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Capítulo 5 de 6 · 5 min de lectura

La derrota y la maestra

Nicol Bolas apaga su fuego en Amonkhet. En Dominaria, una leyenda le enseña a encenderlo de nuevo.

Después de Kaladesh, la Guardia tenía un nombre en la boca: Nicol Bolas. El dragón que había movido a Tezzeret, el que había empujado a Sarkhan hasta el Ojo de Ugin, el que parecía estar detrás de cada desgracia que se habían encontrado por el camino. Gideon lo tuvo claro desde el principio: había que ir a buscarlo. A su propio plano. A su propia casa.

Chandra estuvo de acuerdo. Venía de ganar una revolución y se sentía capaz de cualquier cosa.

Ese fue el error.

El plano del dios-faraón

Amonkhet era un plano de desierto, de ríos y de monumentos enormes. Sus habitantes vivían para superar unas pruebas sagradas que les prometían una vida eterna junto a su dios, el Dios-Faraón, cuando regresara. Los dioses del plano los vigilaban desde sus templos. Todo era hermoso, ordenado y profundamente falso.

La Guardia tardó en entenderlo. Las pruebas no llevaban a ninguna vida eterna. Los que las superaban morían, y sus cuerpos se recubrían de un metal azul para convertirse en soldados sin voluntad: los Eternos. El Dios-Faraón no era otro que Nicol Bolas, y Amonkhet entero era una fábrica de ejércitos.

Llegó la Hora de la Devastación. El sol se partió en el cielo, los dioses se volvieron unos contra otros y, por fin, Bolas apareció.

No fue una batalla. Fue una humillación. El dragón desarmó a Gideon, encerró a Jace dentro de su propia mente y se rio de ellos. Chandra lanzó contra él todo el fuego que tenía, todo, el mismo que había quemado a dos titanes eldrazi. Bolas lo apartó con un gesto y le devolvió el golpe. Chandra cayó al suelo con el cuerpo en llamas y por primera vez en su vida sintió que su fuego no servía de nada.

Derrota de Chandra

"¿Fuego? ¿Es ese tu único truco, Chandra?"

— Nicol Bolas

Había quemado titanes. Contra el dragón, su fuego fue una cerilla.

Derrota de ChandraChandra's Defeat

Se salvaron porque Bolas les dejó escapar. Ni siquiera les hizo el honor de perseguirlos.

Las piezas rotas

Lo que quedó de la Guardia después de Amonkhet no se parecía mucho a lo que había sido. Jace desapareció. Nissa se fue a buscar su propio camino. Chandra, con las heridas todavía frescas, cargaba con una idea que no se le iba de la cabeza: si ella hubiera sido más fuerte, más lista, más controlada, quizá aquello no habría pasado.

Pensó en la fortaleza de Keral. En las enseñanzas que tanto la habían irritado de joven. En la gran Jaya Ballard, la piromante de las leyendas a la que todos querían que se pareciera. Si alguien sabía cómo usar el fuego contra algo tan grande como Bolas, era ella.

Lo malo era que Jaya Ballard llevaba siglos sin dar señales de vida. Todo lo que quedaba de ella eran unas cuantas pistas y un plano: Dominaria, el mundo donde había nacido.

Dominaria

Gideon volvió a reunir a quien pudo. En Dominaria se juntaron con la tripulación de una nave voladora legendaria, el Weatherlight, y con Liliana Vess, que tenía allí asuntos personales que resolver: el último demonio de su contrato, Belzenlok, gobernaba un culto llamado la Cábala que tenía aterrorizado medio continente.

The Weatherlight

Una nave con una larga historia. Chandra subió a bordo buscando a otra leyenda.

The Weatherlight

Chandra desconfiaba de Liliana y no lo disimulaba. Después de Amonkhet, todos sabían que la nigromante tenía tratos con demonios, y Chandra no entendía cómo Gideon podía seguir fiándose de ella con tanta naturalidad. La nigromante tampoco ponía mucho de su parte. Viajaban juntas porque Gideon se lo había pedido a las dos, y con eso bastaba, aunque las cenas en cubierta fueran un festival de pullas.

Mientras el Weatherlight se preparaba para la guerra, Chandra siguió la pista de Jaya. La encontró. Y al verla, se quedó sin palabras.

La maestra de siempre

Jaya Ballard era una mujer mayor, de pelo canoso y mirada afilada, con un sentido del humor tan seco que nunca sabías si estaba bromeando. Chandra la había visto antes. Muchas veces. Durante años, en lo alto de una fortaleza en Regatha, aquella mujer le había apagado las llamas del hábito con dos dedos.

La madre Luti era Jaya Ballard.

Jaya Ballard

La leyenda que Chandra tanto envidiaba llevaba años enseñándole en persona.

Jaya Ballard

Chandra no supo si abrazarla o prenderle fuego. Le gritó. Le preguntó por qué se lo había ocultado, por qué la había dejado crecer a la sombra de un nombre que era el suyo propio. Jaya la dejó desahogarse y luego se encogió de hombros. Le dijo que, si una niña furiosa y sola hubiera sabido que tenía delante a una leyenda, se habría pasado el día intentando impresionarla en lugar de aprender. Y que ella prefería alumnas que aprendieran.

No estaba dispuesta a meterse en la guerra contra la Cábala. Había visto demasiadas guerras. Para convencerla, Chandra tuvo que demostrarle que había crecido. En el gran bosque de Yavimaya, el espíritu protector de la floresta, Multani, se había quedado dormido y disperso; Chandra lo despertó usando lo que había aprendido de Nissa, con paciencia en lugar de fuerza. Jaya la miró trabajar en silencio. Después aceptó.

Multani, avatar de Yavimaya

Chandra despertó a un bosque entero sin quemar ni una sola hoja. Jaya tomó nota.

Multani, avatar de YavimayaMultani, Yavimaya's Avatar

Dos llamas

El asalto a la fortaleza de Belzenlok fue la primera vez que Chandra luchó junto a su maestra. Jaya no derrochaba ni una chispa: cada llama iba exactamente a donde tenía que ir. Chandra, a su lado, descubrió que podía hacer lo mismo sin perder un ápice de fuerza. Juntas abrieron un camino de fuego entre las tropas de la Cábala mientras ella y Gideon se colaban en la fortaleza en busca de la Hoja Negra, una espada antigua capaz de matar demonios.

Infierno inmolador de Jaya

Hace siglos, la chispa de una piromante desató un terrible incendio.

Dos generaciones de piromantes ardiendo en la misma dirección.

Infierno inmolador de JayaJaya's Immolating InfernoDesde 1,82 €

Gideon empuñó la espada, Liliana le prestó su poder, y Belzenlok cayó. Dominaria respiró. Y cuando todo terminó, Jaya le dio a Chandra lo más parecido a un elogio que sabía dar: le dijo que, por fin, ardía como alguien que sabe lo que quiere.

Chandra, piromante audaz

Lo que había aprendido en Dominaria lo necesitaría muy pronto.

Chandra, piromante audazChandra, Bold Pyromancer

Chandra lo sabía. Bolas seguía ahí fuera, y su próximo golpe sería mucho más grande.

La misma guerra, otra miradaLiliana Vess: el precio de la eternidadLo que Liliana buscaba de verdad en Dominaria, y lo que encontró en las ruinas de la casa Vess.

Fin del capítulo 5

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