Bant era un mundo que funcionaba.
Eso fue lo primero que sorprendió a Elspeth. Los campos estaban sembrados y las cosechas se recogían. Los caminos tenían piedras para marcar las leguas. Los castillos tenían puertas, y las puertas estaban abiertas de día. Había leyes, había fiestas, había bodas. La gente se saludaba por la calle sin mirar antes al cielo.
En Bant todo tenía su sitio, incluso las guerras. Los reinos peleaban entre sí, sí, pero con reglas: se avisaba antes de atacar, se respetaba a los heridos, se luchaba de frente y con honor. A una chica que había crecido entre jaulas aquello le parecía casi un cuento.
Y Elspeth decidió que quería formar parte de ese cuento.
Los corazones de Bant son puros como su aire y brillantes como sus cielos.
Un mundo de prados y castillos donde, por primera vez, el cielo no daba miedo.
Panorama de BantBant Panorama
Escudera
Tenía dieciséis años cuando empezó a entrenarse para ser caballero. A los diecisiete era escudera en Valeron, uno de los reinos de Bant. Nadie le preguntó de dónde venía, y ella tuvo mucho cuidado de no contarlo. En Bant no existían los planeswalkers, o al menos nadie hablaba de ellos. Si alguien hubiera sabido que aquella muchacha seria y callada podía cruzar a otros mundos, la habrían mirado como a un bicho raro. O como a una amenaza.
Así que Elspeth guardó su secreto y se dedicó a lo único que sabía hacer bien: aguantar.
Se levantaba antes que nadie. Entrenaba hasta que se le dormían los brazos. Cuidaba los caballos de otros, limpiaba armaduras ajenas, cargaba con escudos que no eran suyos. No se quejaba nunca. Los demás escuderos la tomaban por una chica de campo con ganas de ascender. No sabían que, cada noche, al cerrar los ojos, Elspeth seguía oyendo cerrarse la puerta de una jaula.
En tres años la nombraron caballero.
En Bant, los caballeros llevaban sigilos: marcas grabadas en la armadura y en la piel que recordaban sus hazañas. Cuantos más sigilos, más honor. Elspeth recibió los suyos con la cabeza baja, casi avergonzada. Para ella no eran medallas. Eran la prueba de que tenía un sitio. De que pertenecía a algo.
Un caballero de Bant con un secreto que no podía contar a nadie.
Elspeth, Caballero ErranteElspeth, Knight-Errant
Guía y guardián en la llanura.
Caballero de la Orquídea BlancaKnight of the White Orchid
El león que cayó del cielo
Un día cayó algo cerca de donde ella estaba de guardia. No era un pirexiano, aunque al principio se le heló la sangre. Era un leonino: un hombre león de pelaje blanco, enorme, herido, medio inconsciente y con la ropa de alguien que venía de muy lejos.
Se llamaba Ajani.
Elspeth lo cuidó durante días. Le limpió las heridas, le dio de beber, se quedó a su lado cuando deliraba. Ajani hablaba en sueños de un hermano muerto, de una venganza, de un dragón. Ella no entendía nada, pero reconocía el tono. Era el mismo con el que ella hablaba a solas por las noches.
Cuando Ajani despertó del todo, se miraron mucho rato. Y los dos supieron, sin decírselo, que el otro también venía de fuera. Que los dos tenían la chispa.
Lo curó sin saber quién era. Él no lo olvidó nunca.
Ajani Melena DoradaAjani Goldmane
Fue Ajani quien le advirtió. Le dijo que Bant no era tan grande ni tan seguro como parecía. Que había otros mundos pegados a este, otros fragmentos de un plano roto que se estaban acercando. Que alguien muy poderoso estaba moviendo los hilos. Elspeth no quiso escucharlo. Discutieron. Él se marchó.
Tenía razón, claro. Pero eso Elspeth lo aprendió por las malas.
La confluencia
Bant era solo un trozo de un mundo mayor, un plano llamado Alara que se había partido en cinco hacía siglos. Y ahora los cinco fragmentos estaban volviendo a juntarse. Nadie en Bant sabía todavía quién estaba detrás de aquello: un dragón antiguo llamado Nicol Bolas, que necesitaba que los mundos chocaran para alimentarse del choque. Lo único que sabían era que, de pronto, del otro lado de las fronteras empezaron a llegar cosas que no tenían ninguna regla.
Elspeth y su escudero, un muchacho llamado Aran, encontraron la primera brecha en un monasterio de los rhox, los grandes monjes rinoceronte de Bant. Lo que salía de allí era de Grixis, el fragmento de los muertos: zombis, nigromantes, carne podrida que caminaba. Para el resto de Bant fue un horror nuevo. Para Elspeth fue un horror conocido.
Los muertos asaltaron su castillo. Los caballeros defendieron las murallas con todo lo que tenían. Y en mitad del combate, Aran cayó.
Elspeth se arrodilló a su lado y sintió que el mundo volvía a ser una jaula. Otra persona a su cargo, muriendo delante de ella. Otra vez.
No. Esta vez no.
Dejó de contenerse. Rompió todas las reglas de la guerra de Bant, todas las normas que había jurado respetar, y usó todo su poder, el poder de verdad, el que llevaba años escondiendo. La luz que salió de ella barrió a los muertos y alcanzó a Aran. El muchacho volvió a respirar.
Los demás caballeros la miraron como se mira a un monstruo.
Los sigilos
No la expulsaron. No hizo falta. Las miradas bastaron. Unos la acusaban de tener tratos con fuerzas oscuras. Otros simplemente esperaban de ella cosas imposibles: que salvara a todos, siempre, en cualquier batalla. Para Elspeth era peor lo segundo.
Una noche se quitó los sigilos. Uno a uno, despacio. Sin ellos se sintió desnuda, pero también, de algún modo, más honesta.
Aun así, siguió luchando. Combatió bajo el mando del caballero general Rafiq contra los ejércitos de Esper, el fragmento de los magos de metal, en la batalla de Jhess, y allí la hirió un hechicero esperita. Investigó la caída del castillo de Giltspire. Y al final, junto a Rafiq, ayudó a acabar con Malfegor, un dragón demonio que había arrasado parte de Bant. Con su muerte terminó, para aquel rincón del mundo, la peor parte de la confluencia.
Muchos sellos, un objetivo.
Luchó a su lado cuando ya no llevaba sigilos. A él le bastó con verla pelear.
Rafiq de los Mil SellosRafiq of the Many
No se puede confiar en un demonio, y no se puede dominar un dragón.
El demonio dragón que cayó sobre Bant. Elspeth estuvo allí cuando cayó.
Pero Bant ya no era el mismo. Los cinco fragmentos se habían unido, las fronteras se habían borrado y aquel mundo de reglas se había llenado de cosas sin reglas. Y Elspeth, que había llegado buscando un sitio donde nada malo pudiera pasar, entendió que ese sitio no existía. Ni siquiera allí.
Sentía, además, que ya no tenía derecho a su puesto. Que había mentido a todos desde el primer día.
Así que hizo lo que había aprendido a hacer a los trece años. Se fue.
El león blancoAjani: el corazón de la manadaAjani llegó a Bant persiguiendo al asesino de su hermano. Su historia y la de Elspeth estaban destinadas a cruzarse muchas veces.





