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Capítulo 7 de 7 · 5 min de lectura

La Marcha de las Máquinas

Las raíces de un árbol de metal atraviesan todos los mundos a la vez. Es la hora de la última guerra contra Pirexia.

Empezó con un temblor que se sintió en todos los mundos al mismo tiempo.

En Ravnica, la ciudad infinita, la tierra se abrió entre los edificios. En Zendikar, las montañas crujieron. En Kaladesh, en Theros, en Innistrad, en Dominaria y en decenas de planos más, algo enorme rompió el cielo y el suelo a la vez. Eran raíces. Raíces de metal, gruesas como torres, que bajaban desde ninguna parte.

Era el árbol de Elesh Norn. Lo llamaban Realmbreaker, el que rompe los reinos. Y por sus ramas, como por un sistema de venas, bajaban los ejércitos de Nueva Pirexia a todos los rincones del Multiverso.

Romperreinos, el Árbol de la Invasión

Un solo árbol con raíces en todos los mundos. Por cada rama, un ejército.

Romperreinos, el Árbol de la InvasiónRealmbreaker, the Invasion Tree

Todos los mundos a la vez

Lo que siguió fue la Marcha de las Máquinas. Durante días, el Multiverso entero estuvo en guerra.

Ningún plano estaba a salvo. Los pirexianos atacaron las ciudades de Ravnica y las estepas de Tarkir, los templos de Amonkhet y los castillos de Eldraine. En Zendikar, Nahiri, ya compleada, luchaba ahora del lado del enemigo. En otros mundos, los planeswalkers compleados hacían lo mismo: Nissa, Jace, Vraska, todos convertidos en armas.

Los planeswalkers libres tuvieron que repartirse. Cada uno defendía su mundo, o el que tenía más cerca, sabiendo que en ese mismo instante otros diez estaban cayendo. Chandra Nalaar ardía en primera línea, más furiosa que nunca, porque entre los compleados estaba Nissa, la mujer a la que amaba.

Chandra, faro de la esperanza

Ardió más que nunca, porque esta vez quemaba por alguien a quien quería recuperar.

Chandra, faro de la esperanzaChandra, Hope's Beacon

Muchos echaron de menos a los que ya no estaban. Gideon Jura, el escudo de los demás, había muerto años atrás en Ravnica, y nadie ocupó del todo su lugar en las primeras filas. La vieja Guardia, la que había jurado proteger el Multiverso, estaba rota: unos muertos, otros compleados, otros dispersos.

El regreso de Zhalfir

En Dominaria hubo una sorpresa. Siglos atrás, Teferi había sacado de la realidad su tierra natal, Zhalfir, para salvarla de una catástrofe. Ahora, en medio de la invasión, Zhalfir volvió. Y no volvió con las manos vacías: sus gentes llevaban tiempo preparándose para una guerra como esta.

Teferi Akosa de Zhalfir

Teferi había escondido su hogar del tiempo. Volvió justo cuando más falta hacía.

Teferi Akosa de ZhalfirTeferi Akosa of Zhalfir

Wrenn y Siete

Mientras los ejércitos luchaban en cada mundo, un grupo de planeswalkers se infiltró en Nueva Pirexia para atacar el corazón del problema: el propio árbol.

Entre ellos estaban Wrenn y Siete, una dríade y el espíritu de un árbol que viajaban juntos, fundidos en una sola planeswalker. Wrenn tenía un don muy particular: podía unirse a los árboles. Sentirlos. Hablar con ellos.

Y Realmbreaker, por mucho metal que tuviera, seguía siendo un árbol.

Wrenn se unió a él. Fue como sumergirse en un océano de aceite y odio. El árbol intentó convertirla, devorarla, borrarla. Ella resistió el tiempo suficiente para tomar el control de sus ramas. Por primera vez, Realmbreaker dejó de obedecer a Elesh Norn.

Wrenn y el Romperreinos

Para salvar el Multiverso, Wrenn tuvo que convertirse en lo que más odiaba.

Wrenn y el RomperreinosWrenn and RealmbreakerDesde 4,63 €

Lo pagó con su vida. Teferi, después, encontró la bellota de Wrenn y la plantó en una colina, como quien guarda una esperanza.

Karn y la gran praetora

En el centro de Nueva Pirexia esperaba Elesh Norn. Había vencido a sus rivales: había mandado ejecutar a Sheoldred y había acabado con Urabrask. Los otros praetores habían caído por sus propias ambiciones. Por fin era la única voz de Pirexia.

Desde su trono escuchaba el himno de millones de gargantas en cientos de mundos. Era, por fin, la armonía que siempre había soñado. Solo faltaban unos pocos versos por completar.

Pero allí también estaba Karn.

El gólem de plata que había llevado la gota de aceite a Mirrodin. El que había creado, sin quererlo, aquel mundo de horror. El que había cargado durante años con esa culpa. Karn había llegado al final de un camino que empezó con Urza, con el Legado, con la guerra contra Yawgmoth.

Elesh Norn le habló como habían hablado siempre los pirexianos: de perfección, de unidad, del lugar que le correspondía como padre de aquel mundo. Era la misma canción que Yawgmoth había cantado a los enfermos de tisis cinco mil años atrás. Karn la había oído demasiadas veces.

Y fue Karn quien acabó con Elesh Norn.

Karn, legado reforjado

Pirexia nació de una gota que él llevó dentro. Él mismo le puso fin.

Karn, legado reforjadoKarn, Legacy Reforged

Sin la gran praetora y sin el control del árbol, la invasión se derrumbó. Los ejércitos pirexianos se quedaron sin voz. Nueva Pirexia, el mundo que había sido Mirrodin, empezó a morir, y acabó arrojado al vacío que Zhalfir había ocupado.

Lo que costó

La victoria tuvo un precio terrible. Murieron muchos, planeswalkers incluidos. Tamiyo, Lukka y tantos otros. Melira, la sylvok inmune al aceite, logró curar a Ajani y a Nissa antes de morir. Nissa sobrevivió, pero perdió su chispa. Nahiri despertó en Zendikar sin rastro de Pirexia en su cuerpo y juró cerrar su mundo a los extraños para siempre. Jace y Vraska recuperaron sus mentes, aunque las cicatrices de la compleción no se borran tan fácilmente.

Y algo más cambió. Algo profundo, en la forma misma del Multiverso. Las chispas de los planeswalkers ya no serían lo que habían sido. Entre los mundos empezaron a abrirse pasos nuevos, caminos por los que la gente corriente podía cruzar de un plano a otro sin necesidad de ninguna chispa. La era de los viejos planeswalkers casi todopoderosos había terminado.

Invasión de Nueva Phyrexia

La última batalla se libró en la casa del enemigo. La ganaron por muy poco.

Invasión de Nueva PhyrexiaInvasion of New Phyrexia

Epílogo

Cinco mil años antes, en una ciudad perfecta llamada Halcyon, un médico expulsado había mirado un mundo artificial y había sentido que le esperaba. De aquella mirada nacieron dos invasiones, dos guerras entre hermanos, un mundo de metal corrompido y una marcha que estuvo a punto de devorarlo todo.

Hoy Pirexia parece vencida. Pero quien conozca su historia sabe que el aceite tiene paciencia. Y que basta con una sola gota.

Dónde empezó todoYawgmoth: el padre de PirexiaEl sanador thran que soñó con perfeccionar la carne y acabó convertido en dios de las máquinas. La llama que no se apagaChandra Nalaar: la llama de KaladeshLa historia de la piromante que ardió en la Marcha de las Máquinas para recuperar a Nissa.

Fin de «La invasión pirexiana: de Urza a Elesh Norn»

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En esta historia: UrzaMishraKarnElesh NornSheoldredJace BelerenNahiri