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Capítulo 5 de 7 · 5 min de lectura

La coleccionista en guerra

Atrapada en Ravnica por Nicol Bolas, la guardiana de las historias descubre que no puede limitarse a mirar.

Tamiyo había visto ciudades grandes. Ravnica no era una ciudad grande. Era una ciudad que no se acababa.

Calles sobre calles, puentes sobre puentes, torres que se apoyaban en otras torres más viejas. Diez gremios repartiéndose el poder entre catedrales, laboratorios, mercados y cloacas. Millones de voces a la vez. Para una mujer que coleccionaba historias, Ravnica era como entrar en una biblioteca donde todos los libros hablaban al mismo tiempo.

Y aquel día, todos gritaban.

La trampa del dragón

Nicol Bolas, el dragón anciano que llevaba milenios moviendo los hilos del Multiverso, había preparado su golpe maestro. Con la ayuda de traidores y de un artefacto robado, el Sol Inmortal, había convertido Ravnica en una jaula: una baliza llamaba a los planeswalkers de todos los mundos y, una vez dentro, nadie podía marcharse. Bolas quería sus chispas. Todas. Para convertirse en algo más que un dragón.

Tamiyo cayó en la trampa como tantos otros. En cuanto llegó, sintió el tirón y la puerta cerrándose a su espalda. Intentó planeswalkear de vuelta a casa y no pudo. Por primera vez desde que había descubierto su chispa, no tenía forma de cumplir su promesa.

El Sol Inmortal

El artefacto que convirtió Ravnica en una jaula y dejó a Tamiyo sin camino de vuelta a casa.

El Sol InmortalThe Immortal Sun

Su primera decisión fue la de siempre: observar. Buscó una azotea alta, desplegó los pergaminos y empezó a escribir. Era la guardiana de las historias, no una soldado. Alguien tenía que recordar lo que estaba a punto de ocurrir.

El ejército que no sangraba

Lo que ocurrió fue una invasión. A través de un portal enorme, abierto en el corazón de la ciudad, empezaron a llegar soldados de piedra azul y ojos vacíos: los Eternos, guerreros muertos de Amonkhet a los que Bolas había convertido en un ejército sin miedo ni voluntad. Marchaban en silencio. No se detenían ante nada. Y cuando encontraban a un planeswalker, lo sujetaban mientras su chispa era arrancada y enviada hacia el dragón.

Tamiyo lo vio desde su azotea. Vio caer a desconocidos. Vio cómo la luz de la chispa salía de sus cuerpos como un hilo de humo dorado. Y siguió escribiendo, con la mano cada vez más torpe, porque se había prometido no intervenir.

Tamiyo, coleccionista de historias

La coleccionista de relatos, decidida a ser solo testigo. Ravnica no se lo iba a permitir.

Tamiyo, coleccionista de historiasTamiyo, Collector of Tales

El dios que vino a buscarla

La guerra la encontró a ella antes de que ella decidiera ir a la guerra.

Uno de los generales de Bolas era un antiguo dios de Amonkhet, Kefnet, el dios del conocimiento, convertido en un Eterno colosal de cabeza de ibis. En otro tiempo había protegido la sabiduría de su pueblo. Ahora era una máquina de matar que olía la magia como un perro olfatea un rastro. Y la magia de Tamiyo, hecha de historias y de palabras, debió de sonarle a algo familiar.

Apareció sobre la azotea sin previo aviso. Los pergaminos de Tamiyo salieron volando en todas direcciones. Ella esquivó el primer golpe flotando hacia atrás y el segundo por puro instinto.

Kefnet, dios eterno

El dios del conocimiento convertido en arma. Contra él, Tamiyo tuvo que dejar de escribir y empezar a luchar.

Kefnet, dios eternoGod-Eternal Kefnet

No había tiempo para elegir el pergamino perfecto. Agarró los que tenía más cerca y los leyó a gritos, uno detrás de otro: un muro de viento, una niebla que confundía, una historia antigua sobre un pájaro que nunca se dejaba atrapar. El dios-Eterno era más fuerte que ella, más grande, incansable. Pero Tamiyo era más lista, y tenía un cuento para cada cosa. Cuando por fin logró escapar, con la túnica rota y una brecha en la frente, ya no era una testigo. Era una más.

Los defensores de Ravnica

Se unió a la resistencia. Había gremios enfrentados que, por primera vez en siglos, combatían codo con codo. Había planeswalkers de mundos que Tamiyo ni conocía, y algunos que sí: Jace, que estaba intentando coordinar a todos desde el caos; Chandra, que no dejaba de arder; Nissa, que hacía crecer bosques entre los adoquines; Gideon, siempre en primera línea.

Tamiyo ayudó con lo que sabía hacer. Ayudó a pensar. En los consejos de guerra, mientras otros discutían a voces, ella escuchaba, tomaba notas y, cuando todos se callaban, decía en voz baja la frase que ordenaba el plan. Luchó contra los Eternos por calles que ya no tenían nombre. Protegió a gente que nunca sabría quién era aquella soratami de ojos violeta.

Nicol Bolas, Dios Dragón

El dragón que quiso todas las chispas del Multiverso y convirtió Ravnica en su campo de cosecha.

Nicol Bolas, Dios DragónNicol Bolas, Dragon-God

Fue una guerra corta y terrible. Al final, el plan funcionó. Chandra y otros lograron apagar el Sol Inmortal, y la jaula se abrió. Muchos planeswalkers huyeron en cuanto pudieron, y nadie podía culparlos. Tamiyo, en cambio, se quedó. La batalla final contra el dragón aún estaba por librarse, y ella no sabía dejar una historia a medias.

El escudo que cayó

Bolas cayó. No sin precio. En medio de la batalla, Liliana Vess, que había servido al dragón por culpa de un viejo contrato, se rebeló contra él. Y Gideon Jura, el hombre que siempre se ponía delante de los demás, se puso delante una última vez para protegerla. No se levantó.

Gideon Blackblade

El escudo de todos, hasta el último instante. Ravnica se salvó; Gideon no.

Gideon Blackblade

Semanas después, Tamiyo acudió a Theros, el plano natal de Gideon, para el homenaje que le hicieron sus amigos. Era una reunión pequeña, triste, llena de gente que no sabía qué decir. Tamiyo tampoco lo sabía. Así que hizo lo único que se le daba bien: contó una historia. La de un soldado que le ofreció un sitio en su grupo en una ciudad de Innistrad, y que no se ofendió cuando ella le dijo que no.

Luego volvió a Kamigawa. A su casa, a Genku, a sus hijos. Les contó lo de Ravnica, pero no todo. Algunas historias son demasiado pesadas para contarlas enteras.

No sabía que la siguiente historia que viviría no iba a poder contarla ella.

El último sacrificioGideon Jura: el escudo de los demásEl soldado que le ofreció a Tamiyo un sitio en la Guardia tenía su propia historia, desde Theros hasta Ravnica. Así vivió y así cayó.

Fin del capítulo 5

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En esta historia: TamiyoJace BelerenNissa RevaneAvacynSorin MarkovNahiriLos titanes eldraziGideon JuraLiliana VessChandra NalaarNicol BolasKaito ShizukiTezzeretJin-GitaxiasElesh NornKayaNiko Aris