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Capítulo 3 de 6 · 5 min de lectura

El Ojo y el Laberinto

En Zendikar, Jace ayuda sin saberlo a liberar a los Eldrazi. En Ravnica, resuelve un laberinto y se convierte en la ley viva de una ciudad entera.

El pergamino lo empezó todo.

Chandra Nalaar, una pirómana joven y temeraria, lo había robado en una biblioteca de Kephalai. Era un texto antiguo, lleno de símbolos que nadie sabía leer, que hablaban de un lugar en Zendikar: el Ojo de Ugin. Medio Multiverso andaba detrás de aquel pergamino, y Jace, que nunca supo dejar un misterio sin resolver, se dejó arrastrar.

Llegó a Zendikar siguiendo a Chandra. Al principio, para quitárselo. Después, sin saber muy bien cómo, para ayudarla.

Chandra en llamas

Jace la siguió por un pergamino. Acabaron unidos por algo mucho peor.

Chandra en llamasChandra Ablaze

Dos que no se soportan

Era difícil imaginar a dos personas más distintas. Jace pensaba todo diez veces antes de hacerlo. Chandra lo hacía y luego, si acaso, lo pensaba. Él era frío, ella ardía. Él escondía lo que sentía, ella lo gritaba. Discutían por todo.

—¿Siempre tienes que quemar algo? —le preguntó él una noche, después de que ella incendiara medio campamento enemigo.

—¿Siempre tienes que pensar antes? —respondió ella—. Mientras tú pensabas, nos rodeaban.

Jace abrió la boca para contestar y la cerró. Era verdad.

Y, sin embargo, funcionaban. Jace veía las trampas; Chandra las quemaba. Atravesaron juntos selvas que se movían, ruinas que flotaban y tribus que no querían visitas.

Al final del camino, encerrado en una montaña, estaba el Ojo.

Ojo de Ugin

Gotas de un mar de ideas, hasta que el dique se rompe y la inundación se abre paso.

Ojo de UginEye of Ugin

El dragón loco

No llegaron solos. Los esperaba Sarkhan Vol, un planeswalker que adoraba a los dragones y que, en aquel momento, servía a uno muy concreto: Nicol Bolas. Sarkhan no estaba bien. Hablaba solo, se reía de cosas que no tenían gracia y luchaba con una furia que no parecía humana.

Sarkhan el loco

Sarkhan el locoSarkhan the Mad

Jace y Chandra lo vencieron. Pero, en la pelea, en la confusión del fuego y de la magia, algo se activó dentro del Ojo. Una cerradura antigua, puesta allí hacía milenios por Ugin, el dragón espíritu, cedió.

Bajo Zendikar dormían tres titanes. Los Eldrazi. Ugin y otros dos planeswalkers los habían encerrado en aquel mundo hacía muchísimo tiempo, a costa de convertirlo en una cárcel. Aquel día, la cárcel se abrió.

Jace salió del Ojo con la sensación de haber pisado algo enorme en la oscuridad. Nunca supo cuánta culpa tuvo él, cuánta Chandra, cuánta el dragón que había mandado a Sarkhan. Pero en los años siguientes, cada vez que oía hablar de los Eldrazi, sentía un nudo en el estómago.

Alguien había jugado con ellos como con piezas de ajedrez. Y él había hecho exactamente el movimiento que se esperaba.

Qué despertó en el OjoLos Eldrazi: los titanes del vacíoJace y Chandra abrieron una cerradura muy antigua. Detrás estaban tres titanes que llevaban milenios esperando.

El laberinto implícito

Volvió a Ravnica y se encontró con otro enigma. Uno que, esta vez, sí podía resolver.

Hacía mucho tiempo, cuando los diez gremios se fundaron, un poderoso mago llamado Azor había escrito un pacto que los ataba a todos y mantenía la paz entre ellos. Pero ese pacto se había roto, y las tensiones entre los gremios crecían cada día. En algún lugar de la ciudad, decían, estaba escondido el último secreto de Azor: un laberinto oculto en las calles de Ravnica, con un premio al final que podía cambiarlo todo.

Jace lo encontró. Llevaba meses estudiando unas marcas extrañas en los edificios, unos patrones que nadie más veía. Durante un tiempo lo hizo solo, obsesionado, encerrado en su casa entre mapas y notas, igual que en la torre de Vryn. Pero el laberinto no era un secreto suyo. Pronto, los diez gremios lo supieron.

Y cada gremio eligió un corredor.

La sentencia suprema

La carrera recorrió la ciudad entera. Diez corredores, diez gremios y un premio que nadie conocía. Hubo trampas, emboscadas, traiciones. Jace la siguió desde fuera, mente con mente, viendo cómo el odio entre los gremios crecía a cada esquina.

Al final del laberinto, el último secreto de Azor no era un tesoro. Era un juicio. Si los corredores llegaban enfrentados, la magia del laberinto lanzaría un castigo terrible sobre la ciudad entera: una sentencia que podía destruir Ravnica.

Jace solo tenía una forma de evitarlo. Entró en las mentes de los diez corredores a la vez y las unió. Por un instante, diez personas que se odiaban pensaron como una sola. Y el laberinto, que esperaba guerra, encontró acuerdo.

La sentencia no cayó.

Entonces una voz antigua, la del guardián del laberinto, anunció su veredicto: el que había unido a los gremios sería, desde ese momento, el Pacto Viviente. La ley encarnada de Ravnica. El árbitro de todas las disputas entre los diez gremios.

Jace, el Pacto viviente

Un chico que vivía de los secretos de los demás. Ahora, la ley viva de toda una ciudad.

Jace, el Pacto vivienteJace, the Living Guildpact

Jace se quedó helado. Él solo había querido resolver un enigma.

Aquella noche no durmió. Se sentó en el tejado de su casa, mirando las luces infinitas de la ciudad, y pensó en el chico que chantajeaba comerciantes en los callejones. Ese chico era ahora el árbitro de todo. Le dio un poco de risa. Y bastante miedo.

Lo que pidió Emmara

Ser el Pacto Viviente le dio un poder enorme y un problema aún mayor. Todos los gremios lo vigilaban. Todos querían algo de él. Y Jace, que había jurado no ser la herramienta de nadie, ahora era la herramienta de todos.

Un día fue a ver a Emmara, la elfa que siempre lo había tratado bien. Ella sabía demasiado: lo de los planeswalkers, lo de los otros mundos, lo del dragón. Y ese conocimiento la estaba poniendo en peligro.

—Quítamelo —le pidió—. Bórralo todo. Prefiero no saber.

Jace la miró mucho rato. Él, que había odiado a Alhammarret por quitarle los recuerdos. Él, que había vivido años con huecos en la cabeza. Al final, porque ella se lo pedía, lo hizo. Con cuidado. Con delicadeza. Dejándole todo lo demás.

Cuando salió de su casa, Emmara ya no recordaba que Jace podía viajar entre mundos. Solo que era un amigo.

Jace caminó solo por las calles de Ravnica pensando que había algo muy triste en eso. Y que quizá, después de todo, no era tan distinto de la esfinge.

La compañera del Ojo de UginChandra Nalaar: la llama de KaladeshUna niña de Kaladesh a la que quisieron quemar por ser fuego, y que acabó plantándose delante de un dragón que quería ser dios. De la pira de Ghirapur a…

Fin del capítulo 3

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En esta historia: Jace BelerenTezzeretLiliana VessChandra NalaarGideon JuraNissa RevaneVraskaNicol BolasUginLos titanes eldrazi