Se despertó con arena en la boca.
Hacía calor. El sol caía a plomo sobre una playa blanca, el mar lamía sus pies y, detrás, una selva espesa zumbaba de insectos. Le dolía la cabeza como si se la hubieran abierto en dos. Se incorporó despacio, miró a su alrededor y se hizo la pregunta más sencilla del mundo.
¿Dónde estoy?
Y después, una peor.
¿Quién soy?
Sin nombre, sin pasado, sin nadie. Solo una isla y un talento que no entendía.
Jace, náufrago astutoJace, Cunning Castaway
La isla inútil
No recordaba nada. Ni su nombre, ni su mundo, ni cómo había llegado allí. Sabía hablar. Sabía pensar. Y sabía, aunque no entendía por qué, que podía hacer cosas raras con la mente: crear imágenes que no existían, oír lo que pensaban los animales, adivinar el siguiente movimiento de un cangrejo antes de que lo hiciera.
Vivió así un tiempo. Comiendo lo que encontraba, durmiendo bajo las hojas, hablando solo. Exploró la isla de punta a punta. Era pequeña, pobre y bastante aburrida. Él la bautizó, con un sentido del humor que todavía no sabía que tenía, como la Isla Inútil.
Nunca se le ocurrió intentar irse de otro modo que nadando. Porque no recordaba que era un planeswalker. Y aunque lo hubiera recordado, en aquel mundo no habría servido de nada: algo en Ixalan impedía que los planeswalkers se marcharan. Una fuerza antigua, enterrada en algún lugar, que retenía a quien llegaba como una red.
La capitana
Lo encontró un barco pirata. Se llamaba el Beligerante, y lo capitaneaba una mujer que no se parecía a nadie que él hubiera visto, o al menos recordara haber visto: piel verdosa, ojos dorados, y en lugar de pelo, una corona de tentáculos que se movían solos.
Era una gorgona. Se llamaba Vraska.

Vraska, buscadora de reliquiasVraska, Relic Seeker
Ella lo sacó del agua y estuvo a punto de devolverlo a ella. Desconfiaba de él. Lo conocía, aunque él no la conociera: en otra vida, en otra ciudad, Jace Beleren había sido alguien poderoso que se había cruzado en su camino, y no para bien. Pero aquel náufrago confuso, que hacía chistes malos y la miraba sin miedo, no se parecía en nada al hombre que ella recordaba.
Así que lo dejó quedarse. Como navegante.
Resultó que se le daba muy bien. Leía los mapas como si los hubiera dibujado él, adivinaba las corrientes y, con sus ilusiones, podía hacer que el barco pareciera otra cosa ante los enemigos. La tripulación empezó a quererlo. Vraska, más despacio, también.
La ciudad dorada
Vraska buscaba algo. Una ciudad perdida en el corazón de la selva, Orazca, la ciudad dorada, y en ella un artefacto de leyenda: el Sol Inmortal. Lo buscaban también los piratas rivales, los vampiros de un imperio lejano, los tritones del río y el pueblo dinosaurio de los soles. Medio Ixalan estaba en carrera hacia el mismo tesoro.

Arco de OrazcaArch of Orazca
Jace la ayudó. Y en el camino, poco a poco, empezaron a volver los recuerdos. A trozos. A destellos. Una ciudad sin cielo. Unos anillos flotando sobre un valle. Un soldado de armadura dorada. Una mujer de ojos violeta. Le llegaban de noche, en sueños, y por la mañana no sabía si eran suyos o inventados.
La memoria le volvió del todo en Orazca, cuando las aguas de la ciudad dorada lo golpearon con una fuerza que no era solo de agua. Jace se levantó empapado, temblando, y de pronto lo supo todo. Su nombre. Vryn. Alhammarret. Ravnica. La Guardia. Amonkhet. El dragón.
Y el motivo de la amnesia. En la lucha contra Bolas, en lo más hondo de aquel ataque, algo se le había roto por dentro, algo relacionado con lo que había visto en Innistrad y que la mente no estaba hecha para guardar. Nunca llegó a entenderlo del todo. Solo supo que el dragón le había costado su propio pasado.
Otra vez.
El pacto de los dos
Con los recuerdos llegó también la verdad sobre Vraska. Ella trabajaba para Nicol Bolas. El dragón le había prometido algo que deseaba con toda su alma: el poder en su gremio de Ravnica, los Golgari, a cambio de llevarle el Sol Inmortal.
Jace podía haberla odiado. No pudo. Había navegado meses a su lado. Había visto cómo trataba a su tripulación, cómo luchaba por los suyos, lo que llevaba dentro bajo tanta dureza. Y Vraska, a su vez, ya no veía en él al hombre que recordaba, sino a otro.
—Si vuelvo con él sabiendo lo que sé ahora, me leerá —le dijo ella—. Lo verá todo.
Así que idearon un plan. Jace guardaría en un rincón sellado de la mente de Vraska lo que habían vivido juntos: la amistad, la confianza, el pacto de ayudarse contra el dragón. Ella volvería con Bolas como si nada hubiera pasado. Y cuando llegara el momento, en Ravnica, Jace le devolvería la llave.
Esta vez no borró los recuerdos de nadie. Los escondió para protegerlos.
Jace, mago mental ingeniosoJace, Ingenious Mind-Mage
El juez del faro
Quedaba una última sorpresa. El Sol Inmortal lo había creado un planeswalker muy antiguo: el mismo Azor que, milenios atrás, había escrito el pacto que unía los gremios de Ravnica. El mismo cuyo laberinto había convertido a Jace en el Pacto Viviente.
Azor seguía allí, convertido en una esfinge vieja y orgullosa que se creía con derecho a juzgar mundos enteros.

Azor, el LegisladorAzor, the Lawbringer
Jace lo encontró y, por primera vez, ejerció de verdad el cargo que el laberinto le había dado. Como Pacto Viviente, como la ley encarnada de lo que Azor había creado, lo juzgó. Y lo condenó a pasar el resto de sus días en un sitio concreto. Una isla pequeña, pobre y bastante aburrida.
La Isla Inútil.
Azor no lo entendió. Jace sí. Había algo muy satisfactorio en cerrar el círculo.
Después, el Sol Inmortal desapareció de Ixalan, y los planeswalkers pudieron volver a marcharse. Jace se despidió de Vraska en una playa. No hubo besos. Hubo una promesa.
—En Ravnica —dijo ella.
—En Ravnica —dijo él.
Ninguno de los dos sabía lo que iba a encontrarse allí.
El tesoro que todos buscaban acabó en las peores garras posibles.
El Sol InmortalThe Immortal Sun


