En Oboro, las nubes no estaban arriba. Estaban alrededor.
La ciudad de los soratami flotaba sobre el cielo de Kamigawa como si alguien la hubiera soltado allí hacía siglos y se hubiera olvidado de recogerla. Sus palacios descansaban sobre bancos de niebla, sus puentes cruzaban vacíos donde el viento silbaba día y noche, y sus torres subían tan alto que, al atardecer, la luz de la luna llegaba antes a sus tejados que al suelo del mundo. Desde abajo, los pescadores la llamaban «el palacio de las nubes». Desde arriba, los soratami la llamaban, sencillamente, hogar.
Los soratami planeaban aquí sus tramas interminables; agraciados, hermosos y traicioneros, mientras el mundo se movía debajo, ignorante.
Una ciudad suspendida en el aire, con las raíces en la niebla y la memoria en el papel.
Oboro, el palacio en las nubesOboro, Palace in the Clouds
Los soratami eran el pueblo de la luna. Pálidos, ligeros, de gestos lentos y ojos que parecían mirar siempre un poco más lejos que los de los demás. Sabían flotar, sabían mover las cosas sin tocarlas y, sobre todo, sabían callar. En los tiempos antiguos, cuando la guerra entre los mortales y los kami partió Kamigawa en dos, se decía que los soratami de Oboro habían guardado secretos que nadie más conocía, y que habían movido hilos desde las alturas sin ensuciarse nunca las manos. Eran historias viejas, contadas a medias. Nadie las contaba enteras.
Y a una niña de Oboro, precisamente eso, que nadie las contara enteras, le parecía insoportable.
Las torres de pergaminos
Se llamaba Tamiyo y tenía los ojos de un violeta tan intenso que su madre decía que se los había prestado el crepúsculo. Era pequeña incluso para una soratami, preguntaba demasiado para su edad y tenía la costumbre de desaparecer. Sus padres sabían dónde buscarla: siempre en el mismo sitio.
Las torres de pergaminos de Oboro eran la mayor biblioteca que la niña podía imaginar. Estanterías que se perdían hacia arriba en espiral, rollos atados con cintas de colores, cajas lacadas con sellos que nadie había abierto en generaciones. Allí se guardaban crónicas, genealogías, tratados sobre las mareas, canciones de pescadores, oraciones a kami olvidados y cuentos para dormir. Todo lo que alguien, alguna vez, había considerado digno de recordar.
Tamiyo flotaba entre los estantes con un rollo en cada mano y otro en el regazo. Leía de noche, a la luz de la luna, que en Oboro era casi tan clara como el día.
Antes de ser la sabia de la luna fue la niña que no dejaba un rollo sin abrir.
Tamiyo, estudiante inquisitivaTamiyo, Inquisitive Student
—Si lo lees todo, no te quedará nada por descubrir —le dijo una vez uno de los archiveros, un soratami anciano que llevaba siglos ordenando aquellas estanterías.
—Entonces escribiré yo lo que falte —respondió ella.
El viejo se rio. Tamiyo no. Lo decía completamente en serio.
El círculo de las historias
No solo leía. También escuchaba. En los barrios bajos de la ciudad, junto a los muelles de nubes donde atracaban los barcos voladores, había un grupo de ancianos que se reunía cada noche de luna llena a contar historias. No eran sabios ni eruditos: eran barqueros, tejedoras, un cocinero retirado. Se sentaban en corro, alguien empezaba un relato y los demás lo corregían, lo adornaban, discutían si el héroe había muerto de verdad o solo lo había parecido.
La primera vez que Tamiyo se sentó con ellos no abrió la boca en toda la noche. La segunda, pidió permiso para contar una historia que había leído en las torres. La tercera, los ancianos le guardaban sitio.
Un corro de voces bajo la luna llena: el lugar donde Tamiyo aprendió que las historias están vivas.
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Allí aprendió algo que los libros no enseñaban. Que una historia no es lo mismo en el papel que en la voz. Que cambia según quién la cuenta y quién la escucha. Y que, a veces, cuando alguien la cuenta bien, el aire alrededor se queda quieto, como si el mundo entero se parara a escuchar.
Una de esas noches, mientras Tamiyo contaba la leyenda de un pescador que había atrapado el reflejo de la luna en su red, el agua de una jarra cercana se levantó sola y dibujó en el aire la silueta de una red. Los ancianos se quedaron mudos. Tamiyo, también.
La magia de los relatos
Tardó años en entender lo que había pasado. Estudió en las torres, consultó a maestros, viajó a la orilla del gran lago de Minamo, donde siglos atrás había existido una famosa academia de magos que los soratami de entonces, según las crónicas, miraban con recelo.
Sus estudiantes se gradúan y entran en la historia.
La vieja academia de los magos: otra biblioteca más en el camino de una lectora incansable.
Minamo, la escuela al borde del aguaMinamo, School at Water's Edge
Lo que descubrió acabaría definiendo su vida: para ella, las historias no eran solo recuerdos. Eran conjuros. Si escribía un relato con el cuidado suficiente, y luego lo leía en voz alta en el momento adecuado, el relato hacía lo que contaba. Una historia sobre un escudo podía levantar un escudo. Una historia sobre una tormenta podía calmarla. Una historia sobre una prisión podía encerrar a quien la escuchaba.
Empezó a escribir sus propios pergaminos. Cientos. Los llevaba siempre consigo, flotando a su alrededor como un enjambre de papel, y aprendió a elegir el adecuado sin mirar. Algunos eran simples: luz, viento, una barrera. Otros eran tan peligrosos que los envolvió en anillas de hierro y se prometió no abrirlos salvo que el mundo se estuviera acabando.
Nadie sabe con exactitud cuándo despertó su chispa de planeswalker. Ella misma lo contaba de distintas maneras según el día, lo cual, conociéndola, quizá era una broma. Lo único seguro es que un día Tamiyo descubrió que había más mundos que Kamigawa. Y que, en todos ellos, había historias que nadie estaba escribiendo.
La promesa de volver
Podría haberse ido para siempre. Muchos planeswalkers lo hacen: descubren el Multiverso y su plano natal se convierte en un recuerdo lejano. Tamiyo no.
Se casó con Genku, un soratami paciente y de risa tranquila que nunca le pidió que dejara de viajar. Tuvieron dos hijos, Hiroku y Rumiyo, y formaron su hogar en Otawara, la ciudad voladora de los eruditos, una urbe moderna de canales en el aire y academias suspendidas sobre el mar. Con los años, aquella familia crecería todavía más, de formas que ni la propia Tamiyo esperaba.
El hogar al que Tamiyo volvía siempre, por lejos que la llevaran sus viajes.
Otawara, ciudad flotanteOtawara, Soaring City
Antes de cada viaje, Tamiyo hacía lo mismo: se sentaba con sus hijos, les contaba una historia y les prometía que volvería para contarles el final. Y siempre volvía. Siempre. Llegaba con los pergaminos llenos de mundos nuevos, se descalzaba en la puerta y pasaba noches enteras contando lo que había visto: dragones, ángeles, ciudades sin fin.
—¿Y tú sales en las historias? —le preguntó una vez Rumiyo, muy pequeña.
—No —contestó Tamiyo—. Yo solo las escribo. Las guardianas no salen en los cuentos.
Se equivocaba. Pero eso aún no lo sabía.
Su siguiente destino era un plano que llevaba tiempo llamándole la atención desde lejos. Un mundo de noches largas, donde la luna no solo alumbraba: mandaba. Donde los hombres se convertían en lobos cuando ella se llenaba y los muertos no siempre se quedaban quietos. Se llamaba Innistrad. Y Tamiyo, que había nacido bajo la luna, quería saber qué le hacía allí la luna a la gente.
El dueño de InnistradSorin Markov: el guardián imperfectoAntes de que Tamiyo llegara, Innistrad ya tenía un guardián, y un ángel nacido de su sangre. Esta es su historia.




