jin-Gitaxias empezó su trabajo. Le quitaron lo que tenía dentro y lo cambiaron por glándulas, ácido, aceite negro. Le dieron huesos de metal oscuro y uñas largas como cuchillas. Le dejaron los recuerdos, porque los recuerdos eran útiles, pero les dieron otro sentido. Cuando terminaron, Tamiyo abrió los ojos y, por primera vez, el Multiverso tuvo una planeswalker compleada.
Su primer pensamiento fue que había encontrado, por fin, una familia de verdad.
La guardiana de las historias, reescrita por las manos de Jin-Gitaxias.
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