Elspeth Tirel no recordaba el nombre de su mundo. Recordaba el olor.
Olía a aceite quemado, a humo de leña húmeda y a algo dulzón que tardó años en saber identificar: el olor de la carne que alguien había abierto y vuelto a cerrar mal. Recordaba un campamento de tiendas remendadas al borde de unas ruinas, el frío de las noches y la voz de su madre cantándole en voz baja para que no oyera los ruidos de fuera. Recordaba, sobre todo, que en aquel mundo nadie miraba nunca al cielo con esperanza. El cielo era de donde bajaban ellos.
Muchos años después sabría que aquel lugar se llamaba Capenna. Pero eso llegará más tarde. Esta historia empieza con una niña que no sabía dónde estaba su casa y que pasó el resto de la vida buscándola.
El campamento
Los pirexianos habían llegado a Capenna antes de que Elspeth naciera, o eso le contaron. Un solo barco, decían los viejos, un barco negro que cayó del cielo como una piedra. De él salieron criaturas de metal y carne que no hablaban, no dormían y no se cansaban nunca. Los ejércitos del plano lucharon durante años. Hubo ángeles en aquellas batallas, ángeles de verdad, con alas y espadas de luz. Ni siquiera ellos bastaron.
Cuando Elspeth tuvo edad para entender algo, el mundo ya se había reducido a unos pocos refugios escondidos entre escombros. La gente vivía a medias: sembraba poco, hablaba bajo, enterraba deprisa. Su madre era de las que no se rendían. Cosía, curaba heridas, repartía lo poco que tenían y, cuando creía que nadie la oía, rezaba.
Rezaba a Serra.
Cinco mil años después, la pesadilla regresó.
Para Capenna, Pirexia no era un lugar lejano: era una puerta que se había quedado abierta.
Portal hacia PirexiaPortal to Phyrexia
Elspeth no sabía bien quién era Serra. Una santa, una diosa, una mujer que una vez había creado un cielo entero para los ángeles. No importaba. Le bastaba con que su madre pronunciara ese nombre con los ojos cerrados para sentir que, en algún sitio, alguien seguía de su lado. Aprendió las oraciones antes que las letras. Aprendió también que no había que decirlas en voz alta. Los pirexianos odiaban ese nombre más que cualquier otra cosa.
Una oración prohibida que una madre enseñó a su hija en susurros.
Serra, la BenévolaSerra the Benevolent
La jaula
Tenía trece años cuando los encontraron.
Fue de noche, sin aviso, como todo lo malo en aquel mundo. Hubo gritos, luces frías y un ruido metálico que no se parecía a nada. Elspeth y su madre acabaron en una prisión cerca de lo que había sido su aldea: un recinto de jaulas, cadenas y suelos que nunca estaban secos.
Los pirexianos no las mataron enseguida. Eso fue lo peor. Elspeth tardó en comprender por qué las mantenían vivas, y cuando lo entendió deseó no haberlo hecho. Los prisioneros eran un entretenimiento. Algunas de aquellas criaturas, las más rotas, las más extrañas, necesitaban algo con lo que ocupar las manos. Y los prisioneros servían para eso.
Su madre aguantó más de una semana. Seguía cantando por las noches. Seguía rezando. Seguía poniéndose delante de su hija cada vez que se abría la puerta de la jaula.
Hasta que una de esas veces no bastó.
Elspeth lo vio todo. No hay forma bonita de contarlo y ella nunca intentó buscarla. Su madre murió delante de ella, en el suelo de aquella prisión, a manos de una criatura que ni siquiera la miró a la cara. Y a la mañana siguiente, la niña siguió viva, porque así lo habían decidido otros.
"Your life was meaningless, but your death will glorify Yawgmoth."
— Tsabo Tavoc
En las jaulas de Capenna, la vida de los prisioneros era una moneda que otros gastaban.
Altar PirexianoPhyrexian Altar
El chico
En la jaula de al lado había un muchacho. Nunca supo su nombre, o lo olvidó tan pronto que daba igual. En su memoria se quedó como el Chico: flaco, sucio, con unos ojos que no se rendían del todo.
Fue él quien tuvo la idea.
—Cuando sacan a los muertos —susurró una noche, pegado a los barrotes—, no los miran. Los apilan y se los llevan. Si estamos debajo…
No terminó la frase. No hizo falta.
Esperaron a la siguiente recogida. Se escurrieron entre los cuerpos, se taparon con ellos, contuvieron la respiración hasta que les dolió el pecho. Elspeth sentía el peso frío encima y se obligaba a no pensar de quién era. Durante unos minutos, casi pareció que iba a funcionar.
Pero los pirexianos tenían otros sentidos. Los dos niños olían a vivos.
Los sacaron de la pila a tirones. Los arrastraron a una sala distinta, más limpia, más iluminada, llena de mesas y de instrumentos que brillaban. Los ataron. Una criatura se inclinó sobre Elspeth con algo afilado en la mano, con la calma de quien va a hacer un trabajo que ha hecho mil veces.
Elspeth cerró los ojos. Pensó en su madre. Pensó en Serra. Pensó, con una claridad que la asustó, que no quería morir allí. Que no quería que aquello fuera todo.
Y algo dentro de ella se rompió hacia fuera.
La chispa
No hubo luz. No hubo trueno. Simplemente, la sala dejó de estar.
Elspeth cayó por un sitio que no era ningún sitio: un vacío sin arriba ni abajo, lleno de colores que no tenían nombre, un frío que no era frío y una presión que parecía querer deshacerla. Gritó y no oyó su voz. Duró un instante o un siglo.
Luego hubo hierba.
Abrió los ojos bajo un sol enorme y amarillo. Olía a mar y a olivos. A lo lejos se veían colinas, columnas blancas, un cielo tan azul que dolía. Se quedó tumbada mucho rato, temblando, convencida de que estaba muerta y de que aquello era lo que venía después.
No estaba muerta. Era una planeswalker. Su chispa había despertado en el peor momento posible y la había lanzado lejos de Capenna, a un plano que más tarde aprendería a llamar Theros. No sabía qué le había pasado. No sabía volver. Y, sobre todo, no quería.
¿Y el Chico? Esa pregunta la acompañó toda la vida. No había forma de saberlo. Elspeth se fue y él se quedó en aquella mesa. A veces, de mayor, soñaba que volvía a buscarlo y que la sala estaba vacía. Otras veces soñaba que no lo estaba.
Las jaulas de Capenna la siguieron a todos los mundos, cada noche.
Pesadilla de ElspethElspeth's Nightmare
Una niña sola entre dioses
Pasó varios años en Theros sobreviviendo como pudo. Robó fruta, durmió en templos, aprendió el idioma a trompicones. Descubrió que en aquel mundo los dioses existían de verdad y que a veces miraban a los mortales desde el cielo nocturno. A Elspeth eso no la tranquilizaba. Sabía demasiado bien lo que era que te miraran desde arriba.
En algún momento de aquellos años encontró un arma: una espada antigua, extraña, que parecía demasiado grande para ella y que, sin embargo, le cabía en la mano como si la hubieran forjado a su medida. No sabía de dónde había salido. Solo sabía que, con ella cerca, dormía un poco mejor. Y también que, una noche, sintió encima la atención de algo inmenso, una mirada caliente como el mediodía. Huyó del plano sin pensarlo.
No era la última vez que Theros y ella se cruzarían.
Elspeth tenía dieciséis años cuando llegó a un mundo donde, por primera vez, nadie parecía tener miedo. Un mundo de castillos blancos, caballeros con armadura y prados donde se podía dormir al raso. Lo llamaban Bant.
Allí, pensó, quizá se pudiera vivir.



