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Capítulo 1 de 7 · 5 min de lectura

Dos hermanos y una piedra

Dos huérfanos, una arqueóloga y una cueva llena de secretos thran. Todo lo que vino después empezó aquí.

Todas las guerras de Pirexia contra el Multiverso empezaron, de una forma u otra, con dos niños discutiendo.

Se llamaban Urza y Mishra. Eran hermanos, hijos de una familia acomodada de Argive, en el oeste de Dominaria. Urza era el mayor por poco, y desde muy pequeño fue de esos niños que desmontan todo lo que tocan para ver cómo funciona. Mishra era distinto: más abierto, más simpático, mejor con la gente. A Urza le interesaban las máquinas. A Mishra le interesaba ganar a Urza.

Cuando su padre murió, en casa les dejaron claro que ninguno de los dos era bienvenido. Así que los mandaron lejos, al desierto, con una mujer que se dedicaba a desenterrar el pasado.

Llegaron al campamento una tarde de viento, cubiertos de polvo, con una bolsa cada uno y la misma cara de no querer estar allí. Urza se quedó mirando una máquina medio enterrada junto a la tienda principal, un amasijo de engranajes antiguos que nadie había conseguido poner en marcha. Mishra se quedó mirando a la gente.

Esa misma noche, Urza ya había desmontado media máquina. Y Mishra ya conocía el nombre de todos los trabajadores del campamento.

Ahí estaba, en pequeño, todo lo que vendría después.

La excavación de Tocasia

Tocasia era arqueóloga, maestra y, durante unos años, lo más parecido a una madre que tuvieron los hermanos. Llevaba media vida excavando en las arenas buscando restos de los thran, una civilización antiquísima de la que solo quedaban ruinas, mecanismos rotos y leyendas.

Tocasia, mentora de la excavación

Les enseñó a desenterrar el pasado. No llegó a enseñarles a dejarlo en paz.

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Con ella, los chicos aprendieron a limpiar engranajes con cepillos diminutos, a leer símbolos olvidados, a reconstruir máquinas que nadie había tocado en milenios. Los dos eran buenísimos. Y precisamente por eso, entre ellos, cada pequeño descubrimiento se convertía en una competición.

—Yo lo he visto primero —decía Mishra.

—Pero yo he entendido para qué sirve —respondía Urza.

Tocasia se reía y les decía que había ruinas de sobra para los dos. Se equivocaba.

Recibimiento de Tocasia

"Su padre era un querido amigo al que debo mucho. Quería que cuidara de ustedes si le llegaba a pasar algo".

En el campamento de Tocasia siempre había sitio para un aprendiz más.

Recibimiento de TocasiaTocasia's Welcome

Koilos

Un día, siguiendo pistas de los viejos textos, llegaron a unas cuevas en una región llamada Koilos.

La bajada duró horas. Los pasillos eran demasiado rectos para ser naturales y demasiado limpios para tener la edad que tenían. A medida que descendían, el aire se volvía más tibio y en las paredes empezaban a aparecer símbolos que ni siquiera Tocasia sabía leer. En un recodo encontraron restos de autómatas thran, derrumbados como soldados que se hubieran quedado dormidos en su puesto. Mirando hacia una misma puerta. Montando guardia.

—Estaban protegiendo algo —susurró Mishra.

—O impidiendo que saliera —contestó Urza.

Fue una de las pocas veces en su vida en que los dos acertaron a la vez.

Allí abajo, en lo más profundo, encontraron una cámara intacta. Las paredes estaban cubiertas de mecanismos thran que todavía parecían funcionar. Y en el centro, sobre una especie de altar, brillaba una piedra de poder enorme.

Ninguno de los dos había visto nunca nada igual. Era como mirar una estrella atrapada en cristal.

Lo que no sabían es que aquella piedra no era un tesoro. Era una cerradura. Cinco mil años antes, una artífice thran llamada Rebbec la había colocado allí para mantener cerrada la puerta de un mundo terrible. Al otro lado esperaba alguien que llevaba milenios contando los días.

Portal thran

Los hermanos buscaban un tesoro. Encontraron una puerta.

Portal thranThran Portal

El momento en que todo se rompió

Urza y Mishra tocaron la piedra a la vez. Hubo un destello, una sacudida, un ruido como de cristal partiéndose. Cuando pudieron volver a ver, cada uno sujetaba un pedazo.

Las dos mitades eran distintas. La de Urza parecía darle claridad, una mente más afilada, una capacidad casi sobrenatural para entender las máquinas. La llamó la Piedra de la Fuerza. La de Mishra era más oscura, más inquieta. Le susurraba cosas. Urza la bautizó, con un desprecio que su hermano nunca le perdonó, como la Piedra de la Debilidad.

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Cada hermano se quedó con media piedra y con la certeza de que la otra mitad era suya.

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Desde ese día dejaron de ser dos chicos que competían y pasaron a ser dos rivales que se odiaban. Cada uno estaba convencido de que el otro le había robado algo. Y en cierto modo los dos tenían razón.

La pelea

La ruptura definitiva llegó poco después. Una discusión, un golpe, un incendio en el campamento. Tocasia intentó separarlos, como tantas otras veces. Esta vez no salió bien. La maestra que los había criado murió en medio de la pelea de sus dos alumnos.

Mishra huyó al desierto. Urza se marchó hacia el norte, a la ciudad de Kroog, con su piedra, su talento y una culpa que nunca supo gestionar.

Urza, príncipe de Kroog

El príncipe consorte accedió gratamente a que las arcas de Yotia financiaran su extravagante investigación.

En Kroog encontró una corte, una esposa y un taller. Lo que no encontró fue la paz.

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Caminos separados

En Kroog, Urza se convirtió en el gran artífice del reino. Se casó con la princesa Kayla, construyó máquinas que nadie había imaginado y reunió a su alrededor a los mejores inventores de su tiempo, como el joven y brillante Tawnos.

En el desierto, Mishra se ganó la confianza de los fallaji, un pueblo nómada orgulloso y guerrero. Empezó como esclavo, siguió como consejero y terminó como su gran líder, al frente de ejércitos enteros. Allí aprendió a mandar y descubrió que la Piedra de la Debilidad, en manos de alguien con ambición, podía ser un arma terrible. A su lado estaba Ashnod, una artífice brillante y sin demasiados escrúpulos.

Mishra, el Ilustre

El hermano pequeño encontró en el desierto lo que nunca tuvo en casa: gente que lo seguía.

Mishra, el IlustreMishra, Eminent One

Cada uno contaba la historia de Koilos a su manera. En Kroog decían que Mishra había intentado robar la piedra entera. Entre los fallaji decían que Urza había roto el tesoro por pura envidia. Ninguna de las dos versiones era cierta, pero las dos se repitieron tantas veces que acabaron siendo verdad para quien las contaba.

Los dos hermanos tenían ahora reinos, ejércitos, talleres y una herida abierta. Era solo cuestión de tiempo que se encontraran.

Y en las profundidades de Koilos, donde antes había una cerradura, ahora había una rendija. Desde el otro lado, unos ojos que no eran humanos observaban a los hermanos con mucho interés.

Quién esperaba al otro ladoYawgmoth: el padre de PirexiaLa historia del médico thran que se convirtió en dios de las máquinas, y de por qué la piedra de Koilos estaba allí.

Fin del capítulo 1

Siguiente · Capítulo 2La Guerra de los HermanosDos genios, dos ejércitos de máquinas y un bosque sagrado. La guerra que convirtió a Urza en planeswalker y congeló el mundo.Seguir leyendo →

En esta historia: UrzaMishraKarnElesh NornSheoldredJace BelerenNahiri