La guerra por Mirrodin fue corta, desigual y terrible.
Empezó en los bordes. Una patrulla leonina que no volvía. Un pueblo de las llanuras que amanecía vacío. Rumores de criaturas que subían por las grietas del suelo, de soldados con armaduras blancas como porcelana y cuerpos que parecían a medio terminar. Durante semanas, los consejos mirranos discutieron si aquello era una amenaza real o un cuento para asustar a los niños.
Para cuando se pusieron de acuerdo, el enemigo ya estaba en sus calles.
Los mirranos lucharon con todo lo que tenían. Elfos, humanos, leoninos, goblins y vedalkens dejaron a un lado sus diferencias y se unieron contra la amenaza que subía desde el núcleo. Pero el enemigo no solo tenía ejércitos: tenía el aceite. Bastaba con que un guerrero recibiera una herida manchada de aquel fluido negro para que, días después, ya no fuera del todo él. La infección convertía a los defensores en atacantes. Cada batalla perdida significaba más enemigos para la siguiente.
Los que acudieron
Algunos planeswalkers llegaron a Mirrodin cuando la guerra ya había empezado. Uno de ellos era Koth, un mirrano nacido allí, un geomante que podía hacer hervir el metal con la rabia de sus manos. No pensaba abandonar su mundo, pasara lo que pasara.
Nació en el metal de Mirrodin y juró no abandonarlo nunca.
Koth del MartilloKoth of the Hammer
Otra era Elspeth, una guerrera que ya había sufrido a los pirexianos de pequeña en otro plano y sabía lo que significaba aquella mancha negra. Y el tercero era Venser, un artífice dominario, inquieto y brillante, que llegó acompañando a un amigo.
Ese amigo era Karn.
El creador infectado
Karn había vuelto a Mirrodin al sentir que algo iba mal en su creación. Y al llegar, había descubierto la verdad: aquel horror había salido de él. De la gota de aceite que llevaba dentro desde hacía siglos. Peor todavía: el aceite estaba despertando en su propio cuerpo. Karn empezaba a oír voces. A pensar como pensaban los pirexianos.
Los pirexianos de Mirrodin llegaron a verlo como una especie de profeta. Su creador. Su padre. Querían convertirlo en su nuevo líder, en el dios que ocupara el lugar vacío de Yawgmoth.
Venser no lo permitió.
Viajó a un mundo en guerra para salvar a un amigo. Lo salvó con lo único que tenía.
Venser, el TranseúnteVenser, the Sojourner
Venser no era un héroe de los que salen en las canciones. Era nervioso, desconfiado, a veces insoportable. Pero había visto a Karn en sus peores momentos y sabía que, debajo de aquellas voces, seguía estando el gólem amable que odiaba la violencia. No pensaba dejarlo convertirse en el nuevo Yawgmoth.
Hizo algo que muy pocos planeswalkers han hecho jamás. Le entregó su chispa a Karn. Toda ella. Esa energía purificó al gólem, quemó el aceite que lo estaba devorando y le devolvió su mente. A cambio, Venser murió.
Karn se marchó de Mirrodin destrozado, cargando con una culpa que ya nunca lo abandonaría.
Melira
En medio de la guerra hubo un pequeño milagro. Una joven sylvok llamada Melira resultó ser inmune a la infección pirexiana. El aceite no podía tocarla. Durante un tiempo, los mirranos supervivientes la protegieron como a un tesoro: tal vez su sangre guardaba el secreto de una cura.
Antes, un paria. Ahora, la mayor esperanza de Mirrodin.
La única persona de Mirrodin a la que el aceite no podía tocar.
Melira, paria sylvokMelira, Sylvok Outcast
Pero no había tiempo para curas. La resistencia mirrana fue cayendo ciudad a ciudad. Los últimos defensores se refugiaron en las profundidades, en túneles y cavernas que conocían mejor que el enemigo, mientras arriba, en la superficie, los pirexianos levantaban sus primeras catedrales. Cada noche se oían menos voces libres y más cantos al unísono.
Los pirexianos ganaron la guerra. Elspeth tuvo que huir del plano. Koth se quedó, escondido con la resistencia, y los mirranos supervivientes pasaron a vivir en la clandestinidad.
Mirrodin había dejado de existir. En su lugar nacía otra cosa.
Los cinco praetores
El nuevo mundo se llamó Nueva Pirexia. Y como no tenía un dios único, se repartió entre cinco señores, cada uno con su propia visión de la perfección. Los llamaban praetores.
En lo más alto de aquel reparto, aunque los demás no lo admitieran, estaba la más temible: Elesh Norn, la gran cenobita, líder de la facción blanca. Era alta, pálida, con un cuerpo que parecía una catedral hecha de carne y porcelana. Predicaba la unidad, el orden y la obediencia. Para ella, Nueva Pirexia debía ser una sola voz cantando un mismo himno. Y todo lo que no cantara, sobraba.
"¡Regocíjense, evangelistas benditos! La gloriosa luz del perfeccionamiento está cerca. Pronto, despertaremos al Multiverso de su letargo".
Hablaba de unidad con una voz suave. Esa voz ordenó la compleción de mundos enteros.
Elesh Norn, Gran CenobitaElesh Norn, Grand Cenobite
Junto a ella estaban los demás. Jin-Gitaxias, el sabio de la facción azul, obsesionado con mejorar y mejorar sin descanso. Sheoldred, la susurrante, señora de la facción negra, que gobernaba con el miedo y el hambre. Vorinclex, la bestia de la facción verde, para quien solo sobrevivía el más fuerte. Y Urabrask, el silencioso de la facción roja, el único de los cinco que parecía tener dudas.
De los cinco praetores, ninguno disfrutaba tanto como ella del miedo ajeno.
Sheoldred, la SusurradoraSheoldred, Whispering One
"No es un objetivo, sino un proceso; el proceso de crear una Pirexia perfecta."
Jin-Gitaxias, presagio del núcleoJin-Gitaxias, Core Augur
Una idea que no cabía en un solo mundo
Durante años, los praetores se pelearon entre ellos por el control de Nueva Pirexia. Pero poco a poco, la voz de Elesh Norn se fue imponiendo. Y su visión era mucho más grande que la de los demás.
Norn había leído las viejas escrituras. Sabía que Yawgmoth había querido Dominaria y que había fracasado. Pero Yawgmoth había pensado en pequeño. Ella no. Ella miraba más allá de un solo plano.
Si la perfección era buena para Mirrodin, ¿por qué no para todos los mundos? ¿Por qué no para el Multiverso entero?
Para eso necesitaba tiempo, recursos y algo que Yawgmoth nunca había tenido: una manera de llegar a todos los planos a la vez. Necesitaba también planeswalkers. Seres con chispa, capaces de cruzar entre mundos, convertidos en sus herramientas. El viejo dios había querido un mundo perfecto. Ella quería un Multiverso perfecto, sin una sola voz desafinada.
Desde su trono, Elesh Norn empezó a soñar con una invasión que haría que la de Yawgmoth pareciera un ensayo.





