Los dioses de Amonkhet lo reconocieron enseguida.
La Guardia había llegado al plano buscando a Nicol Bolas: un mundo de desiertos dorados, de un río inmenso y de una ciudad resplandeciente, Naktamun, protegida por un muro de magia contra las arenas mortales de fuera. Gideon se había quitado la capa y caminaba entre los habitantes como uno más. Hasta que Oketra, la diosa de la solidaridad, alta y blanca como un ave sagrada, se detuvo frente a él.
No le llamó Gideon. Le llamó Kytheon Iora.
Hacía años que nadie pronunciaba ese nombre. Gideon se quedó sin aire.
Una diosa que veía a la gente por lo que era, no por cómo se hacía llamar.
Oketra, la LealOketra the True
El aspirante
Amonkhet vivía para las Pruebas. Los jóvenes se entrenaban durante años para superar cinco desafíos, uno por cada dios, y quienes llegaban al final alcanzaban la gloria eterna junto al Dios-Faraón, que algún día regresaría. Morir en el camino no era una desgracia. Era un honor.
A Gideon le fascinó aquella gente. Tenían fe, disciplina y un valor que le recordaba a los Irregulares. Así que hizo algo que sus compañeros no entendieron: se apuntó.

Gideon de las pruebasGideon of the Trials
Superó la prueba de la solidaridad luchando junto a otros. Superó la del conocimiento, la de la fuerza. Pero en la de la ambición, el dios Bontu le pidió que sacrificara a un compañero para avanzar, y Gideon se negó en redondo. Lo marcaron como hereje. Le dio igual.
Allí conoció a Djeru, un joven guerrero que soñaba con llegar al final de las Pruebas. Djeru lo admiraba. Gideon lo apreciaba. Cuando por fin entendieron qué había al final del camino, fue Gideon quien se puso delante de él.

Djeru, el de los Ojos AbiertosDjeru, With Eyes Open
Porque lo que esperaba a los vencedores no era la gloria. Era la muerte. Y luego, la momificación: Bolas no estaba criando héroes. Estaba criando un ejército de muertos invencibles. Liliana lo había adivinado desde el primer día. Gideon tardó más. Le costó demasiado admitir que tanta fe pudiera estar al servicio de algo tan podrido.
Antes de irse, uno de los dioses le hizo una advertencia que no supo cómo tomar. Le dijo que moriría a manos de un ser inmortal.
Gideon pensó que hablaba de Bolas. No era del todo así.
Las horas finales
Antes de que llegara el dragón, Liliana se enfrentó a su tercer demonio, Razaketh, y Gideon cayó en aquella lucha junto a Jace. Cuando despertó, el demonio estaba destruido y Liliana tenía en la cara una expresión que él no le había visto nunca. No le preguntó qué había hecho. Había aprendido a no preguntarle algunas cosas.
Luego el cielo se rompió y Nicol Bolas regresó como el Dios-Faraón.
Gideon lo atacó con todo lo que tenía. Fue inútil. El dragón le arrebató el sural de las manos como quien le quita un juguete a un niño, aplastó la mente de Jace, apagó el fuego de Chandra. Gideon acabó en el suelo, desarmado, mirando aquella cara enorme que ni siquiera se molestaba en odiarle.
"Gideon, qué fácil debe de ser jugar a ser el protector creyéndote intocable. Cuán equivocado estás".
— Nicol Bolas
El dragón no le derrotó. Le enseñó lo pequeño que era.
Derrota de GideonGideon's Defeat
Escaparon por los pelos. No todos al mismo sitio. Liliana fue la primera en irse. Jace desapareció sin dejar rastro. Gideon salió de Amonkhet con las manos vacías y una pregunta clavada en el pecho: ¿de qué servía una Guardia que no podía guardar nada?
La Hoja Negra
Se reagruparon en Dominaria. Jace seguía sin aparecer, y nadie sabía si estaba vivo. Liliana, en cambio, sí apareció, y tenía prisa: en aquel plano vivía el último de los demonios de su contrato, Belzenlok, que gobernaba un culto llamado la Cábala.
Gideon la siguió. Subieron a bordo del Weatherlight, una nave voladora legendaria con una tripulación decidida a acabar con la Cábala. Ayudó a Liliana con algo que ella no quería contarle: un caballero liche que resultó ser su hermano Josu, y una casa en ruinas en el bosque de Caligo. Gideon diseñó el plan para acorralarlo. Liliana entró sola a terminarlo.
Para Belzenlok hacía falta algo más. Lo encontraron en una antigua leyenda: una espada forjada hacía milenios para matar a un dragón anciano, rota, perdida y vuelta a forjar. La Hoja Negra.
Gideon tuvo que ganársela. Luchó por ella en un foso de combate, entre gritos y apuestas, como en los peores días de los barrios de Akros. Cuando la tuvo en la mano, sintió algo parecido a lo que sintió con la lanza de Heliod. Y se prometió no volver a lanzarla jamás contra algo que no pudiera vencer.
Derramó la sangre de un dragón anciano. En las manos de Gideon, tal vez pruebe la de otro.
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El demonio en su trono
Belzenlok los esperaba en lo más alto de su fortaleza. Era enorme, ruidoso y vanidoso, y se reía de ellos como si fueran un espectáculo. Gideon no respondió a las burlas. Subió los escalones uno a uno, con la espada en las dos manos y Liliana detrás, prestándole un poder oscuro que él no habría aceptado de nadie más.
La Hoja Negra atravesó al demonio.

Belzenlok, señor demonioDemonlord Belzenlok
Liliana quedó libre de sus cuatro acreedores. Gideon la miró y quiso decirle que se alegraba, que todo había terminado, que ya podía empezar de nuevo. Ella no lo miró. Estaba pálida y tenía la vista perdida, como si escuchara algo muy lejos.
Gideon no supo qué era. Lo sabría muy pronto.
Poco después, Jace volvió. Traía noticias del dragón: un plan enorme, preparado durante años, que tenía como centro Ravnica. La Guardia se miró. Esta vez no huirían.
Aquella noche, en la cubierta del Weatherlight, Gideon se quedó mirando las estrellas de Dominaria. Eran distintas a las de Theros. Allí no había dioses mirando desde el cielo; solo luces lejanas, frías y en silencio. Le pareció un alivio.
Apretó la empuñadura de la Hoja Negra. Por primera vez en mucho tiempo, pensó en su mundo natal. En la advertencia que había recibido en Amonkhet.
Una mano inmortal.
La mansión Vess desde dentroLiliana Vess: el precio de la eternidadGideon se quedó fuera mientras Liliana entraba en la casa donde nació. Lo que pasó dentro, y lo que oyó después, solo lo sabe ella.


