La llamada llegó como un picor detrás de los ojos. Un faro, encendido en algún lugar del Multiverso, tiraba de todas las chispas a la vez. Planeswalkers de cientos de mundos lo sintieron al mismo tiempo, como si alguien hubiera pronunciado su nombre en una habitación lejana. Muchos acudieron por curiosidad. Otros, porque el faro decía que alguien necesitaba ayuda.
Todos acabaron en el mismo sitio: Ravnica, la ciudad infinita. Y en cuanto pusieron un pie allí, descubrieron que no podían marcharse.
La trampa
Sobre una de las grandes plazas de la ciudad se alzaba un artefacto colosal, el Sol Inmortal, que bloqueaba cualquier intento de viajar entre planos. Ravnica entera se había convertido en una jaula. Y del cielo, a través de una brecha abierta hacia otro mundo, empezó a bajar un ejército: miles de guerreros momificados recubiertos de metal azul. Los Eternos de Amonkhet.
Chandra los reconoció enseguida. Había visto aquella armadura brillar bajo un sol partido. Supo de inmediato quién había preparado todo aquello, y supo también qué quería: Bolas iba a arrancar la chispa a cada planeswalker atrapado en la ciudad y a beberse su poder hasta volver a ser un dios.
Esta vez no iba a quedarse en el suelo mirando cómo ganaba el dragón.
Chandra, artesana del fuegoChandra, Fire Artisan
Las calles se llenaron de fuego, de magia y de gritos. Los Eternos no sentían dolor ni miedo; solo avanzaban. Y al frente de ellos, dirigiéndolos con un gesto desde lo alto, había una figura que Chandra conocía demasiado bien.
Liliana Vess.
Apagar el sol
No había tiempo para la rabia. Gideon organizó a los planeswalkers que pudo encontrar, Jace volvió a aparecer justo cuando más falta hacía, y los gremios de Ravnica, que llevaban siglos peleándose entre sí, se pusieron por una vez del mismo lado. Había que apagar el Sol Inmortal para que todos pudieran escapar.
Chandra formó parte del equipo que se coló hasta el artefacto. Lo vigilaba Dovin Baan, un planeswalker metódico que había trabajado para el Consulado de Kaladesh y que ahora servía al dragón. Para distraerlo, un cambiaformas de Ravnica tomó la apariencia de Chandra y lo entretuvo con una conversación tensa mientras la verdadera Chandra metía las manos en el corazón del aparato y lo saboteaba desde dentro. El Sol se apagó.
"¿Tenemos visitantes? Pues sería una grosería negarles la bienvenida tradicional de la Fortaleza Keral".
Algo que su maestra le habría aplaudido: un solo golpe, justo donde dolía.
Saludo de JayaJaya's Greeting
Muchos planeswalkers huyeron en cuanto pudieron. Otros se quedaron. Y entre los que se quedaron estaba la propia Jaya Ballard, que había acudido a la llamada como todos y que se plantó en primera línea con su humor de siempre, quejándose del frío de Ravnica mientras incineraba Eternos a docenas.
Lucharon juntas en una avenida bloqueada por los muertos. Jaya marcaba el ritmo con frases cortas, como en las clases de Keral: «a la izquierda», «más bajo», «ahora no, espera». Chandra obedecía sin rechistar, algo que diez años antes habría sido impensable. Cuando la avenida quedó despejada, la vieja piromante se apoyó en una farola, resoplando.
—Antes te habrías cargado la calle entera para tumbar a tres —le dijo.
—Antes no tenía a nadie que me dijera «espera».
Jaya soltó una carcajada que sonó como un petardo. Fue la única vez en toda la guerra que Chandra se rio de verdad.
El plan de Gideon
Apagar el Sol había sido una victoria a medias. Ahora Bolas podía escapar si las cosas le iban mal, y Gideon no estaba dispuesto a permitirlo. Su plan era tan arriesgado como sencillo: dejar que el dragón se confiara, cercarlo en el corazón de la ciudad y, en el último momento, volver a encender el Sol Inmortal para que no pudiera huir.
Para eso hacía falta alguien capaz de despertar aquella máquina con una descarga de fuego enorme, en el momento justo, sin dudar.
Chandra dijo que sí antes de que Gideon terminara de pedírselo.
El soldado que creía en todos tenía un último plan. Y confiaba en Chandra para llevarlo a cabo.
Lo que se pierde
Cuando llegó la hora, Chandra encendió el Sol. Bolas quedó atrapado en su propia jaula. Y en ese mismo momento, en otra plaza de la ciudad, pasó algo que nadie había planeado.
Liliana se volvió contra el dragón. Los Eternos se detuvieron, se dieron la vuelta, atacaron a su amo. Furioso, Bolas lanzó contra ella un golpe destinado a deshacerla. Gideon se interpuso. Y Gideon murió.
Chandra llegó tarde. Vio a Liliana junto al cuerpo, con la Hoja Negra en el suelo, y lo entendió todo al revés. Las manos se le llenaron de fuego. Iba a quemarla allí mismo, sin preguntar, sin pensar, como en sus peores años. Fue Jace quien se puso en medio y le enseñó, mente a mente, lo que había pasado de verdad: Liliana había elegido. Gideon había elegido. Y la había salvado.
Chandra apagó las llamas. Lloró como no lloraba desde Ghirapur. Gideon había sido su amigo, su compañero, el hombre que la cubrió con su cuerpo en lo alto del puente planar. Lo quería mucho más de lo que se había atrevido a decirle nunca, y ya no tendría ocasión de hacerlo.
Después del fuego
Bolas cayó. Le arrebataron las chispas robadas, la ciudad entera se volcó contra él, y su hermano gemelo, Ugin, se encargó de encerrarlo lejos de todo. Ravnica empezó a recoger sus escombros.
Su triunfo no consistió en convertirse en un ideal de sí misma, sino en rechazar la idea de la perfección.
Había ganado. Nunca una victoria le había pesado tanto.
Triunfo de ChandraChandra's Triumph
Chandra se quedó un tiempo en la ciudad, ayudando donde podía, evitando pensar. Vio a Jaya despedirse con un guiño y una promesa de que la próxima vez le tocaría a Chandra preparar el té. Ayudó a levantar un monumento sencillo, de piedra, en la plaza donde había caído Gideon. Habló con Nissa de cosas que no sabía decir y que se quedaron a medias. Miró el cielo de Ravnica, ahora libre, y pensó en todas las veces que había huido: de Kaladesh, de Keral, de Zendikar, de sí misma.
La Guardia, tal como la conocía, había terminado. Pero el juramento seguía ahí, dentro de ella, igual de vivo que el fuego. Si una amenaza ponía en peligro al Multiverso, alguien tendría que plantarse delante.
Chandra Nalaar, la niña que el Consulado quiso quemar en una plaza de Ghirapur, seguía dispuesta a ser ese alguien.
El dragón que lo había movido todo cayó en la ciudad donde quiso ser dios.
Nicol Bolas, Dios DragónNicol Bolas, Dragon-God




