La primera noche en Innistrad, Tamiyo no durmió. La segunda tampoco.
No era miedo, aunque motivos habría tenido. Era fascinación. Había llegado a una colina pelada, con el viento oliendo a tierra mojada y a humo de chimenea lejano, y sobre su cabeza colgaba una luna enorme, plateada, mucho más cerca de lo que la luna de Kamigawa había estado nunca. Parecía que bastaba alargar la mano para tocarla. Y desde algún lugar del valle, a lo lejos, le llegó un aullido que no era del todo de lobo.
Tamiyo sacó un pergamino en blanco, mojó el pincel y escribió la primera línea de lo que, con los años, se convertiría en su obra más larga:
«La luna de este mundo no alumbra. Ordena.»
Una soratami bajo una luna ajena, decidida a entender por qué esa luz cambiaba a la gente.
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Un mundo bajo la luna
Innistrad era un plano sitiado. Los humanos vivían en aldeas amuralladas, rezaban a un ángel llamado Avacyn y colgaban amuletos de plata en las puertas. Fuera, en la oscuridad, esperaban los vampiros, los fantasmas, los muertos que alguien había cosido para que volvieran a andar. Y los licántropos: hombres y mujeres corrientes que, cuando la luna se llenaba, perdían la forma y la razón.
A Tamiyo le interesaban sobre todo ellos. Pasó semanas siguiendo a una familia de leñadores que se transformaba cada pocas noches. Tomaba notas desde lo alto de los árboles, flotando sin hacer ruido. Apuntaba la hora exacta de cada cambio, la altura de la luna, las mareas del cercano mar, la temperatura del aire. Comprobó que la transformación no dependía solo de la luna llena; había algo más, un pulso más profundo, como si la luna tirara de una cuerda atada a cada licántropo del plano.
De día, un guardabosques. De noche, otra cosa. Tamiyo quería saber dónde estaba la frontera.
Guardabosque del amanecerDaybreak Ranger
—¿No le da miedo? —le preguntó una vez un muchacho de una aldea, al verla volver al amanecer con los bajos de la túnica llenos de barro.
—Me da más miedo no entenderlo —contestó ella.
El muchacho la miró como si estuviera loca. Probablemente tenía razón.
La torre de piedra lunar
En sus viajes encontró a otro estudioso obsesionado con la luna: un mago llamado Jenrik, que vivía solo en una torre construida con piedra lunar, en una región apartada del plano. Jenrik llevaba media vida observando el cielo y la otra media discutiendo con quien se atreviera a llevarle la contraria. A Tamiyo le cayó bien al instante.
Pasó meses en aquella torre. De día comparaban notas; de noche subían a la azotea con instrumentos que ninguno de los dos sabía nombrar del todo. Fue allí donde Tamiyo empezó a sospechar algo que la inquietó durante años: que la luna de Innistrad no era solo una roca en el cielo. Tenía una composición extraña, un brillo que recordaba a la plata pura con la que los sacerdotes forjaban sus amuletos. Y la plata, en Innistrad, no era un metal cualquiera. Era la única cosa que los monstruos temían de verdad.
Una noche de niebla y luna llena: las páginas más difíciles de escribir en el diario de Tamiyo.
Niebla lunarMoonmist
Lo apuntó todo. Lo que no supo fue qué hacer con ello. Era una pieza suelta, sin el resto del rompecabezas. La guardó en un pergamino aparte, con una nota al margen: «Volver a esto».
El ángel que volvió
Por aquel entonces, Innistrad vivía su época más negra. Avacyn, el ángel protector, había desaparecido. Los humanos rezaban a un cielo vacío, la plata bendita perdía su fuerza y las noches eran cada vez más largas y más llenas de cosas con dientes. Nadie sabía dónde estaba. Algunos sacerdotes decían que había muerto; otros, que los había abandonado.
La verdad estaba en el Helvault, un enorme monolito de plata en la catedral de Thraben donde, durante siglos, se habían encerrado los demonios más peligrosos del plano. Avacyn había quedado atrapada dentro junto a ellos.
Una prisión de plata maciza. Tamiyo se pasaría años preguntándose de dónde había salido tanta plata.
Tamiyo estaba en Innistrad la noche en que el Helvault se rompió. No lo vio de cerca: lo supo por el cielo. De pronto, desde Thraben, subió una columna de luz blanca, y con ella un estruendo de alas y gritos. Los demonios encerrados escaparon en todas direcciones. Y detrás de ellos salió Avacyn, enorme, furiosa, con la lanza en alto, a ponerlos a todos en su sitio.
En pocos días, el plano cambió. Los ángeles volvieron a patrullar los cielos. La plata recuperó su poder. Los licántropos, bajo la nueva luz, se calmaban o huían a los bosques. Los vampiros se encerraron en sus mansiones. Por primera vez en mucho tiempo, los humanos durmieron tranquilos.
Una hélice dorada se proyectó hacia el cielo desde Helvault. Una explosión atronadora resquebrajó el monolito plateado y Avacyn surgió, libre al fin de su prisión.
El ángel que regresó del Helvault y devolvió a Innistrad su esperanza. Por un tiempo.
Avacyn, ángel de la esperanzaAvacyn, Angel of Hope
Preguntas sin respuesta
Cualquier otro visitante se habría alegrado y se habría marchado. Tamiyo se quedó a mirar más de cerca. Escribió pergaminos enteros sobre Avacyn: cómo influía su presencia en la luna, en los licántropos, en la fe de la gente. ¿Qué era exactamente aquel ángel? ¿Quién lo había creado, y con qué? Nadie en Innistrad parecía hacerse esas preguntas. Para ellos, Avacyn era Avacyn, y eso bastaba.
Tamiyo no tenía tanta fe. Tenía curiosidad, que a veces se le parece. Intuía que detrás de aquel ángel había una historia que nadie le estaba contando. No sabía que esa historia tenía nombre de vampiro, ni que una antigua kor de piedra guardaba contra él un rencor de milenios. Lo descubriría más tarde, y de la peor manera.
Volvió a casa, como siempre. Contó a sus hijos lo del ángel y el Helvault, y Hiroku pidió que lo repitiera tres veces. Pasó una temporada en Otawara. Más adelante, cuenta la crónica, recibió en algún momento una visita inesperada: Ajani, un leonino de pelaje blanco al que una pérdida reciente había dejado sin rumbo, y que buscaba un sitio donde parar. Tamiyo le abrió la puerta sin preguntar demasiado. Sabía reconocer a alguien que necesita que le escuchen.
Pero el pergamino con la nota «Volver a esto» seguía allí, entre los demás. Y un día, años después, Tamiyo volvió a Innistrad y descubrió que la luna ya no ordenaba nada. Algo la estaba sustituyendo. Algo que susurraba.
Quién rompió el HelvaultLiliana Vess: el precio de la eternidadLa noche en que el Helvault se partió no fue casualidad: alguien necesitaba liberar a un demonio para matarlo. Descubre quién.




