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Capítulo 6 de 7 · 5 min de lectura

Las sombras sobre Dominaria

Pirexia vuelve a Dominaria con agentes durmientes y una praetora hambrienta. Un grupo de planeswalkers viaja al corazón de Nueva Pirexia para cortar el mal de raíz.

Durante mucho tiempo, los habitantes de Dominaria pensaron que lo peor había pasado. Habían sobrevivido a la invasión de Yawgmoth. Habían reconstruido sus ciudades, replantado sus bosques, enterrado a sus muertos. Los pirexianos eran ya cosa de libros de historia.

Se equivocaban.

Las primeras señales fueron pequeñas y fáciles de ignorar. Un mercader que desaparecía y volvía semanas después, más callado, más amable de la cuenta. Un oficial que daba órdenes extrañas. Un sacerdote que hablaba de la «perfección» con un brillo raro en los ojos. Cada caso, por separado, tenía una explicación. Juntos dibujaban algo que nadie quería ver.

Los durmientes

Nueva Pirexia no atacó de frente. Primero envió espías: pirexianos con apariencia perfectamente humana, mezclados con la gente corriente, que vivían vidas normales hasta que recibían la orden de actuar. Algunos se infiltraron en cortes y gobiernos. Otros en ejércitos. Alguno, incluso, entre los propios héroes de Dominaria.

Detrás de todo estaba Sheoldred. La praetora de la facción negra había puesto los ojos en Dominaria y se había instalado en sus rincones más oscuros. Desde allí movía sus hilos con paciencia, como una araña que sabe que la mosca acabará cayendo en la red.

Sheoldred, el Apocalipsis

"Gix fracasó, pero yo no lo haré".

Volvió al mundo que había derrotado a Yawgmoth para terminar lo que él empezó.

Sheoldred, el ApocalipsisSheoldred, the Apocalypse

La coalición

Algunos se dieron cuenta a tiempo. Karn, que había vuelto a Dominaria cargando con su culpa, sabía mejor que nadie lo que significaban las manchas de aceite. Teferi, un planeswalker de Dominaria con siglos de experiencia, conocía la historia de la primera invasión. Con ellos se juntaron otros: la artífice Jhoira, vieja amiga de Karn, el planeswalker leonino Ajani y gente de todos los rincones del plano.

Intentaron hacer lo que nadie había hecho durante la invasión de 4205: unir a los pueblos de Dominaria antes de que llegara la guerra, no después.

No era tarea fácil. Benalia desconfiaba de Keld, los elfos de Llanowar desconfiaban de todos, y cada reino tenía su propia lista de agravios antiguos. Hubo reuniones interminables, discursos, tratados firmados a regañadientes. Teferi, con siglos de paciencia, hacía de mediador. Karn, que había visto lo que pasaba cuando Dominaria llegaba tarde, insistía una y otra vez: no hay tiempo, no hay tiempo, no hay tiempo.

Lo consiguieron solo a medias. Y lo pagaron caro.

Ertai resucitado

Algunos que volvieron de las garras de Pirexia nunca volvieron del todo.

Ertai resucitadoErtai Resurrected

La traición

En el peor momento, cuando la coalición luchaba contra las fuerzas de Sheoldred, uno de los suyos se dio la vuelta.

Ajani. El leonino sabio, generoso, el que había sido mentor y amigo de tantos planeswalkers. El que había luchado junto a Gideon, Jace y Chandra en tantas batallas. Los pirexianos lo habían capturado tiempo atrás, lo habían compleado y lo habían devuelto a casa como un agente durmiente. Nadie lo había notado. Ni siquiera él, quizá.

Cuando despertó la orden en su interior, Ajani atacó a sus compañeros sin un parpadeo.

Ajani, Sleeper Agent

Llevaba años luchando junto a ellos. Ninguno sabía que ya no era él quien luchaba.

Ajani, Sleeper Agent

Karn lo miró sin poder creérselo. Teferi tardó un segundo de más en reaccionar. En la cara de Ajani no había rabia, ni culpa, ni duda: solo una calma blanca, como de porcelana. La misma calma que tenían los soldados de Elesh Norn. La coalición consiguió escapar, pero dejó atrás algo más importante que una batalla: la confianza.

Fue en ese momento cuando todos entendieron la verdadera escala del peligro. Si Pirexia había podido convertir a Ajani, podía convertir a cualquiera. Ninguna alianza era segura. Ninguna amistad.

El viaje al corazón de la máquina

Los planeswalkers decidieron que no podían esperar. Había que atacar Nueva Pirexia directamente, antes de que Elesh Norn lanzara su invasión. Un grupo de ellos viajó al plano de metal con un plan arriesgado y una sola oportunidad.

Allí estaban Elspeth, que conocía aquel mundo de cuando era Mirrodin. Kaya, Kaito, Tamiyo, Vraska. Jace Beleren, el telépata que lo recordaba todo. Y Nahiri, la litomante de Zendikar, que por una vez dejaba a un lado sus propias venganzas para luchar contra algo peor.

El plano que encontraron ya no se parecía en nada al Mirrodin que Elspeth recordaba. Los cinco soles se habían apagado o corrompido. Las llanuras de metal estaban cubiertas de catedrales de carne y porcelana, los bosques de cobre se habían convertido en granjas donde se cultivaban cuerpos, y en el aire flotaba un himno constante, una sola voz repetida por millones de gargantas. La voz de Elesh Norn.

Nueva Pirexia se los fue tragando uno a uno.

Nahiri, la Despiadada

Llevaba siglos sin perdonar a nadie. En Nueva Pirexia descubrió que había enemigos peores que Sorin.

Nahiri, la DespiadadaNahiri, the UnforgivingDesde 1,82 €

Los perfeccionados

La misión fracasó. Algunos murieron. Otros, peor todavía, fueron compleados.

Jace, cuya mente había sido siempre su gran fortaleza, se convirtió en una máquina pensante al servicio de Pirexia. Vraska, la reina de las gorgonas de Ravnica, que lo amaba, corrió la misma suerte. Tamiyo también cayó. Y la elfa Nissa, la planeswalker de Zendikar que hablaba con el alma de los mundos, también había sido compleada y convertida en una de las armas más terribles de Elesh Norn.

Jace, la Mente Perfeccionada

La mente más brillante del Multiverso, ahora al servicio de una sola voz.

Jace, la Mente PerfeccionadaJace, the Perfected Mind

Para quienes conocían la historia de la Guardia, aquello fue lo más difícil de aceptar. Jace había sido el estratega del grupo. Nissa, su conexión con la vida. Ajani, su consejero más sabio. Gideon ya no estaba; había muerto en Ravnica protegiendo a los demás, como siempre había hecho. Y Liliana, la que más había jugado con los límites entre el bien y el mal, andaba lejos de todo aquello. De los que habían pronunciado aquel juramento años atrás, cada vez quedaban menos en pie y con su propia voluntad.

Elspeth logró escapar. También alguno más. Pero volvieron con una noticia terrible.

Elesh Norn no estaba preparando una invasión de Dominaria. Estaba preparando una invasión de todo. Había construido un árbol inmenso, un monstruo de metal y raíces capaz de atravesar las barreras entre mundos. Y ahora tenía en sus filas a varios de los planeswalkers más poderosos del Multiverso.

En su trono, la gran praetora se permitió algo parecido a una sonrisa.

Elesh Norn, Madre de las Máquinas

Yawgmoth soñó con un mundo. Ella soñaba con todos.

Elesh Norn, Madre de las MáquinasElesh Norn, Mother of Machines

Antes de la compleciónJace Beleren: la mente que lo recuerda todoQuién era Jace antes de que Pirexia lo convirtiera en otra cosa: su pasado, sus pérdidas y la Guardia. La litomante de ZendikarNahiri: la piedra que no olvidaLa historia de la planeswalker que pasó mil años encerrada en piedra y nunca aprendió a perdonar.

Fin del capítulo 6

Siguiente · Capítulo 7La Marcha de las MáquinasLas raíces de un árbol de metal atraviesan todos los mundos a la vez. Es la hora de la última guerra contra Pirexia.Seguir leyendo →

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