Zendikar no se parecía a nada que Chandra hubiera visto. Las rocas flotaban en el aire, los ríos cambiaban de cauce de un día para otro y la tierra se sacudía de vez en cuando con una violencia que cambiaba el paisaje de la noche a la mañana. Por todas partes había ruinas antiguas y, sobre ellas, unas piedras enormes, talladas con símbolos, que giraban despacio en el cielo sin que nada las sostuviera. Los nativos las llamaban hedrones. Nadie sabía bien quién las había hecho.
Chandra tampoco lo sabía. Ni le importaba. Ella buscaba otra cosa.
El guía equivocado
El pergamino hablaba de un lugar escondido en las montañas de Akoum: una cámara antigua a la que llamaba el Ojo. Para encontrarla, Chandra buscó a un erudito de las ruinas, un vampiro llamado Anowon que sabía leer los símbolos de los hedrones mejor que nadie. Anowon la escuchó, la guio durante días por desfiladeros y selvas… y cuando le pareció oportuno, intentó matarla. Había demasiada gente en Zendikar interesada en que aquel secreto no saliera a la luz.
La salvó un desconocido. Un hombre de mirada perdida, con cicatrices en la cara y un fuego en los ojos que no se parecía al de ella: era el fuego de alguien que adoraba a los dragones. Se llamaba Sarkhan Vol, y también buscaba el Ojo. No le explicó por qué. Solo le dijo que un amo muy poderoso quería que lo encontraran.
Un aliado que hablaba con dragones… y que obedecía a uno.
El Ojo de Ugin
El Ojo estaba en lo más profundo de una montaña, al final de un pasillo de piedra tan antiguo que el aire sabía a polvo de siglos. Era una sala enorme, con las paredes cubiertas de símbolos que brillaban débilmente. Y allí, esperándolos, estaba alguien que Chandra no esperaba volver a ver.
Jace Beleren.
Él también había seguido la pista del pergamino. Él también había notado que algo no encajaba. Mientras Chandra y Jace se miraban como dos gatos en un tejado, Sarkhan perdió la paciencia. Su cuerpo se retorció, creció, se cubrió de escamas, y el hombre se convirtió en dragón.
Gotas de un mar de ideas, hasta que el dique se rompe y la inundación se abre paso.
Una sala sellada durante milenios. Bastó una pelea para abrirla.
Ojo de UginEye of Ugin
Lo que pasó a continuación fue rápido, confuso y desastroso. Chandra y Jace lucharon juntos contra Sarkhan. Ella desató todo el fuego que llevaba dentro, él lo dirigió con la cabeza fría, y entre los dos derribaron al dragón. Pero la sala estaba hecha para reaccionar a la magia. Cada llamarada, cada choque de poder, encendía un símbolo más en las paredes.
Cuando el último se iluminó, la montaña entera tembló.
Chandra no lo supo hasta mucho después, pero aquel lugar no guardaba ningún tesoro. Era una cerradura. La pieza central de una prisión construida hacía milenios por tres planeswalkers para encerrar a unos seres que devoraban mundos. Alguien muy lejano había preparado las cosas para que una piromante impulsiva, un telépata curioso y un adorador de dragones la abrieran sin saberlo.
Lo habían conseguido.
Nunca había ardido tan fuerte. Nunca le había salido tan caro.
Chandra en llamasChandra Ablaze
Lo que salió de la tierra
En los meses siguientes, Zendikar empezó a morir. Desde las profundidades emergieron los titanes eldrazi y su progenie: criaturas sin forma fija que convertían en polvo blanco todo lo que tocaban. Ciudades enteras desaparecieron. Chandra volvió a Regatha con una sensación horrible en el estómago y la firme decisión de no pensar en ello.
Aguantó un tiempo. En Keral la esperaban sus monjes, sus rutinas, sus discusiones de siempre. Y un día, en el patio de la fortaleza, aparecieron dos visitantes: Gideon Jura y Jace Beleren. Venían a pedirle ayuda. Zendikar estaba al borde del final y necesitaban todo el fuego que pudieran reunir.
Chandra dijo que no. Les dijo que su sitio estaba en Keral, que ya había hecho bastante daño en aquel plano y que no pensaba ser el arma de nadie. Lo que no les dijo fue lo que más le dolía: que estaba harta de que todos esperaran de ella que fuera la nueva Jaya Ballard, la gran heroína del fuego de las historias del monasterio. Ella no era una leyenda. Era una chica que lo estropeaba todo.
Se fueron sin ella. Y en cuanto desaparecieron, Chandra supo que se había equivocado.
Cadenas en Zendikar
Cuando llegó a Zendikar, sus amigos estaban en un apuro serio. Un demonio planeswalker, Ob Nixilis, los había atrapado a los tres, a Gideon, a Jace y a una elfa de mirada triste llamada Nissa Revane, que hablaba con el alma del propio plano. Los tenía encadenados y quería usarlos para recuperar el poder que había perdido.
Chandra entró en aquella guarida como entraba en todas partes: sin plan y prendiéndolo todo. Rompió las cadenas, plantó cara al demonio y lo obligó a huir. Fue la entrada más ruidosa de su vida, y no se arrepintió ni un segundo.
Un demonio con planes muy grandes. Chandra tenía uno muy pequeño: quemarlo todo.
Ob Nixilis reavivadoOb Nixilis Reignited
Esa noche, con Zendikar ardiendo en el horizonte, los cuatro hicieron algo nuevo. Gideon propuso un juramento: si alguna vez una amenaza ponía en peligro a todo el Multiverso, la enfrentarían juntos. Jace juró. Nissa juró. Y Chandra, que nunca había sido de promesas, juró también, mirando el fuego de una hoguera y pensando en su padre. Ya no quería huir de las cosas que le dolían. Quería plantarse delante de ellas.
Así nació la Guardia.
"Si implica que otros puedan vivir en libertad, sí, mantendré la guardia".
Una piromante que nunca prometía nada prometió quedarse.
Juramento de ChandraOath of Chandra
Fuego por las venas del mundo
La batalla final fue en el mar, junto a las ruinas de la gran ciudad faro de la costa, la última fortaleza que le quedaba a Zendikar. Nissa encontró la forma de atar a Ulamog y Kozilek a las líneas de energía del propio Zendikar, como si el plano los sujetara con sus raíces. Y entonces le dijo a Chandra lo que necesitaba: que soltara todo su fuego por esas líneas, sin miedo, sin contenerse.
Chandra lo soltó. Por primera vez en su vida, no hubo nadie diciéndole que parara.
Las llamas recorrieron Zendikar como sangre por unas venas y llegaron hasta los titanes. Los quemaron desde dentro. Ulamog y Kozilek, que habían devorado mundos enteros, se deshicieron en ceniza.
El fuego que una vez abrió la cárcel de los titanes fue el mismo que acabó con ellos.
Chandra, InvocallamasChandra, Flamecaller
Aún quedaba un tercer titán, y la Guardia lo encontraría poco después en Innistrad, donde su presencia obligó a Chandra a revivir, como en una pesadilla, la tarde de la pira en Ghirapur. Pero aquella noche, sobre las aguas humeantes de Zendikar, Chandra se permitió algo que no hacía casi nunca. Se sentó, cerró los ojos y respiró.
Había cerrado lo que ella misma ayudó a abrir. No borraba lo anterior. Pero era un comienzo.
La prisión que Chandra abrióLos Eldrazi: los titanes del vacíoQuién construyó el Ojo de Ugin, por qué, y cómo acabaron los titanes que dormían bajo Zendikar.





