Chandra había pasado media vida sin decir en voz alta el nombre de su plano natal. Cuando por fin volvió a pisar Kaladesh, lo primero que notó fue el olor: aceite caliente, metal pulido, especias y éter. Era el olor del taller de su padre. Tuvo que pararse en mitad de la calle y respirar hondo para no darse la vuelta y salir corriendo.
No había vuelto sola. Liliana Vess, que acababa de unirse a la Guardia y no perdía ocasión de meter el dedo en la llaga, la acompañaba con cara de estar de vacaciones. Gideon, Jace y Nissa no tardarían en seguirlas. Ninguno estaba muy seguro de qué hacían allí. Chandra sí lo sabía, aunque no se lo había dicho a nadie: necesitaba mirar de frente lo que había dejado atrás.
La Feria de Inventores
Ghirapur estaba de fiesta. El Consulado celebraba la Feria de Inventores, un gran certamen donde los mejores artífices del plano presentaban sus creaciones ante miles de personas. Había autómatas que bailaban, vehículos que corrían por raíles colgantes, tópteros del tamaño de un barco. Todo brillaba, todo giraba, todo parecía perfecto.
El escaparate más brillante de Kaladesh. Y, detrás del cristal, el Consulado vigilando.
Feria de InventoresInventors' Fair
Por debajo de esa perfección corría otra cosa. Los Renegados, un movimiento de inventores y ciudadanos hartos de que el Consulado decidiera quién podía usar el éter y quién no, estaban preparando algo. Se movían por los tejados, pasaban mensajes en los puestos de la feria y saboteaban, de vez en cuando, alguna máquina oficial. Y su líder, a la que todos llamaban en voz baja la Renegada Primera, tenía un nombre que Chandra creía enterrado.
Pia Nalaar.
Una mujer entre la multitud
La vio en una plaza de la feria, rodeada de gente, subida a un banco y hablando con aquella voz que podía convencer a medio barrio de cualquier cosa. Tenía más canas, más arrugas y una cicatriz nueva, pero era ella. Era su madre.
Chandra se quedó clavada en el suelo. No supo si gritar, llorar, correr hacia ella o salir huyendo. Al final no hizo ninguna de esas cosas: se acercó despacio, como quien se acerca a un animal que puede desaparecer, y dijo una sola palabra.
—¿Mamá?
Pia se volvió. Durante un instante eterno, se miraron. Y luego Pia bajó del banco, la abrazó y no la soltó en mucho rato. Le contó, entre lágrimas y en voz muy baja, que aquella tarde había sobrevivido al fuego; que durante años creyó que su hija había muerto en la plaza de Ghirapur; que nunca dejó de luchar contra los que se la habían quitado.
La madre que Chandra lloró durante años seguía viva. Y seguía peleando.
Chandra no supo qué hacer con tanta alegría. Así que hizo lo que hacía siempre: buscó algo que quemar.
El juez y el oficial
No tuvo que buscar mucho. El Consulado de Kaladesh había cambiado de manos. Al frente estaba ahora un hombre con un brazo de metal y una sonrisa de estratega: Tezzeret, juez jefe de la Feria, un artífice planeswalker que había llegado de otro mundo y que, según averiguaría la Guardia, servía a un amo mucho más poderoso que él. Ese amo era el dragón Nicol Bolas. Y lo que Tezzeret quería de Kaladesh no eran inventos para una feria: era el puente planar, una máquina capaz de abrir pasos entre los mundos sin necesidad de chispa.
Un juez que juzgaba inventos ajenos para robarse el mejor de todos.
Tezzeret, el conspiradorTezzeret the Schemer
Junto a Tezzeret seguía, como una sombra disciplinada, el hombre que años atrás había dirigido la ejecución de Chandra. Baral había ascendido. Ahora era jefe de cumplimiento del Consulado, y seguía teniendo el mismo don: allí donde estaba él, la magia se apagaba.
Cuando reconoció a Chandra, sonrió como quien encuentra una factura sin pagar.
La detuvo. La encerró en una prisión subterránea, dentro de una trampa que bloqueaba cualquier hechizo, y la dejó allí a oscuras. Chandra gritó, golpeó, intentó encender aunque fuera una chispa. Nada. Por primera vez desde la plaza de Ghirapur, volvía a estar atada e indefensa delante de él.
Una jaula pensada para que el fuego no tuviera por dónde salir.
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La sacó de allí alguien inesperado: un leonino de pelaje blanco, sereno como un monje, llamado Ajani Goldmane. Era un planeswalker con su propia historia de pérdidas, y había llegado a Kaladesh siguiendo la pista de Tezzeret. Abrió la trampa, le tendió la mano y no le pidió nada a cambio. Poco después, él también se uniría a la Guardia.
El puente
La revuelta estalló cuando el Consulado quiso apretar demasiado. Los Renegados tomaron las calles. Pia los dirigía desde los tejados, Gideon cubría a los civiles, Jace desmontaba los planes del enemigo y Nissa hacía que el propio éter se pusiera de su lado. Por encima de todo, en lo alto de una torre gigantesca, Tezzeret ponía en marcha el puente planar.
Chandra subió hasta allí. Entendió enseguida que no podía destruir aquella máquina desde fuera; tenía que hacerla estallar desde dentro, y para eso alguien tenía que acercarse a su núcleo y soltar todo el fuego posible. Lo que la detonación haría con quien estuviera al lado era otra cuestión.
Gideon no la dejó sola. Se puso delante de ella, invulnerable, y la cubrió con su propio cuerpo mientras Chandra encendía el corazón del puente como si fuera una caldera.
"Está terminado. Ahora puede empezar el verdadero trabajo".
— Tezzeret
Una puerta entre los mundos. Chandra se encargó de cerrarla de un portazo.
Puente entre planosPlanar Bridge
La explosión iluminó Ghirapur entero. El puente quedó inservible y Tezzeret, malherido, escapó a través de lo que quedaba de él. Volvería a cruzarse con la Guardia, siempre al servicio del dragón.
Cenizas de una casa
Cuando la revuelta terminó, el Consulado tuvo que cambiar. Se repartió el éter de forma más justa, se abrieron las puertas a quien antes no podía inventar, y Pia Nalaar, la Renegada Primera, aceptó un cargo en el nuevo gobierno para asegurarse de que nadie volviera a quedarse fuera.
Ya no era la niña de la pira. Era la llama que había encendido una revolución.
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La última noche, Chandra y su madre subieron a un tejado de Ghirapur. Hablaron de Kiran, del taller, del tóptero hecho con restos de una lámpara. Pia le dijo que estaba orgullosa de ella. Chandra no contestó, porque si abría la boca iba a llorar, y apoyó la cabeza en su hombro como cuando tenía cinco años.
Había vuelto a casa. Y había descubierto que su casa seguía en pie.
El hombre que se puso delanteGideon Jura: el escudo de los demásGideon cubrió a Chandra con su cuerpo en lo alto del puente planar. No fue la única vez que se puso entre sus amigos y el peligro.





