El primer mundo que vio después de Theros fue Bant.
Era un plano de caballeros y de honor, donde cada persona tenía un lugar en el orden de las cosas y los ángeles bajaban del cielo para recordarlo. Las ciudades eran limpias, los castillos blancos, y los soldados llevaban la virtud bordada en la capa. A Kytheon, que venía de los callejones de Akros con las manos manchadas de culpa, aquello le pareció lo más parecido a una penitencia.
Guía y guardián en la llanura.
En Bant, un soldado sin pasado encontró un código al que agarrarse.
Caballero de la Orquídea BlancaKnight of the White Orchid
Gideon
En Bant nadie sabía pronunciar su nombre. Se lo cambiaban, lo acortaban, lo convertían en otra cosa. Y él, que no quería oírlo, dejó que lo hicieran.
Kytheon Iora era el chico que había lanzado una lanza contra un dios. Kytheon Iora era el que había matado a Olexo. Si se quedaba con aquel nombre, tendría que cargar con él cada vez que alguien lo llamara.
Así que empezó a llamarse Gideon. Gideon Jura.
No fue una huida, se decía. Fue un comienzo. Un hombre nuevo para un mundo nuevo. Pero hay cosas que un nombre no tapa, y cada noche, al cerrar los ojos, seguía viendo una lanza girando en el aire.
En algún momento de aquellos años aprendió a luchar con el sural: un arma extraña, hecha de varias hojas flexibles que se movían como un látigo de acero. Con ella podía golpear a varios enemigos a la vez y, sobre todo, mantenerlos lejos de quien estuviera detrás. Le encajaba. Él nunca había querido ser el que ataca. Quería ser la pared.
La Orden de Heliud
Con los años llegó a Regatha, un plano de montañas volcánicas y monasterios. Allí lo acogió una orden religiosa que se llamaba, curiosamente, la Orden de Heliud. El nombre le provocó un escalofrío la primera vez que lo oyó, tan parecido al del dios que le había dado la lanza. Pero aquella gente predicaba la ley, la disciplina y el orden, justo lo que Hixus le había enseñado. Gideon se quedó.
Se convirtió en uno de sus agentes. El que perseguía a los que rompían las normas. El que no fallaba.
"La disuasión eficaz es esencial para una sociedad con leyes."
La ley de Regatha tenía muchos brazos. Gideon era el más largo.
Protector de la ley de GideonGideon's Lawkeeper
El líder de la Orden, Walbert, le encargó un día una misión especial. Había una chica en el plano, una pirómana joven y peligrosa que quemaba lo que tocaba y que, además, era planeswalker como él. Había que traerla. Por el bien de todos.
Se llamaba Chandra Nalaar.
La chica del fuego
Gideon la persiguió de mundo en mundo. La siguió a Kephalai, donde ella había robado un pergamino antiguo de una biblioteca vigilada. La siguió a Diraden, un plano de nieblas donde un príncipe oscuro intentaba usar ese mismo pergamino en un ritual y donde Chandra, sin pensárselo dos veces, acabó con él. Cada vez que la alcanzaba, ella se le escapaba. Cada vez que hablaban, discutían.
Chandra era todo lo que Gideon no era. Impulsiva donde él era paciente. Ruidosa donde él era tranquilo. Sin ninguna fe en las reglas, porque las reglas, en su experiencia, solo servían para quemar a gente como ella.
Gideon venía a detenerla. Acabó aprendiendo de ella.
—Tú no crees en la justicia —le dijo él una vez—. Crees en hacer lo que te da la gana.
—Y tú crees en lo que te dicen que creas —le respondió ella—. ¿Quién es más libre de los dos?
Gideon no supo qué contestar. Le pasaba a menudo con Chandra.
Y sin embargo, cuanto más la perseguía, menos claro tenía quién era el monstruo de aquella historia. Chandra quemaba cosas, sí. Pero en Diraden la había visto ponerse entre un príncipe oscuro y la gente que pensaba sacrificar. Igual que habría hecho él.
El Fuego Purificador
Al final la llevó a Regatha. Walbert le había prometido un juicio justo. Lo que preparó fue una ejecución: pensaba arrojarla al Fuego Purificador, una llama sagrada que, según la Orden, quemaba todo lo que había de impuro en una persona. A Chandra no le quedaría nada.
Gideon descubrió el plan demasiado tarde. Y descubrió algo más: que el fuego no consumía a quien no tenía remordimientos. A quien era exactamente lo que era, sin dobleces.
Chandra entró en las llamas. Y salió de ellas.
Lo que pasó después fue rápido y terrible. Ella se volvió contra Walbert y sus guardias, y la Orden de Heliud aprendió, en una sola tarde, lo que significaba encerrar a una pirómana. Cuando el humo se disipó, Chandra ya no estaba. Gideon se quedó entre las ruinas del monasterio, con su sural en la mano y la sensación de que había estado sirviendo a la causa equivocada.
Había seguido la ley al pie de la letra. Y la ley había estado a punto de matar a una chica inocente.

Chandra, el fuego de KaladeshChandra, Fire of Kaladesh
El aviso de Zendikar
Aquella lección cambió algo en él. Desde entonces, Gideon dejó de preguntarse qué decía la norma y empezó a preguntarse a quién protegía.
Años después, sus pasos lo llevaron a Zendikar, un plano salvaje donde la tierra se movía, las rocas flotaban en el aire y la magia corría bajo el suelo como ríos invisibles. Allí vio algo que no había visto jamás: criaturas sin rostro, de cuerpos imposibles, que no comían carne sino vida. Las llamaban los engendros eldrazi. Y detrás de ellos, como una montaña que caminara, venía algo mucho más grande.
Gideon luchó hasta que no pudo más. Después hizo lo único sensato: fue a buscar ayuda. Viajó a Ravnica, el plano-ciudad, donde la guerrera Aurelia, del gremio Boros, le confió un batallón de soldados. Gideon aprendió allí a mandar de nuevo, como en las murallas de Kolophon.
Donde Razia se mostraba distante e intocable, Aurelia está en la línea del frente, llamando a la guerra.
Aurelia, la líder de guerraAurelia, the Warleader
Y mientras entrenaba a sus tropas, no podía dejar de pensar en Zendikar. En aquella gente que resistía sola contra algo que ningún mundo podría vencer sin ayuda.
Iba a volver. Y esta vez, no pensaba volver solo.
La otra cara del Fuego PurificadorChandra Nalaar: la llama de KaladeshGideon persiguió a Chandra de plano en plano. Esta es la historia de la chica a la que perseguía: de dónde venía su fuego y por qué nunca se dejó…




