Regatha era un plano de montañas que nunca terminaban de enfriarse. Los volcanes dormían con un ojo abierto, las laderas humeaban por la mañana y los ríos bajaban templados como si alguien los calentara desde abajo. Si había un lugar en el Multiverso hecho a medida para una niña que ardía, era ese.
Los monjes de la fortaleza de Keral la encontraron tres días después de su llegada. Estaba sentada en una cornisa, con la ropa medio chamuscada, lanzando piedras al vacío y prendiéndoles fuego en el aire solo para ver cómo caían.
La fortaleza de Keral
La fortaleza de Keral se alzaba en lo alto de un pico, encajada en la roca como si hubiera crecido allí. Era un monasterio de piromantes: un lugar donde el fuego no se castigaba, se estudiaba. Sus monjes seguían unas enseñanzas muy antiguas que, según decían, se remontaban a una maga legendaria llamada Jaya Ballard. Chandra oyó aquel nombre tantas veces en sus primeros meses que acabó cogiéndole manía.
En Keral, el fuego no era un delito. Era una asignatura.
Abad de la Fortaleza KeralAbbot of Keral Keep
Al frente de los magos estaba la madre Luti. Era una mujer mayor, de pelo canoso y mirada afilada, con un sentido del humor tan seco que la mitad de los novicios nunca sabía si estaba bromeando. Fue ella quien subió hasta la cornisa a buscar a Chandra.
—Bonito truco ese de las piedras —le dijo, sentándose a su lado sin pedir permiso—. Lástima que no sirva para nada.
—Sirve para que me dejen en paz.
—Ya. Pues hoy no ha funcionado.
Chandra intentó prenderle fuego al hábito. Luti apagó las llamas con dos dedos, como quien quita una mota de polvo, y siguió mirando el paisaje. Fue la primera vez en su vida que Chandra vio a alguien más fuerte que su fuego sin que eso significara una amenaza. No supo qué hacer con aquello, así que se quedó.
Aprender a arder
Los años en Keral no fueron tranquilos. Chandra se escapaba, discutía, rompía cosas y se metía en peleas con otros novicios que la llamaban «la extranjera». Quemó dos veces la biblioteca, una de ellas casi a propósito. Pero también aprendió. Luti le enseñó que el fuego no tenía que salir siempre a lo bruto; que podía ser un hilo, una lanza, una ola, una vela. Que se podía elegir hacia dónde iba.
Lo que nunca le enseñó fue a quedarse quieta. Eso no se lo enseñaba nadie.
"No pondrás un pie aquí. ¡No lo permitiremos!".
Novicios que aprendían a dirigir el fuego… y una que prefería soltarlo.
Discípulos de la Fortaleza KeralKeral Keep Disciples
Con el tiempo, Chandra descubrió que podía hacer algo que los demás monjes no podían: salir de Regatha. Viajar a otros planos, ver otros cielos, meterse en problemas de otros mundos. Y como era Chandra, eso fue exactamente lo que hizo.
Un pergamino robado
En uno de esos viajes llegó a Kephalai, un plano de magos ricos y museos bien vigilados. En el Santuario de las Estrellas, una cámara llena de reliquias, se guardaba un pergamino antiguo que hablaba de fuego y de un secreto escondido en otro mundo. Chandra no pidió permiso. Entró, lo cogió y salió con media fortaleza persiguiéndola.
Entrar sin llamar, salir quemando la puerta: así se presentaba Chandra en sociedad.
El robo no pasó desapercibido. Alguien muy interesado en aquel pergamino envió tras ella a un joven mago mental de capa azul, tranquilo y educado, que trabajaba entonces para una organización llamada el Consorcio Infinito. Se llamaba Jace Beleren. Su encargo era recuperar el pergamino y borrar de la memoria de Chandra todo lo que hubiera leído en él.
Lo encontró en Regatha. Se pelearon. Ella le lanzó todo el fuego que tenía; él se le metió en la cabeza como quien entra en una casa con la puerta abierta. Ninguno de los dos ganó del todo. Y para disgusto de Jace, Chandra ya había dejado copias del pergamino en manos de los escribas del monasterio.
Su primer encuentro fue una pelea. No sería la última vez que discutieran.
Fue el comienzo de una relación que ninguno de los dos supo nunca muy bien cómo llamar.
El Fuego Purificador
Mientras tanto, en Regatha las cosas se torcían. Una orden religiosa, la Orden de Heliud, dirigida por un hombre llamado Walbert, había ido ganando poder en las ciudades del llano. Predicaban el orden, la disciplina y la obediencia, y miraban la fortaleza de Keral como quien mira un nido de avispas. Cuando por fin tuvieron fuerza suficiente, prohibieron la piromancia.
Chandra, por supuesto, no hizo nada para calmar los ánimos. Quemó un bosque entero en un arrebato y se ganó enemigos hasta entre las criaturas que vivían en él.
En medio de aquel lío apareció un soldado. Alto, de mirada franca, con una armadura dorada y unos látigos de luz que manejaba como si fueran parte de su brazo. Se llamaba Gideon. Coincidieron lejos de Regatha, en un plano oscuro gobernado por un príncipe vampiro, y lucharon codo con codo para liberarlo. Chandra empezó a confiar en él. Demasiado rápido, como siempre.
Gideon trabajaba para la Orden de Heliud. Su misión era llevarla de vuelta.
Cuando la fortaleza de Keral quedó sitiada, Chandra se entregó para salvar a los monjes. Walbert tenía un plan para ella: el Fuego Purificador, una llama sagrada capaz de arrancar la magia de quien entrara en ella. La empujarían dentro y saldría vacía, sin fuego, sin nada.
Chandra entró. Pero antes de hacerlo hizo algo que llevaba años sin hacer: miró atrás. Pensó en su padre, en la plaza de Ghirapur, en todas las cosas que había quemado y en todas las que había querido quemar. Lo aceptó todo. Y entró en el Fuego sin nada que esconder.
No la purificó. La encendió.
Salió de allí más fuerte que nunca. La Orden de Heliud no volvió a amenazar a Keral.
Primero la persiguió. Años después, sería él quien le pidiera ayuda.
La pista
Cuando el humo se disipó, a Chandra le quedaba una pregunta. El pergamino de Kephalai hablaba de un lugar concreto, de algo poderoso escondido en otro plano. Y ahora sabía de dónde venía: de un mundo salvaje, lleno de ruinas, donde la tierra misma se movía. Zendikar.
Luti le dijo que no fuera. Chandra ya estaba haciendo la mochila.
El otro lado del encuentroJace Beleren: la mente que lo recuerda todoEl mago mental que persiguió a Chandra por un pergamino tenía sus propios secretos. Y muchos los había olvidado.




