Lo primero que notó Tamiyo al volver a Innistrad fue el silencio de las campanas.
En su anterior visita, las iglesias tocaban a misa cada mañana y cada tarde, y el sonido se oía de aldea en aldea como una cadena tranquilizadora: estamos aquí, seguimos vivos. Ahora los campanarios callaban. En algunos pueblos habían arrancado las campanas y las habían tirado al río. En otros, la gente se encerraba en casa a mediodía y atrancaba las puertas, no contra los vampiros, sino contra el cielo.
Porque los que mataban, ahora, eran los ángeles.
Un diario de locura
Tamiyo tardó poco en reconstruir los hechos, aunque le costó mucho creerlos. Avacyn, el ángel protector, había enloquecido. Ya no defendía a los humanos: los juzgaba. Sus ángeles quemaban aldeas enteras acusándolas de herejía, y los inquisidores humanos que la seguían veían pecado en cualquier vecino. Mientras tanto, en los páramos, la gente se volvía loca de otra manera: hablaba sola, se arrancaba los ojos, decía oír una voz que venía de muy lejos y que les prometía algo enorme.
Tamiyo hizo lo que mejor sabía hacer: tomar notas. Llenó un cuaderno entero con observaciones, dibujos, testimonios recogidos en tabernas y conventos. Anotó los síntomas de la locura, las fechas de los ataques, la posición de la luna, que ya no parecía influir en nada. Apuntó también las piedras extrañas que habían empezado a aparecer clavadas en el suelo de medio plano: monolitos tallados con símbolos que no pertenecían a ninguna fe de Innistrad.
Entrada 935: La locura de Avacyn oculta algo...
Página tras página de pistas: el cuaderno con el que Tamiyo intentó ordenar la locura de un mundo entero.
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Cuanto más escribía, menos le gustaba lo que veía. Las piedras dibujaban un patrón. Y en el centro del patrón había algo que tiraba, igual que la luna había tirado antes de los licántropos. Solo que esta vez no tiraba de las personas. Tiraba de algo que estaba muy, muy lejos de Innistrad.
El mago de la capa azul
Fue en esa época cuando se cruzó con Jace Beleren. Él tampoco era de allí: había llegado buscando a Sorin Markov, el antiguo protector del plano, y se había encontrado con que Sorin había desaparecido y que nadie quería hablar de él. Jace era joven, rápido, algo arrogante y muy cansado. Llevaba la capucha siempre puesta y la mirada de quien ha visto demasiadas cosas en demasiado poco tiempo.
Se reconocieron enseguida. No por la chispa, sino por algo más simple: los dos estaban investigando lo mismo y los dos tenían la mesa llena de papeles.
—Tú lees mentes —le dijo Tamiyo en su primer encuentro, sin rodeos.
—Y tú lees… ¿pergaminos? —contestó él, mirando la nube de rollos que flotaba alrededor de ella.
—Los escribo. Leerlos es lo de menos.
Un detective con la mente afilada y demasiadas preguntas: el compañero de investigación que Tamiyo no esperaba.
Jace, Descifrador de MisteriosJace, Unraveler of Secrets
Trabajaron juntos durante semanas. Jace sabía sacar respuestas de la cabeza de la gente; Tamiyo sabía ordenar esas respuestas hasta que tenían sentido. Siguieron el rastro de los monolitos, recorrieron mansiones vampíricas que se habían retorcido hasta volverse irreconocibles, interrogaron a cátaros desertores y a monjas aterradas. Poco a poco, el dibujo fue apareciendo.
La mano que movía la piedra
Alguien había preparado todo aquello. Los monolitos no habían brotado solos: alguien los había tallado, con una paciencia y una rabia de siglos. Y ese alguien era una vieja conocida de Innistrad, aunque casi nadie en el plano recordara su nombre: Nahiri, una litomante kor de Zendikar, que había pasado más de mil años encerrada por culpa de Sorin Markov y que había vuelto para hacerle pagar.
La piedra que no olvida: siglos de rencor tallados en monolitos por todo Innistrad.
Nahiri, la AdalidNahiri, the Harbinger
La venganza de Nahiri era perfecta en su crueldad. No quería matar a Sorin; quería destruir todo lo que él había construido. Y lo más importante que Sorin había construido en Innistrad era Avacyn. La locura del ángel no era casualidad: Nahiri sabía cómo hacerla caer. Pero los monolitos servían, además, para algo más grande y más terrible. Estaban llamando a alguien. Y Tamiyo, que había estudiado durante años cómo la luna tiraba de las cosas, entendió antes que nadie que aquella llamada estaba funcionando.
Entender o detener
Fue entonces cuando Jace y Tamiyo tuvieron su primera discusión de verdad.
Tamiyo quería entender a Avacyn. Llevaba años estudiándola, había escrito páginas y páginas sobre ella. Estaba convencida de que, si comprendía qué la había roto, tal vez podría arreglarla. Un ángel no era un arma; era una historia, y las historias se pueden reescribir.
Jace pensaba otra cosa.
—Cada día que pasamos investigando, muere gente —le dijo, una noche, en una posada vacía—. Avacyn no va a mejorar porque la entendamos. Hay que pararla. Ahora.
Tamiyo calló durante mucho rato. Luego enrolló el pergamino que tenía delante y lo ató con cuidado.
—Tienes razón —dijo—. Y odio que la tengas.
El ángel que había sido esperanza convertido en juez sin piedad. Tamiyo quería entenderla; no hubo tiempo.
Arcángel AvacynArchangel Avacyn
Fueron a enfrentarse a ella. Fue la peor decisión que Tamiyo había tomado en Innistrad, y también la única posible. Avacyn era un ángel antiguo, poderoso, enloquecido y lleno de una furia que no reconocía amigos ni enemigos. Los pergaminos de Tamiyo se quemaban en el aire antes de que pudiera terminarlos. Las ilusiones de Jace se rompían contra su lanza. Durante unos minutos larguísimos, los dos pensaron sinceramente que iban a morir allí.
Entonces llegó Sorin.
No dijo nada. Se puso delante de su creación, la miró a los ojos y, con un gesto que le costó más de lo que nadie sabrá nunca, la deshizo. Avacyn se rompió como el cristal, en una lluvia de luz y plata. Lo que quedó de ella fue silencio.
El vampiro que creó un ángel para salvar su mundo y tuvo que destruirlo con sus propias manos.
Sorin, Némesis SiniestroSorin, Grim Nemesis
Tamiyo lo anotó todo esa misma noche, con la mano temblando. Escribió sobre el ángel, sobre el vampiro, sobre la mujer de piedra. Y al final de la página, con letra más pequeña, escribió lo que de verdad le quitaba el sueño: «Los monolitos siguen llamando. Y algo, desde muy lejos, está respondiendo».
La venganza de NahiriNahiri: la piedra que no olvida¿Qué le hizo Sorin a Nahiri para que destruyera Innistrad entero por vengarse? Su historia empieza mucho antes, en Zendikar.




