Ravnica ardía.
Nicol Bolas había abierto un puente entre los planos sobre el corazón de la ciudad, y de él no dejaban de salir soldados de piel cubierta de un metal azul: los Eternos, los muertos de Amonkhet, el ejército que el dragón había criado durante siglos. No sentían dolor. No sentían miedo. Avanzaban por las calles en filas perfectas, y cada planeswalker que encontraban caía y se apagaba.
Porque eso era lo que el dragón quería. Las chispas. Todas.
La última vez que la Guardia se reunió, Gideon llevaba en la mano una espada hecha para matar dragones.
La trampa
Muchos planeswalkers habían llegado a Ravnica atraídos por una señal, sin saber que era un cebo. Cuando quisieron irse, no pudieron. Un artefacto colocado por Bolas, el Sol Inmortal, impedía que ninguno saliera del plano. Estaban encerrados en una ciudad en llamas con un ejército que se alimentaba de ellos.
Gideon reunió a los que quedaban. Habló en una plaza, subido a unos escombros, como en las murallas de Kolophon. No prometió que ganarían. Prometió que no se rendirían. Y bastó. Jace se encargó de pensar. Chandra y Nissa, de pelear. Y Gideon, como siempre, de ponerse delante.
Al frente del ejército de muertos había una general. Todos la vieron desde lejos, de pie sobre un tejado, dirigiendo a los Eternos con un gesto.
Era Liliana.
El dios de la fuerza
Gideon no tuvo tiempo de pensar en ella. Junto a los Eternos venían unos seres aún peores: los dioses de Amonkhet, convertidos también en muertos al servicio del dragón. Gideon montó con los soldados del gremio Boros, junto a Aurelia, y atacó a uno de ellos desde el aire.
Era Rhonas, el dios de la fuerza de Amonkhet, el mismo al que los aspirantes de Naktamun dedicaban una de sus Pruebas. Ahora era una cáscara azul, enorme y vacía, que aplastaba ravnicanos sin mirarlos.

Rhonas, dios eternoGod-Eternal Rhonas
La Hoja Negra lo atravesó. El dios cayó.
Gideon no celebró la victoria. Se quedó mirando su cuerpo un momento, y pensó en aquella advertencia que le habían hecho en Amonkhet, la que hablaba de una mano inmortal. Rhonas no había sido. Todavía no.
La decisión
La Guardia sabía que, mientras Liliana dominara a los Eternos, la guerra estaba perdida. Hubo una conversación difícil, en voz baja, sobre lo que había que hacer con ella. Jace no quería decirlo en voz alta. Chandra lloraba de rabia.
Gideon dijo que iría él.
—No vas a poder hacerle daño —le dijo Jace, sin mirarlo—. Lo sé. Te conozco.
—Entonces no tendré que hacérselo —respondió Gideon. Y se fue antes de que nadie pudiera discutirle.
No dijo a qué. Puede que ni él mismo lo supiera. Cruzó la ciudad entre ruinas y llegó a la plaza donde ella estaba, rodeado de Eternos, defendiendo a un grupo de ravnicanos que no tenían adónde huir. Luchó hasta sangrar. Y entonces la miró.
No le gritó. No la insultó. Solo la miró, como la había mirado en Thraben, como la había mirado en el campamento de Amonkhet y en la fortaleza de Belzenlok. Como alguien que todavía espera algo de otra persona.

Liliana, general de la HordaLiliana, Dreadhorde General
Y Liliana se dio la vuelta.
Los Eternos se detuvieron en seco. Miles de muertos dejaron de obedecer al dragón. Desde su ciudadela, Bolas entendió lo que había pasado y, furioso, tiró del contrato que llevaba grabado en el alma de Liliana, para castigarla con todo el poder robado que tenía.
Una mano inmortal
Gideon lo entendió de golpe. Toda la vida. Kolophon. La lanza. Olexo. Las Pruebas. La advertencia.
Se puso delante.
No fue un golpe de espada ni un gesto heroico de los que cuentan los poemas. Fue algo más sencillo y más difícil: Gideon usó su propia magia, la de la invulnerabilidad, la que Hixus le había enseñado en un patio de Kolophon, para cargar sobre sí mismo el castigo que el dragón había lanzado contra Liliana. Todo. Sin dejar nada.
Para sorpresa de Liliana, el precio de traicionar a Nicol Bolas no recayó sobre ella.
Hixus se lo dijo el primer día: él no quería pelear. Quería ponerse delante.
Sacrificio de GideonGideon's Sacrifice
Esta vez no había piel que lo aguantara. La mano inmortal que le habían anunciado en Amonkhet era la del dragón. Gideon lo supo y no le importó.
Su cuerpo empezó a deshacerse en polvo dorado. Liliana gritó algo que él ya no oyó. Porque en ese último momento Gideon no vio a Bolas, ni a Ravnica, ni a los Eternos.
Vio una colina de Theros por la tarde. Y a los Irregulares, de pie, mirándolo.
Olexo le sonreía. Tenía la lanza bien cogida, por fin. Y en la mirada de todos ellos no había reproche. Solo una cosa que Kytheon Iora llevaba toda la vida esperando y que nunca se había atrevido a pedir.
Lo habían perdonado.
Después
Liliana usó lo que Gideon le había regalado. Volvió a los Eternos y a los dioses muertos contra su amo, y la ciudad entera se lanzó contra Bolas. Jace, Chandra, Nissa, cientos de planeswalkers y el propio Ugin, el hermano gemelo del dragón, terminaron lo que Gideon había empezado. El dios que quería ser cayó.
Su triunfo no consistió en vencer a sus enemigos, sino en salvar a los que sobrevivieron.
Triunfo de GideonGideon's Triumph
Cuando todo terminó, Chandra propuso algo. Gideon había muerto en Ravnica, lejos de Theros, y su alma no iría al inframundo de su mundo natal. Erebos, el dios que le había quitado tanto, no podría reclamarlo nunca. Pero su armadura sí podía volver a casa.
Los supervivientes hicieron un funeral. Huatli, una poeta guerrera de Ixalan que había luchado a su lado, leyó unos versos que escribió para él. Chandra no pudo hablar. Jace habló demasiado poco. Y Liliana no fue: ella había elegido su propia forma de despedirse, una forma que tardaría mucho tiempo en contar.
En Theros, en Akros, la ciudad de piedra que una vez lo encerró por ladrón, hoy hay una estatua.
Dicen que no es la de un héroe con la lanza en alto, sino la de un hombre de pie, con los brazos abiertos, protegiendo a quien tiene detrás.
De los tejados de Akros a las calles de Ravnica. Siempre delante de alguien.
Kytheon, héroe de AkrosKytheon, Hero of Akros



