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Capítulo 1 de 6 · 5 min de lectura

Los Irregulares de Akros

En la ciudad-fortaleza de Akros, un ladrón de catorce años aprende que un dios puede dar un arma… y que no todas las armas se pueden lanzar.

Antes de llamarse Gideon, se llamaba Kytheon. Y antes de ser un héroe, fue un ladrón.

Akros era una ciudad de piedra construida sobre una montaña, en un mundo llamado Theros donde los dioses no eran una idea lejana: existían, miraban y, a veces, bajaban. Desde las murallas de Akros se veía el mar, se veían las colinas y, de noche, se veía Nyx, el cielo estrellado donde vivían los dioses, tan cerca que parecía que bastaba con alargar la mano. Los akroanos eran guerreros orgullosos. Se entrenaban desde niños, desfilaban con el escudo brillante y despreciaban a cualquiera que no supiera sostener una lanza.

Kytheon Iora no tenía escudo. Tenía hambre.

Kytheon, héroe de Akros

Un chico de los barrios bajos que no sabía quedarse quieto ante una injusticia.

Kytheon, héroe de AkrosKytheon, Hero of Akros

El chico de los tejados

Su madre murió cuando él era pequeño, y de su padre no supo nunca nada. Creció en los barrios de abajo, donde las calles olían a pescado y a humo, y donde los soldados de la ciudad solo bajaban para cobrar o para castigar. A los trece años ya mandaba en su propia banda: una docena de críos rápidos, flacos y descarados que se movían por los tejados como gatos.

Robaban. Eso es verdad. Pero Kytheon tenía una regla que nadie se atrevía a romper: solo se robaba en las casas de arriba, en las mansiones de mármol de los ricos, y lo que se sacaba se repartía abajo. Pan para la viuda de la esquina. Mantas para los viejos del puerto. Una moneda para el niño que tosía en el portal.

—No somos ladrones —les decía a los suyos, subido a una cornisa—. Somos el reparto que la ciudad se olvida de hacer.

Los suyos se reían. Pero lo seguían.

Hasta que una noche la guardia lo esperaba en el tejado equivocado.

La cárcel de Kolophon

Lo encerraron en una prisión de piedra a las afueras, una fortaleza vieja llamada Kolophon. Kytheon esperaba palizas, frío y olvido. Encontró a Hixus.

Hixus era el alcaide. Un hombre seco, de pocas palabras, que tenía la costumbre de observar a los presos como quien observa la madera antes de tallarla. Vio algo en aquel chico furioso. Una fuerza que no sabía adónde ir. Así que, en lugar de romperla, decidió darle forma.

Le enseñó hieromancia, la magia del orden y de la disciplina, la que convierte la voluntad en un escudo. Kytheon aprendió a endurecer la piel hasta que una espada resbalaba sobre ella como el agua sobre la piedra. Aprendió a respirar antes de golpear. Aprendió, sobre todo, que su rabia valía más cuando protegía que cuando atacaba.

—Tú no quieres pelear —le dijo Hixus una tarde, mientras Kytheon jadeaba en el patio—. Quieres ponerte delante. Son cosas distintas. No lo olvides.

No lo olvidó nunca. Aunque tardaría muchos años en entender lo que significaba.

Arpías en el cielo

La noche del ataque, el cielo sobre Kolophon se llenó de alas. Una bandada de arpías bajó chillando sobre las murallas, y detrás, por el camino de las colinas, avanzaban cíclopes del tamaño de una torre. La guarnición era pequeña. No iba a aguantar.

Hixus tomó una decisión que le podía costar el puesto: abrió las celdas. Los presos que quisieran luchar, lucharían. Los demás podían quedarse dentro.

Kytheon fue el primero en salir. Detrás de él, un puñado de jóvenes: ladrones, deudores, chicos que la ciudad había dado por perdidos. El más joven era Olexo, que todavía no se afeitaba y cogía la lanza como si fuera una escoba. Aquella noche, en las murallas de Kolophon, Kytheon descubrió que sabía mandar. Les gritaba dónde ponerse, cuándo cerrar filas, a quién cubrir. Y ellos obedecían, porque él siempre estaba el primero.

Cuando amaneció, la fortaleza seguía en pie. Alguien, en Akros, empezó a llamarlos los Irregulares de Kytheon.

Milicianos de Kytheon

Kytheon y sus Milicianos operaban fuera de la ley para hacer justicia en las calles de Akros.

Ladrones, presos y críos. El mejor ejército que Akros nunca quiso tener.

Milicianos de KytheonKytheon's Irregulars

La lanza del sol

Los dioses de Theros se alimentan de la fe de los mortales, y nada atrae tanto su mirada como un héroe que está empezando. Heliod, el dios del sol, el más orgulloso de todos, se fijó en aquel chico.

Se le apareció una mañana, dorado y enorme, con la voz de un incendio tranquilo. Le habló de una amenaza: un titán al servicio de Erebos, el dios de los muertos, que avanzaba hacia Akros sembrando ruina. Ningún ejército mortal podía detenerlo. Pero un campeón con el favor del sol, quizá sí.

Heliod, dios del sol

Heliod, dios del solHeliod, God of the Sun

Y le entregó su lanza.

Kytheon la sostuvo con las dos manos. Pesaba como una promesa. Brillaba como si dentro llevara un trozo de mediodía.

Lanza de Heliod

La leyenda habla de la Lanza solar, la poderosa arma que puede golpear cualquier punto de Theros, incluso las profundidades del Inframundo.

Lanza de HeliodSpear of Heliod

Los Irregulares lo acompañaron. Fue una batalla larga, sucia, sin nada de la gloria que cuentan los poemas. El titán aplastaba hombres como quien pisa hormigas. Pero los Irregulares lo distrajeron, lo rodearon, lo cansaron, y cuando por fin bajó la guardia, Kytheon le clavó la lanza de Heliod en el pecho.

Titán de Erebos

Lo derribaron entre todos. Kytheon se quedó con la gloria.

Titán de ErebosErebos's Titan

El titán cayó. Los Irregulares gritaron hasta quedarse sin voz.

Y entonces Kytheon cometió el error de su vida.

Contra un dios

Erebos estaba allí. No en carne, no del todo: una sombra alargada en el borde del campo de batalla, mirando el cuerpo de su titán con una calma que daba más miedo que la ira. Kytheon lo vio. Tenía la lanza de un dios en la mano, la sangre caliente y la victoria pegada a la piel.

Pensó: si he podido con su titán, puedo con él.

Nadie le pidió que lo hiciera. Nadie se lo ordenó. Fue orgullo, puro y simple, el mismo orgullo que en los tejados de Akros le hacía saltar la calle más ancha solo para demostrar que podía.

Lanzó.

Erebos ni siquiera se movió. Alzó una mano, la lanza cambió de rumbo en el aire como un pájaro que gira, y volvió. No hacia Kytheon. Hacia los suyos.

Fue muy rápido. Demasiado rápido para gritar.

Cuando Kytheon se dio la vuelta, los Irregulares estaban en el suelo. Todos. Olexo tenía todavía la lanza mal cogida, como una escoba. Kytheon cayó de rodillas entre ellos y no supo qué hacer con las manos. Las había usado para protegerlos tantas veces. Ahora no servían para nada.

El dolor fue tan grande que el mundo se rompió.

Literalmente. Algo dentro de él, una chispa que llevaba toda la vida dormida, se encendió de golpe, y Theros desapareció. Kytheon cayó a través de un vacío sin forma, entre colores que no tenían nombre, y aterrizó en un mundo que no conocía, lejos de sus muertos, lejos de su ciudad, lejos de todo lo que había sido.

Era un planeswalker. No lo había pedido. Lo único que había pedido, en ese último segundo, era poder ponerse delante.

Pasaría el resto de su vida intentándolo.

Otra chispa nacida del dolorLiliana Vess: el precio de la eternidadKytheon no fue el único al que la chispa le despertó con una muerte que él mismo había causado. En Dominaria, una joven sanadora pagó un precio parecido.

Fin del capítulo 1

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En esta historia: Gideon JuraChandra NalaarJace BelerenNissa RevaneLiliana VessThaliaTezzeretNicol BolasUginLos titanes eldrazi