En Ghirapur nada se quedaba quieto. Los tejados de cobre zumbaban al sol, los tranvías colgaban de raíles que parecían encaje y, por encima de todo, como un río sin cauce, corría el éter: una niebla azulada que movía las máquinas, encendía las lámparas y hacía volar a los tópteros que zumbaban entre las torres como libélulas de latón. Kaladesh era un plano de inventores, y Ghirapur era su capital.
Chandra Nalaar nació en mitad de todo aquel ruido, y desde muy pequeña quiso hacer todavía más.
Una casa llena de chispas
Su padre, Kiran, era de esos inventores que no sabían dejar las manos quietas. Desmontaba relojes para ver cómo latían por dentro y luego los volvía a montar con piezas de sobra que nadie sabía de dónde habían salido. Su madre, Pia, tenía otra clase de talento: sabía mirar a los ojos a cualquiera, conseguir lo que hacía falta y convencer a medio barrio de que una mala idea del gobierno era, en efecto, una mala idea. Entre los dos, el taller de los Nalaar siempre olía a aceite caliente, a soldadura y a té demasiado cargado.
Un inventor, una agitadora y, entre los dos, una niña que no paraba de arder.
Pia y Kiran NalaarPia and Kiran Nalaar
Chandra creció entre tornillos. Aprendió antes a nombrar una válvula que a sumar, y su juguete favorito fue durante años un tóptero pequeño que su padre le había construido con restos de una lámpara rota. Lo hacía volar por el taller hasta que chocaba contra algo, y entonces se reía tan fuerte que los vecinos golpeaban la pared.
En el taller de Kiran, hasta los restos de una lámpara podían echar a volar.
Ingeniera de tópterosThopter Engineer
Pero había algo en Chandra que no se podía desmontar con un destornillador. Cuando se enfadaba, el aire a su alrededor se calentaba. Cuando lloraba, las lágrimas se le secaban antes de llegar a la barbilla. Una tarde, con siete u ocho años, discutió con un chico del barrio y la manga de su camisa se prendió sola. No se quemó ella. Se quemó la camisa, la mesa y media cortina.
Pia apagó el fuego con una manta y luego se sentó delante de su hija, muy seria.
—Esto no se lo puedes enseñar a nadie, ¿me oyes? A nadie.
—¿Por qué? Es como lo que hace papá, pero sin piezas.
—Porque el Consulado no piensa lo mismo.
El Consulado
El Consulado gobernaba Kaladesh desde sus oficinas de mármol blanco. Repartía el éter, concedía los permisos, decidía quién podía inventar y quién no. Y tenía muy claro que la magia del fuego era un peligro: impredecible, salvaje, imposible de registrar en ningún formulario. Los que nacían con ella acababan desapareciendo. A veces se decía que los habían llevado a otra ciudad. Casi nunca era verdad.
Kiran y Pia no eran precisamente ciudadanos modelo. Parte del éter que movía el taller no aparecía en ningún registro, y más de una de sus «reparaciones» terminaba en manos de gente que el Consulado prefería no ver con máquinas. Mientras nadie se fijara en ellos, todo iba bien. Una niña que prendía cortinas con un berrinche era justo lo que podía hacer que alguien se fijara.
Lo intentaron todo para que el fuego se calmara. Infusiones que Pia conseguía de contrabando, ejercicios de respiración, normas, castigos, promesas. Nada funcionaba durante mucho tiempo. El fuego de Chandra no era un síntoma. Era ella.
Cuando tenía once años, alguien dio el aviso. La familia recogió lo que pudo en una sola noche y huyó de Ghirapur hacia un pueblo de las afueras, donde unos amigos podían esconderlos una temporada.
El hombre que apagaba incendios
Llegaron al amanecer, con la luz del sol todavía rosada. Y por la tarde, el Consulado ya estaba allí.
Al frente venía un oficial delgado, de uniforme impecable y voz tranquila, el tipo de hombre que nunca levanta el tono porque nunca le ha hecho falta. Se llamaba Baral. Chandra no lo supo entonces, pero él mismo había nacido con un don: no producía magia, la anulaba. Allí donde estaba Baral, los hechizos se apagaban como velas bajo un vaso. Por eso le encargaban a él los casos como el suyo.
"Los ecos del silencio son música para mis oídos".
Un hombre que no necesitaba gritar: le bastaba con que la magia de los demás dejara de funcionar.
Baral, señor de la sumisiónBaral, Chief of Compliance
Los soldados prendieron fuego a las casas. Lo hicieron con calma, con la eficacia de quien sigue un protocolo, y luego culparon a los «magos ilegales» de haberlo provocado. Kiran se plantó delante de la puerta del taller improvisado con una llave inglesa en la mano. Chandra lo vio caer. No recordaría después si gritó; solo recordaría el olor del humo y el silencio repentino, como si alguien hubiera cerrado una puerta enorme dentro de su cabeza.
A su madre la perdió de vista entre las llamas. Cuando las casas se desplomaron, nadie salió de entre los escombros. Chandra dio por hecho lo único que se podía dar por hecho.
Se había quedado sola.
La plaza de la ejecución
La llevaron de vuelta a Ghirapur con las manos atadas. Baral quería que todo se hiciera bien, a la vista de todos, como un aviso. La subieron a una plataforma en un recinto abierto, rodeada de gente que no se atrevía a mirar y de gente que miraba demasiado. Le leyeron unos cargos que ella no entendió. Alguien encendió una pira bajo sus pies, porque al Consulado le parecía que tenía cierta gracia quemar a una piromante.
Baral se quedó cerca. Lo bastante cerca como para que su presencia mantuviera el fuego de Chandra encogido en el pecho, como un animal asustado.
Chandra tenía once años, un padre muerto, una madre desaparecida y una cuerda en las muñecas. Las llamas le subían ya por los tobillos. Y entonces dejó de tener miedo, y sintió algo peor: rabia. Una rabia blanca, tan grande que no le cabía en el cuerpo.
La niña que querían quemar resultó ser el fuego.
Chandra, el fuego de KaladeshChandra, Fire of Kaladesh
El fuego de la pira no la quemó. Lo absorbió. Las cuerdas se convirtieron en ceniza. El calor se desbordó hacia fuera como el agua de una presa rota, y por un momento, ni siquiera el don de Baral bastó para contenerlo. La plaza entera se volvió naranja.
Y después, el mundo se dobló.
Ninguna parte
No hubo dolor, o al menos no un dolor que tuviera nombre. Hubo un vacío lleno de colores que no existían, una sensación de caída sin suelo, el rugido de su propio fuego alejándose como un tren. Su chispa de planeswalker acababa de encenderse, y la había arrancado de Kaladesh en el último instante.
Cuando abrió los ojos estaba tumbada sobre roca caliente, bajo un cielo más alto y más pálido que el de su casa. No había tópteros. No había éter. No había nadie. Solo montañas rojizas hasta donde alcanzaba la vista y un viento seco que olía a azufre.
"Vaya, esto se ha descontrolado".
Lo primero que hizo en un mundo nuevo fue lo mismo que en el viejo: arder.
Impulso ardienteFiery Impulse
Se miró las manos. Seguían echando humo.
Durante muchos años, Chandra creyó que aquella tarde lo había perdido todo: a su padre, a su madre, su casa, su nombre. Se equivocaba en una de esas cosas. Pero tardaría mucho en descubrir cuál, y para entonces sería otra persona.
De momento, solo era una niña sola en un plano desconocido, con un incendio dentro y nadie que le enseñara a apagarlo. O, mejor dicho, a no apagarlo nunca.
Otra chispa nacida del dolorLiliana Vess: el precio de la eternidadChandra no fue la única cuya chispa despertó en la peor noche de su vida. En Dominaria, una joven sanadora también lo perdió todo.




